Las palabras valen por sí mismas, pero en el caso de los hombres de poder deben descifrarse a partir de sus intenciones y pulsiones emocionales. Esto adquiere mayor relevancia en los gobernantes populistas, propensos al exceso, al desapego de la realidad y desprecio a la verdad; por lo mismo, recurren con frecuencia a la mentira. Es un fenómeno nuevo, porque se inscribe en la democracia y en una civilidad objeto de desdén. Sean Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro o López Obrador. En Brasil e Inglaterra, la democracia los echó del poder; probable que suceda en Estados Unidos y, lamentablemente, en México los modos, el proyecto y las formas fueron ratificados con una mayoría suficiente para hacerse, de manera ilegal, del Poder Legislativo y del Judicial. Una vuelta de tuerca en la construcción autoritaria, México dejó de ser una democracia imperfecta —híbrida, según los especialistas— para transitar en autocracia.
De la presidenta Sheinbaum, Donald Trump dice que es una buena persona; a veces el elogio va más allá; sin embargo, siempre acompañado por la descalificación, la más grosera y agresiva: que ella no manda, sino los grupos criminales. Actitud semejante al recurso al que acudía López Obrador para ofender a sus adversarios: iniciaba con un “con todo respeto” y, de ahí en adelante hacía justamente lo contrario.
La agresión es un recurso de poder y una forma de ejercerlo; un permiso que se concede a sí mismo quien considera que su causa está por encima de todo y de todos, incluida la ley. Por eso la vileza y la crueldad. El mundo del autócrata populista está gobernado por el rencor, el odio y el desprecio a todo aquello que no se acomoda. El manejo criminal de la pandemia o la reacción ante la inseguridad costaron cientos de miles de vidas, sin mediar siquiera empatía. La libertad de expresión tiene que ser castigada, arrinconada, porque disputa autoridad, cuestiona su verdad y despierta el temor a la derrota moral.
Con Trump y López Obrador, la urbanidad política fue desalojada de la vida pública. La intensidad de su protagonismo mediático no deja espacio a la tregua, ni siquiera para la mesura. Ciro Gómez Leyva, un periodista independiente, no opositor, fue tratado con sevicia incluso después de sufrir un atentado en el que la suerte salvó su vida. Empatía, ninguna. Igual sucedió con los movimientos ciudadanos, el de las mujeres, los padres de niños con cáncer y las madres buscadoras. Los peores sentimientos gobernaron al presidente. Pero ganó su elección en 2024, como Trump en 2025 significando que esas formas se reivindican, porque en ese mundo solo importa reproducirse en el poder.
La amenaza es el objetivo. Amenazas cumplidas con unos para intimidar a los demás. Así puede verse en Venezuela. No solo es el petróleo ni la lucha contra el narcotráfico lo que interesa, menos restablecer la democracia o las libertades; por eso el movimiento de María Corina Machado tendrá que esperar. Para Trump, el objetivo es Cuba, y nada mejor que el propio chavismo como recurso para minar al régimen castrista. “Tengan para que aprendan”, solía decir con saña López Obrador.
La mentira se ha instalado en el poder. Resulta impensable que la democracia se degradara con tal facilidad, sin mayor resistencia. Al menos las democracias consolidadas plantean un debate público que propicia que el voto corrija el exceso y expulse del poder al autócrata. El problema es la larga espera para una corrección electoral. Mientras tanto, Trump se sirve del poder con inclinaciones fascistas, caso del agente migratorio disparó contra una indefensa ama de casa, hecho repudiable que la maquinaria trumpista intentó justificar con una mentira flagrante, pese a la inequívoca evidencia visual que probaba el crimen. Igual es el expansionismo que amenaza a Dinamarca y su territorio soberano en Groenlandia.
México no puede soslayar la amenaza que representa el gobierno norteamericano. Muchas batallas perdidas desde tiempo atrás; la más relevante, la falta de respeto no solo al derecho ajeno, sino a todo lo que México es y representa. Lamentablemente, en el imaginario norteamericano ha prevalecido la peor cara del país, y más ahora con la violencia que da sustancia y credibilidad a la tesis de que México está gobernado por el narco y que su presidenta quiere, pero no manda. Como sea, constituye una ofensa grave, preocupante, porque allana el camino para una agresión mayor y a una exigencia insostenible para el régimen: la entrega de políticos y militares implicados en el narcotráfico.



