El nombre de Nemesio el Mencho Oseguera comenzó a sonar con fuerza a nivel nacional en el penúltimo año del gobierno de Felipe Calderón.

La enorme fuerza del Mencho —llegó a ser el capo del crimen organizado más peligroso y temido de México— fue una de las consecuencias malditas de la estúpida guerra de Calderón contra el narco, la que encabezó un funcionario, Genaro García Luna, colaborador de otro cártel, el de Sinaloa.

En 2011, la organización dirigida por el Mencho, el Cártel Jalisco Nueva Generación, se presentó ante la opinión pública como los Matazetas.

En el gobierno de Enrique Peña Nieto, Nemesio el Mencho Oseguera incrementó su poder. Pudo inclusive eludir un operativo en su contra utilizando lanzacohetes RPG para derribar un helicóptero del Ejército mexicano.

La muerte de el Mencho no es un trofeo de guerra porque el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum no está en guerra—. Se trata, más bien, de un acto de elemental justicia y de orden público. Oseguera no murió en una batalla, sino en una acción perfectamente legal del Ejército mexicano.

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Ha quedado demostrado que nadie es más fuerte que el Estado, lo que adquiere un matiz particular bajo la administración de Claudia Sheinbaum, ya que fue una mujer en la presidencia la que, al fin, pudo acabar con las atrocidades del peligrosísimo criminal. Una ama de casa, madre y abuela... y comandanta de las fuerzas armadas —así se ha definido a sí misma la presidenta— que no usa la fuerza bruta contra las mafias, sino la inteligencia institucional y la tecnología.

Este gran triunfo de Sheinbaum evidencia que el Estado es el único rector de la vida pública en México. Un Estado, ahora mismo, cuya fuerza invencible reside en la organización y la disciplina, no en la testosterona. De hecho, tanta hipermasculinidad en los altos niveles del gobierno en sexenios anteriores no robusteció al Estado mexicano, sino lo debilitó.

El mayor triunfo de Sheinbaum este domingo de la caída del gran capo es el de demostrar que el crimen organizado será un fenómeno transitorio, mientras que el Estado, democrático y pacífico, es permanente.

Un abogado de Guadalajara que conozco —abiertamente derechista, casi ultraconservador— me escribió para decirme que esta vez la presidenta Sheinbaum se anotó un diez. No es el único: ha habido otros y vendrán más. Hoy esos dieces son posibles; en tiempos de Calderón y Peña Nieto se consideraban impensables.

La pregunta es inevitable: ¿cuántos dieces de Claudia serán necesarios para compensar, en el promedio, los ceros en ética del gobierno de Felipe Calderón, cuyo sexenio abrió la puerta a la infiltración del crimen organizado en las instituciones del Estado? Los que sean necesarios ella los obtendrá.

La derrota definitiva de las mafias llevará el nombre de Claudia Sheinbaum, pero también será fruto de la fuerza social de la 4T, que desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador inició la limpieza y reconstrucción de instituciones que habían sido degradadas hasta el límite. La historia no absolverá a quienes las entregaron; sí reconocerá a quienes las rescataron.