Esta mañana publiqué el artículo “La mañanera de la 4T y la ingenua epistocracia del dinero y sus intelectuales”. Critiqué la pretensión de superioridad de las élites mexicanas, que piensan que todo lo saben, algo contrario a lo que, suponen, ocurre en el gobierno de izquierda donde, así lo diagnostican, todo es ignorancia.

No es nueva la tensión entre el gobierno de los sabios (epistocracia) y el gobierno del pueblo (democracia). La crítica principal que la comentocracia al servicio de las clases altas le hace a la presidenta Claudia Sheinbaum se basa, evidentemente, en una autoritaria falacia platónica: que el poder debe residir en quienes poseen el conocimiento experto (episteme) y no en la opinión ciudadana (doxa). Con esta clase de ideas las élites disfrazan de rigor intelectual su clasismo.

Ignoran las clases altas y sus comentócratas que, en política democrática, la verdad no es una revelación reservada a unos pocos expertos o intelectuales. La legitimidad de un gobierno emana del consenso social y del mandato de las urnas, no de oficinas técnicas, laboratorios de ideas, redacciones, centros de estudios, etcétera.

Lo que las clases altas definen como verdades técnicas que la presidenta Sheinbaum no pone en práctica son, en realidad, mecanismos para proteger sus propios intereses. No comprenden que, en democracia, si un argumento especializado contradice el bienestar de millones, deja de ser verdad para convertirse en una falacia moral.

Según la comentocracia, falta pensamiento crítico en la 4T. Es mentira. En dos elecciones presidenciales consecutivas, el pueblo juzgó, racional y críticamente al modelo neoliberal, y lo rechazó. La 4T no es una masa confundida, sino un ejercicio de razón colectiva que busca la cohesión y la justicia social.

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La insistencia en una epistocracia del dinero es, claro que sí, una postura antidemocrática. Sugerir que el voto del experto vale más que el del ciudadano común ignora que, en una república, el soberano es el pueblo.

Denise Dresser y sus complejos de inferioridad frente a Salma Hayek

Este domingo, después de que Salma Hayek elogiara a Claudia Sheinbaum por los incentivos al cine, la reacción inmediata de la columnista Denise Dresser fue advertir que el prestigio —en este caso el de la actriz de fama mundial— debe usarse de otra manera.

Dresser cuestionó fuertemente a Hayek porque esta mujer, imagina la otra, no leyó el último informe de Human Rights Watch. ¿Cómo sabe Denise que Salma no analizó tal informe? Quizá sí lo hizo.

La actriz y productora ha demostrado ser una mujer informada. Salma Hayek, desde su posición de ciudadana global, probablemente leyó los argumentos de Human Rights Watch, y sensatamente hizo lo que Dresser es incapaz de realizar: poner el informe en su justa dimensión política y social, no tomarlo como una verdad bíblica.

Salma, una mujer involucrada en filantropía y cercana a las redes de poder más informadas del mundo, tiene acceso a ese y a otros informes sobre derechos humanos en los que se menciona a México. Seguramente los considera valiosos para el debate, pero no dictámenes infalibles.

Al asumir que Salma es ignorante por no repetir el discurso de denuncia contra la 4T de las clases altas mexicanas, Denise cae en la trampa de su propia soberbia: niega la capacidad de discernimiento de una persona con influencia global y, por lo mismo, muy probablemente más documentada que la colaboradora de Reforma.

Los informes contra la 4T, la nueva religión de la comentocracia

Para Denise Dresser —lo mismo que para buena parte de la comentocracia mexicana—, cualquier documento de una ONG internacional contrario a México es una verdad absoluta e incuestionable que debe anular cualquier otra percepción de la realidad. La politóloga está equivocada.

Salma puede reconocer que en México existen desafíos en derechos humanos, como en cualquier democracia moderna, pero tal vez decidió que el hecho histórico de tener a la primera mujer presidenta —y científica—, que apoyará a la importantísima industria del cine como nunca antes, es algo que pesa más en la balanza del progreso nacional que un estudio para nada concluyente de Human Rights Watch.

Pero, para Dresser y el resto de comentócratas y, también, para buena parte de las clases altas, una opinión es legítima solo si ataca a la 4T.

Se le escaparon a Dresser Goodall y Mittermeier

Afortunadamente, Denise Dresser es aficionada al cine, y no al activismo medioambiental. Se enteró de lo que dijo una actriz de la que es fan, pero no supo lo que expresaron dos brillantes defensoras de la naturaleza en recientes visitas a México, Jane Goodall, el año pasado, y Cristina Mittermeier este 2026.

¿Qué dijeron de la presidenta Sheinbaum la británica Goodall, reconocida como la primatóloga más importante del mundo —falleció días después de haber dejado nuestro país—, y la mexicana Mittermeier, bióloga marina y fotógrafa de conservación cofundadora de SeaLegacy? Ambas elogiaron, en público, a la gobernante de México por su compromiso con el medio ambiente.

No puede negarse que Claudia Sheinbaum no solo goza de un altísimo 70% de aprobación, sino también de reconocimiento global.

Qué bueno que Denise no se interese en temas menos divertidos que el cine, como el cambio climático y el daño que causa a los océanos y a los animales: eso salvó a Jane Goodall y a Cristina Mittermeier de que las linchara una politóloga convencida de que solo son capaces de guiar a México quienes piensan como ella, pero que además residan en barrios de clase alta.

El dato es revelador. No porque Dresser critique a Salma —criticar es saludable—, sino porque establece un filtro: solo ciertas voces se expresan inteligentemente: las contrarias a la 4T respaldadas por mucho dinero.

Así funciona la epistocracia: la opinión ciudadana no vale nada comparada con la de aquellas personas ilustradas que en realidad, a pesar de sus títulos universitarios, se limitan a repetir como pericos las órdenes que bajan desde el piso más alto del corporativo que les financia.