“Mi reino no es de este mundo”.

JESUCRISTO

“La justicia mexicana tampoco”.

La pregunta no es jurídica. Es política. ¿Por qué la ratificación de la prisión preventiva ocurre en plena Semana Santa, cuando los juzgados —como el país entero— están en modo pausa, letargo o franca simulación de actividad? Dirán que son los tiempos procesales, que los términos corren, que el calendario judicial no entiende de liturgias. Pero en México los tiempos legales no solo se cumplen: también se administran. Y, cuando conviene, se mueven.

Por eso importa el momento. Porque en política, el “cuándo” casi siempre revela más que el “qué”.

Un juez de control en Tabasco ratificó la prisión preventiva oficiosa y vinculó a proceso a Hernán Bermúdez Requena, alias “el abuelo” o “Comandante H”, señalado como líder de La Barredora, por el delito de desaparición forzada. Además, otorgó a la Fiscalía estatal dos meses para cerrar la investigación complementaria. Hasta ahí, la narrativa oficial: el sistema funcionando. Pero basta rascar un poco para que la historia cambie de tono.

Bermúdez no es un personaje aislado ni una anomalía del sistema. Fue secretario de Seguridad durante el gobierno de Adán Augusto López Hernández en Tabasco. Es decir, no operaba en los márgenes: operaba desde el centro mismo del aparato estatal. Y sin embargo, han pasado más de seis meses desde que fue trasladado al penal del Altiplano, tras su captura en Paraguay, para que apenas ahora se ratifique su prisión preventiva y se formalice su vinculación a proceso. Traducido: el juicio apenas comienza.

En un país donde la justicia llega tarde, llega mal… o no llega, este ritmo no sorprende, pero sí confirma algo más inquietante: los casos políticamente sensibles no se resuelven, se dosifican según convenga.

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Porque mientras Bermúdez enfrenta cargos por desaparición forzada —además de otras investigaciones por asociación delictuosa, secuestro y extorsión—, la pregunta incómoda sigue flotando intacta: ¿Y Adán Augusto?

Si quien encabezó la seguridad en su gobierno ya está vinculado a proceso por delitos de esa gravedad, lo esperable en cualquier sistema mínimamente funcional sería que, al menos, existieran líneas de investigación abiertas hacia arriba en la cadena de mando. No prejuzgar, pero sí investigar. No proteger, sino esclarecer. Pero en México, la lógica es inversa: la justicia suele ser implacable hacia abajo y extraordinariamente prudente hacia arriba.

Por eso, la ratificación en Semana Santa no es un detalle menor. Es, en el mejor de los casos, una coincidencia inoportuna. En el peor —y más verosímil—, un mensaje político cuidadosamente calibrado.

Porque ocurre, además, en paralelo con otro dato relevante: Adán Augusto ha dejado posiciones visibles de poder, pero no necesariamente el poder mismo. Salió de la presidencia de la Junta de Coordinación Política en el Senado, sí, pero las estructuras que operaban bajo su mando permanecen prácticamente intactas. En política, eso tiene nombre: continuidad sin reflectores.

Así que la decisión judicial puede leerse también como lo que en realidad es: una señal. Un recordatorio de que el expediente sigue abierto. De que el margen de maniobra no es infinito. De que el sistema —ese mismo que protege— también sabe presionar.

El problema es que cuando la justicia se utiliza como instrumento de equilibrio político, deja de ser justicia. Se convierte en otra cosa: en mecanismo de control, en herramienta de negociación, en amenaza latente. Y entonces los casos dejan de resolverse en tribunales y empiezan a resolverse en correlaciones de fuerza.

Eso explica por qué expedientes como el de Bermúdez avanzan con una lentitud exasperante. Porque no dependen únicamente de pruebas, sino de tiempos políticos. Porque no se trata solo de construir un caso sólido, sino de decidir cuándo conviene moverlo.

Bajo esa lógica, la sentencia no llegará cuando esté lista: llegará cuando sea útil. Y a este paso, efectivamente, será más fácil esperar la resurrección de Cristo que una resolución judicial definitiva. No es una exageración retórica. Es el diagnóstico de un sistema donde la justicia no es ciega, pero sí profundamente selectiva.

Giro de la Perinola

¡Felices Pascuas! La justicia también parece estar en proceso de resurrección… aunque, como en este caso, aún no sabemos si algún día volverá…