Benito Antonio Martínez Ocasio tuvo una relación personal con una propagandista del sionismo llamada Kendall Jenner. El productor de su música comercial y repetitiva es el israelí sionista Yuval Chain, un ricachón blanco con doble ciudadanía estadounidense que produce música “latina” genérica en un vomitivo acto de apropiación cultural.

Benito también se presentó en el medio tiempo de la NFL, una liga en donde varios de sus dueños aparecieron vinculados en los archivos Epstein junto a los dueños de otros equipos de futbol y Fórmula 1. La NFL es financiada en parte por Barclays, un conglomerado con señalamientos de racismo institucional.

A Benito lo vistió una empresa española, Zara, que también es sionista y apoya abiertamente el genocidio en Gaza. Lo acompañaron en su sainete la sionista Stefani Joanne Angelina Germanotta, alias Lady Gaga y el comprador de mujeres para gestación subrogada Ricky Martin.

Benito no vive en Puerto Rico, vive en Los Ángeles rodeado de élites anglo-sionistas del mundo del entretenimiento. Llego a la cima de los servicios de streaming con una fuerte inversión de su compañía disquera. Benito es la primer gran figura instalada a sangre y fuego mediante la dictadura del algoritmo: un artista infradotado, intelectualmente limitado, manipulable, sin un atisbo de inteligencia detrás de esa mirada perdida.

Pero eso sí, los liberales de redes sociales festejaron el espectáculo de este personaje como un gran acto “revolucionario”. ¿Revolucionario en qué? ¿Cuántos barriles de petróleo ha enviado Bad Bunny a la isla de Cuba? ¿Cuántos agentes de ICE dejaron de torturar y aterrorizar hombres, mujeres y niños en las calles de Estados Unidos? Vamos, ¿cuántas divisiones del ejército controla Benito? El fanatismo de algunos personajes por un ente tan limitado como Benito se reduce en su carácter pasivo ante cualquier posible acto de acción política o auténtica rebeldía. Creen que ver algo por YouTube equivale a un gran triunfo político y mientras tanto, nada cambia. O peor aún, las cosas empeoran. Pan y circo, pero sin el pan. Puro circo.