Algunas personas que conozco ya planean hacer un viaje solo para comer en la taquería Los Perrones, en Ciudad Constitución, Baja California Sur. El establecimiento se volvió tendencia en un solo día tras la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum, su esposo Jesús Tarriba y el gobernador Víctor Castro.
En este artículo, quiero pedirle a la mandataria que visite pronto otro restaurante, capitalino este: uno que es víctima de la gentrificación comercial. Pero antes, analizaré un aspecto de las rentas de viviendas que asfixian a las familias.
El economista Everardo Elizondo publicó recientemente, en Reforma, un artículo para subrayar los efectos que él considera negativos de un cambio al Código Civil de la CDMX en 2024, según el cual el aumento anual de las rentas no puede superar la inflación del año anterior. Al mencionado experto —uno de tantos sacerdotes del culto al mercado— le escandaliza que la Suprema Corte de Justicia de la Nación haya declarado constitucional la medida.
Para cuestionar esa norma, Elizondo se apoyó en un ensayo de Konstantin A. Kholodilin, quien analizó 112 investigaciones empíricas sobre el control de alquileres.
Desconozco dónde vive el alemán Kholodilin, pero es probable que no batalle para pagar la renta; seguramente posee un buen departamento en Berlín, donde trabaja para el Instituto Alemán de Investigación Económica. El propio Elizondo, regiomontano, tampoco debe sufrir para cubrir sus gastos mensuales; lo imagino en una residencia propia en algún barrio exclusivo de Monterrey o en San Pedro Garza García, el municipio más rico de México.
Me encantaría preguntarles a ambos si no les parece de mal gusto cuestionar, desde el privilegio, una medida que busca proteger a quienes tanto sufren para completar el mes. ¿Tienen idea de la angustia de una familia que ve su renta subir un 20% mientras su salario apenas aumenta un 4%? Quizá, en vez de atacar políticas de apoyo, deberían usar su talento para proponer acciones que complementen los controles de renta, alejándose del fanatismo neoliberal.
No sé si Kholodilin profundiza en el modelo de Viena, pero es un ejemplo imitable de estabilidad mediante vivienda social masiva. En Viena, el municipio es el actor dominante: posee tantas viviendas que no solo regula precios por ley, sino que obliga al sector privado a competir con un gigante arrendador público que ofrece precios bajos y calidad mantenida mediante la reinversión obligatoria de los alquileres. Esto no es socialismo; es sentido común aplicado al mercado.
Elizondo, con su experiencia en el Banco de México, tiene las credenciales para diseñar estrategias fiscales o de vivienda que ayuden a quienes no tienen casa propia en barrios elegantes. Solo tendría que dejar de lado su rigidez ideológica.
El restaurante que la presidenta debe visitar
El restaurantero Arturo Cervantes, del restaurante Arturo’s —uno de los mejores de México—, dejará este mes el barrio de Polanco, expulsado por la gentrificación comercial. Se mudará a la Condesa a un local más modesto, aunque conservará su impecable calidad. Su crisis se debe a un aumento brutal en la renta, una tragedia para un hombre que viene de muy abajo y que ha construido todo con puro esfuerzo.
Es criminal que un restaurante de autor no pueda sostenerse donde opera. Arturo empezó como garrotero hace décadas en un restaurante francés; no es justo que su sacrificio sea borrado por el abuso de un arrendador que sabe que siempre habrá alguien dispuesto a pagar lo que sea. En Polanco abundan sitios de lujo con 50 empleados y apenas 25 clientes; una operación que no se financia con la venta de comida. La fiscal Ernestina Godoy y el secretario Omar García Harfuch deberían investigar si estos lugares son caprichos de millonarios o fachadas para el lavado de dinero.
En ciudades como París, existen leyes que protegen los negocios históricos. A un lugar que ha operado con ética y éxito no se le puede subir la renta de forma desproporcionada. Mientras corregimos estas deficiencias del mercado, hay que apoyar a Arturo. Ojalá, en cuanto empiece a operar el próximo mes, la presidenta Sheinbaum vaya con su esposo a comer al nuevo Arturo’s en la Condesa. Sería una gran promoción, basada en la justicia, para un hombre que, como diría Luis Donaldo Colosio, es producto de la cultura del esfuerzo y no del privilegio.


