Ya hemos hablado en este espacio del concepto de “micromilitarismo”. Una última acción desesperada de un imperio al borde del colapso, que busca recuperar glorias pasadas con una última y sangrienta acción militar.

Los ejemplos más conocidos son el la desastrosa expedición que el decadente imperio de Atenas envió a Sicilia en el año 413 a.C., con la pérdida de su flota de 200 naves y más recientemente, la invasión británica de Suez en 1956, en donde los remanentes imperialistas del Reino Unido y Francia se enfrentaron a sus limitaciones en la nueva realidad geopolítica de la posguerra.

A estas alturas, es obvio para quien lo quiera ver que Irán derrotó a sus agresores, Estados Unidos e Israel, a nivel táctico y mediático. El cierre parcial del estrecho de Ormuz tiene a grandes sectores del planeta al borde de una crisis energética y aún así, las simpatías a la República Islámica y su enfrentamiento digno de David contra Goliath, siguen aumentando fuera del sistema de medios corporativos.

Ante un eventual repliegue de las fuerzas armadas estadounidenses en la región, no sería descabellado que Trump, en su furia y fracaso militar, decida que debe intervenir en Cuba para “salvar” a la isla del “comunismo”, de la mano del fanático Marco Rubio. O una nueva intervención en México so pretexto de “derrotar a los cárteles”, que ellos mismos financian con sus decenas de millones de adictos y equipan con sus cientos de tiendas de armas. Incluso Canadá y, en específico, la provincia de Alberta, están en peligro de un ataque de Trump, debido a sus importantes yacimientos petroleros y de otros recursos.

En el contexto histórico y geopolítico, el único destino de cualquier ataque desesperado de Estados Unidos contra otra nación en su propio continente es su eventual autodestrucción. Pero una bestia herida es más peligrosa cuando está a punto de morir. Ignoremos ese peligro bajo nuestro propio riesgo.