Leía en internet sobre el escritor vasco Bernardo Atxaga. En un texto sin autor se le atribuía una reflexión interesante, que se supone pertenece a su obra Obabakoak, una colección de cuentos que vale la pena —obabakoak sería, en la enigmática lengua euskera, algo así como el gentilicio de un pueblo ficticio llamado Obaba—.
El párrafo que me llamó la atención es este —aclaro que lo busqué rápidamente en Obabakoak, pero no lo encontré—: “No fue el ruido lo que anunció el final, sino el silencio. Las cosas seguían en pie, los caminos intactos, pero algo invisible había comenzado a retirarse: la confianza, la costumbre, la fe en que todo seguiría igual. Y entonces comprendimos que lo que se derrumba no es la piedra, sino la certeza”.
El ruido es sonido y el silencio su contrario; sin embargo, existen silencios que resultan mucho más estruendosos que cualquier estallido. Esta es la lección que el PRI y el PAN ignoraron sistemáticamente. Lo sabe la Cuarta Transformación y, como medida prioritaria para no extraviar la ética que la condujo al poder, la izquierda —y específicamente la presidenta Claudia Sheinbaum— debe aplicar tan sapiente expresión para modificar, tras el proceso electoral de 2027, los fundamentos de su relación con sus impresentables aliados: el PT y el Partido Verde.
El ruido como espejismo de estabilidad y progreso
Durante las décadas de dominio del PRI y el PAN, el sistema se sostenía sobre una paradoja: las instituciones proyectaban la imagen de enormes rocas, tan poderosas como inamovibles, aunque su interior estuviera hueco. Eran, hay que subrayarlo, instituciones neoliberales. Ese fue el signo del Estado mexicano desde 1982 por la decisión irresponsable del entonces presidente Miguel de la Madrid, quien pretendió corregir los excesos del echeverrismo y el lopezportillismo virando al país hacia un radicalismo de derecha económica; un giro que, lejos de sanear en el largo plazo las finanzas de la nación, terminó por complicar los mismos problemas que pretendía solucionar.
Desde la cúspide de la presidencia, con la complicidad de sus aliados en los medios masivos y la clase empresarial, se generaba un estruendo mediático y político constante. Ese estruendo no era un fin en sí mismo, sino un mecanismo de interferencia diseñado para que no se escuchara lo verdaderamente importante.
Era el ruido de una macroeconomía supuestamente ejemplar, una fachada técnica que solo servía para silenciar las voces de las víctimas de la injusticia del sistema. Mientras quienes movían los controles celebraban una modernidad ficticia —bajo la premisa de que el consolidado neoliberalismo de los gobiernos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo nos había catapultado al primer mundo—, las familias de abajo, millones de personas dignas y decentes, eran condenadas al silencio para que su miseria no perturbara el banquete de unos cuantos.
Se llegó a creer que el sistema era indestructible porque las mansiones de sus dirigentes, sus oficinas suntuosas, sus aviones privados y sus yates seguían a la vista y se modernizaban año con año. Parecían eternas las barreras construidas para blindar sus privilegios. Pero, como advertiría Atxaga, en los terremotos sociales la estructura es lo último en caer. El derrumbe era inevitable porque estaban podridas desde sus cimientos las raíces de toda esa construcción, levantada sobre el fanatismo neoliberal.
El colapso del viejo régimen y el retiro de la costumbre
No fue, por tanto, un estallido ruidoso lo que liquidó al régimen anterior, sino una transformación profunda en la conciencia colectiva. Esta transición representa la esencia de lo que el autor vasco denomina el retiro de la costumbre. El pueblo se cansó de la costumbre de ser invisible, de carecer de voz y de no ser escuchado. En ese hartazgo, utilizó el silencio del voto, casilla por casilla, como la herramienta de demolición más eficaz, un logro capitalizado por líderes como el expresidente Andrés Manuel López Obrador y la presidenta Claudia Sheinbaum.
El PRI y el PAN se refugiaron en un ruido ensordecedor, aquel de las excelentes finanzas nacionales que a Luis Donaldo Colosio le parecían insuficientes para contener un país al borde del abismo. Ruido mediático generado con el único fin de callar a las mayorías.
La minoría enriquecida asumió que su poder duraría mil años, viendo en las instituciones piedras inamovibles. No obstante, siguiendo la lógica de Atxaga, lo que sostiene a una nación no son las paredes de los palacios ni las residencias de descanso en las playas de quienes mandan, sino la certeza de una ciudadanía que, en democracia, otorga y retira el mandato. Gracias al trabajo de la izquierda que durante años fue silenciado por los medios —sobre todo con el estigma y la censura impuestos después del fraude de 2006—, la certeza de la sociedad giró, finalmente, en una dirección distinta.
El desafío de Claudia Sheinbaum frente al ruido del oportunismo
Hoy, el riesgo de la izquierda es permitir que nuevos ruidos, absurdos e inmorales, ocupen el vacío que dejó la gritería tecnócrata del pasado. El Partido Verde y el PT, con sus innegables intereses económicos —ajenos por completo a los del pueblo— y su historial de corrupción, generan actualmente un estruendo de oportunismo que amenaza con ensordecer la comunicación genuina entre el gobierno popular y la mayoría de mexicanos y mexicanas que hicieron posible la victoria de la izquierda.
La presidenta Sheinbaum tiene una misión histórica: en cuanto concluyan las elecciones de 2027 —que se celebrarán bajo una legislación electoral que estos aliados impusieron para su propio beneficio—, ella deberá acallar en definitiva la estática de sus compañeros de viaje. Porque si el ruido de estos nada éticos compañeros de Morena prevalece, la 4T dejará de ser escuchada en las bases y la gente, aquella que fue marginada durante el dominio del PRI y el PAN, volverá a sentir que su dignidad es tratada como una simple moneda de cambio.
El poder empieza a perderse cuando la mayoría se convence de que nada cambiará. Claudia Sheinbaum tiene el desafío de purgar a los aliados carentes de moral para demostrar que la nueva certeza brindada por la 4T no es una estructura con cimientos de barro, sino un compromiso duradero con quienes decidieron dejar de suplicar para empezar —a partir de 2018— a mandar.
El colapso del PRI y el PAN ocurrió mucho antes de 2018; se dio, aunque no lo advirtieran, cuando la sociedad entendió que la macroeconomía maravillosa solo servía para marginarla. No fue un brutal grito revolucionario, sino el silencio del voto por voto, casilla por casilla lo que destruyó al viejo régimen.
La gente, gracias a Morena, dejó de pedir dádivas y exigió respeto a su dignidad. Cuando el pueblo deja de suplicar y exige leyes que le favorezcan, el poder se convierte en una cáscara vacía. Así ocurrió ayer con el PRIAN, y así podría ocurrir mañana si la presidenta permite que el ruido interno e inmoral del Verde y el PT ensucie los principios de la izquierda después de los comicios de 2027.


