La pregunta para entender el momento político de México es ¿dónde quedaron los movimientos sociales, la protesta y la inconformidad? De la respuesta depende la definición del régimen en que vivimos y hacia dónde va el país.
Las encuestas señalan que más del 70% de la población evalúa negativamente temas como seguridad, salud, educación, energía e incluso la calidad de la democracia.
La percepción crítica del desempeño gubernamental se ha extendido sin que el descontento se traduzca en movilización social ni en una oposición con fuerza para exigir o promover cambios de fondo. El malestar existe, pero la reacción no es proporcional.
Represión y control
En la etapa hegemónica del PRI, el control se ejercía de manera abierta y brutal. El Estado recurría a la represión: fuerzas armadas, policías, detenciones arbitrarias, desapariciones y asesinatos. Movimientos reprimidos de médicos, ferrocarrileros y estudiantes y la llamada “guerra sucia”, dejaron testimonio de una estrategia donde prevalecía la fuerza para contener cualquier intento de oposición.
El gobierno establecido por Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena, han configurado mecanismos no menos efectivos. La represión dejó de ser visible y generalizada para combinar narrativa, presión institucional y fragmentación.
Con una pieza central: las conferencias matutinas. Desde la tribuna presidencial se mezcla comunicación institucional con posicionamientos políticos, y se señalan, exhiben y descalifican periodistas, activistas, académicos y opositores. La construcción de la narrativa polarizante no solo influye en la opinión pública, también genera un entorno adverso para el ejercicio de la crítica.
Presión
De la amplificación digital de estos mensajes han estado encargados Jesús Ramírez Cuevas y Jenaro Villamil, quienes coordinan estrategias de comunicación que, en redes sociales, derivan en campañas agresivas contra voces críticas. Una presión constante más allá del ámbito público que alimenta la polarización y confrontación social.
En paralelo está el uso de instrumentos judiciales y fiscales; investigaciones, auditorías o filtraciones selectivas se convierten en herramientas eficaces para desgastar o inhibir a figuras incómodas.
Periodistas como Azucena Uresti, Carlos Loret y Federico Berrueto han señalado que sus salidas o cambios en espacios informativos estuvieron relacionados con el clima de confrontación con el poder. Organizaciones como Artículo 19, han documentado el aumento del acoso judicial contra periodistas.
Incluso, al interior del gobierno, figuras como Carlos Urzúa y Germán Martínez renunciaron a sus cargos tras expresar desacuerdos con decisiones de política pública. En el ámbito judicial, las reformas que impactan a la SCJN han propiciado un ambiente de presión política marcado por críticas y estigmatización desde el poder.
Y un elemento aún más preocupante: la persistencia de la violencia en distintas regiones del país que configura un entorno adverso para la libre expresión y la participación política.
Inconformidad
Hubo momentos en que la sociedad civil logró articularse. Las movilizaciones de la Marea Rosa congregaron a miles de personas en distintas ciudades del país para defender al INE y protestar contra reformas al poder judicial, demostrando que la capacidad de movilización existe.
Sin embargo, esa energía parece haberse diluido. Reformas que en otro momento habrían detonado protestas masivas avanzan prácticamente sin resistencia. La sociedad civil luce dividida, e incluso temerosa. El descontento persiste sin que se traduzca en acción colectiva.
En este contexto, el papel de los partidos de oposición resulta crucial, pero, lejos de consolidarse como canal del malestar social, sus dirigencias carentes de credibilidad, parecen atrapadas en su coexistencia con el poder.
La inconformidad social no desaparece: se contiene, se dispersa o se administra. No hay ausencia de crítica, hay dificultad para convertirla en fuerza transformadora.
Al final, la democracia no se define por la existencia de elecciones o la popularidad de los gobernantes, sino por la vitalidad de su disidencia y, si la crítica se inhibe, se polariza o desgasta antes de convertirse en acción, termina por poner en riesgo el equilibrio político y la esencia misma de la vida democrática.
X: @diaz_manuel


