Agradezco a Federico Arreola por abrir este espacio semanal para la reflexión pública.
Hay fechas que se conmemoran y hay principios que se viven. La Constitución debería pertenecer siempre al segundo grupo.
A unos días de recordar un aniversario más de la Constitución de 1917, vale la pena hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tanto la recordamos y qué tanto la sentimos? Porque una Constitución que no se vive en la calle, en el barrio y en el hogar, corre el riesgo de quedarse en el papel, convertida en letra muerta.
Hoy no escribo desde el discurso oficial ni desde el acto protocolario. Escribo desde la vida cotidiana. Desde lo que pasa cuando una mujer puede regresar segura a casa. Cuando una madre soltera no pierde horas de su vida en traslados imposibles. Cuando una persona cuidadora cuenta con servicios que funcionan. Cuando las juventudes, del barrio o de la universidad, son escuchadas antes de que alguien decida por ellas.
Ahí es donde la Constitución vive.
Y también donde falla, cuando no alcanza.
En Querétaro, la Constitución se siente cuando las personas adultas mayores, los trabajadores precarizados o las personas con discapacidad dejan de ser vistos como una carga y pasan a ser reconocidos como parte central del desarrollo. Cuando la dignidad deja de ser una palabra aspiracional y se convierte en una experiencia concreta.
La democracia no es un evento ni una ceremonia anual. Es una práctica cotidiana de escucha, explicación y corrección. De reconocer lo que funciona, pero también de tener la madurez política para corregir lo que ya no responde a la realidad de la gente.
Desde esa convicción nace la 4T a la queretana: no como consigna, sino como una forma de gobernar y legislar con los pies en el territorio. Una transformación que no promete milagros ni rompe por romper, sino que corrige lo que no alcanza, fortalece lo que sirve y pone al centro a las personas.
Hablar de reformas, ya sean electorales, de infraestructura urbana o de participación ciudadana, no es ideología. Es sentido común con justicia social. Es entender que las leyes no existen para adornar discursos, sino para mejorar la vida de quienes todos los días sostienen al estado con su trabajo, su cuidado y su esfuerzo.
Aquí la Constitución no se celebra una vez al año. Aquí la Constitución se camina todos los días.
Y cuando se camina con la gente, el futuro deja de ser discurso y se convierte en comunidad. Ahí es donde la política recupera su sentido más profundo: servir, escuchar y transformar con responsabilidad, con cercanía y con dignidad.





