Hace unas semanas escribí aquí sobre la discusión en torno a la Ley de Aguas Nacionales, un debate que rápidamente se convirtió en campo de disputa política. Pero más allá de ese debate, hay una realidad mucho más concreta: la forma en que el agua llega —o deja de llegar— a las ciudades cuando la red ya no alcanza.
México lleva años viviendo un estrés hídrico cada vez más visible. Los acuíferos están presionados, las sequías son más frecuentes y las ciudades siguen expandiéndose. En ese contexto, cuando el agua deja de llegar por la red, comienza a llegar por pipa.
En muchas ciudades del país, cuando el servicio público no alcanza, aparecen proveedores privados que cubren esa demanda. En ciudades como Pachuca, por ejemplo, no es raro que las familias terminen recurriendo a ellos cuando el suministro es irregular. Si bien el organismo operador (CAASIM) destina recursos para enviar pipas gratuitas a los usuarios con contrato vigente, la demanda en momentos de crisis suele superar por mucho la capacidad de respuesta oficial.
En lugares como La Camelia, Barrio Alto de Pachuca, la paradoja es evidente. Barrio histórico y fundador, prosperó alguna vez gracias a sus acueductos y a la infraestructura hidráulica de la bonanza minera que marcó esa zona de la capital hidalguense. Hoy, en cambio, el relieve accidentado y las dificultades de acceso técnico para los camiones cisterna han convertido el agua en un desafío cotidiano. Muchas familias, aun estando al corriente con sus pagos, terminan dependiendo de pipas particulares para resolver lo que la red no logra subir por las pendientes del barrio.
La región ilustra una paradoja que se repite en muchas ciudades mexicanas: el agua atraviesa el territorio, forma parte de su historia, pero no siempre llega a los grifos. De Pachuca a Tlalpan, el agua cuenta historias parecidas.
En esas condiciones, el acceso termina resolviéndose muchas veces mediante el mercado. A diferencia de lo que ocurre en la Ciudad de México, donde las alcaldías operan flotas de pipas como un servicio de apoyo civil más extendido, en muchos estados el alcance de este respaldo institucional es limitado frente a la magnitud del desabasto.
La diferencia puede parecer menor, pero no lo es. Cuando el sistema público se satura y el tiempo de espera de una pipa oficial es incierto, el acceso real termina determinado por la capacidad de pago de cada familia.
Incluso dentro del modelo público aparecen desafíos importantes. Cuando el abastecimiento depende cada vez más de pipas, surgen preguntas inevitables: ¿quién recibe el servicio?, ¿con qué criterios se distribuye?, ¿cómo se evita la discrecionalidad?
En otras palabras, el problema deja de ser únicamente hidráulico y se vuelve también institucional.
En Tlalpan —la alcaldía más extensa de la Ciudad de México y una de las principales reservas ambientales del valle— la gestión del agua tiene una complejidad particular. Allí conviven pueblos originarios, zonas urbanas y amplios territorios de conservación donde el abastecimiento por red es especialmente difícil.
En ese contexto, la administración encabezada por Gabriela Osorio ha comenzado a implementar un programa de credencialización para el suministro de agua en pipas, acompañado de una tarjeta de agua subsidiada. El objetivo es ordenar un sistema que durante años operó con amplios márgenes de discrecionalidad.
La idea es sencilla, pero importante: identificar a los usuarios con un registro formal, reducir intermediarios y garantizar que el apoyo llegue directamente a las familias que lo necesitan. Con este esquema, el costo del suministro puede reducirse de manera significativa frente al precio de una pipa particular, mientras se busca disminuir los tiempos de espera que históricamente han afectado a muchas colonias.
Más allá de la medida administrativa, el programa intenta responder a un problema estructural: en zonas de alta complejidad territorial —como los pueblos del Ajusco o áreas serranas de la alcaldía— el abastecimiento mediante pipas sigue siendo una parte inevitable del sistema.
No es casual que estas discusiones estén ocurriendo en Tlalpan, un territorio donde la ciudad todavía se encuentra con el bosque y donde la relación entre agua, territorio y comunidad sigue siendo visible en la vida cotidiana.
La credencialización no resuelve por sí sola el problema estructural del agua. Pero puede ser un paso importante hacia algo que suele quedar fuera del debate: ordenar la forma en que el agua llega a las personas cuando el sistema ya no alcanza.
Porque en el México del estrés hídrico, una verdad empieza a hacerse evidente: cuando el agua llega en pipa, el agua vale más que el oro.



