A ojos vistas, en 2026 –y siempre– es mejor prevenir que remediar, sobre todo cuando la intensa complejidad y el estado de excepción global multiplican las variables que inciden en el contexto e impactan al sistema e instituciones más o menos funcionales.
Por una parte, parecería que durante el primer cuatrimestre del año el contexto no se alteraría demasiado, ya en el rubro económico o político y ni siquiera por el nombramiento de tres consejeros electorales del INE o la titularidad de la Auditoría Superior de la Federación. Pero es mejor asumir que habrá turbulencias.
Esto aun cuando el tradicional lento inicio de año muestra un calendario lleno de conmemoraciones y celebraciones cívicas de reafirmación identitaria que debe ser aprovechado para reforzar convicciones políticas y realizaciones sociales.
Por otra parte, las cosas lucen diferentes desde el ámbito externo, pues el riesgo de las guerras regionales, en particular el conflicto creciente entre Estados Unidos y Venezuela, que ya avanzó un paso más con la intervención en Caracas este sábado, podría escalar y afectarnos en varios grados posibles.
Por ello, los cuatro meses que vienen son clave para afinar y ajustar estrategias y acciones hacia los ocho meses subsecuentes. Especialmente, estos serán de vértigo por las siguientes razones.
El endurecimiento del nacionalismo pragmático del gobierno de Donald Trump y las estrategias ultraderechistas agudizarán la polarización, además del tema migratorio, los amagos arancelarios y la negociación del T-MEC.
En buena parte vinculados a las elecciones intermedias de noviembre en los Estados Unidos, e inscritos en el escenario más amplio de la disputa geoestratégica global, esos gestos y actos colaborarán a generarle a México presiones adicionales, en particular en temas de drogas, criminalidad y seguridad.
En la región norteamericana y en México, el Mundial de Futbol entre junio y julio impactará en diversos escenarios uno o dos meses antes y otros tantos después. Si bien, nos beneficiaremos de cierta derrama económica, la cuestión de la seguridad es crucial y debe ser maximizada dado que un evento catastrófico directo o indirecto sería muy grave para los intereses del país.
A ello hay que sumar la negociación y aprobación de la reforma electoral, cuyo perfil parece moverse hacia la moderación sin sacrificar sus objetivos sustanciales, que tendría lugar en mayo, 90 días antes del inicio del proceso electoral federal, fechado en septiembre, junto con 17 elecciones de gobernador y otras miles de municipales y legislativas en todo el país.
Aunque Morena luce en clara ventaja al ocupar el mayor número de espacios de representación en todos los órdenes de gobierno y ostenta 10 millones de afiliados frente a la mucho menor membresía comparativa del resto de los partidos, las negociaciones con sus aliados en varios estados y ámbitos federales serán complicadas con rumbo a la jornada electoral de julio de 2027.
En este escenario hay que considerar que se prevé que dos agrupaciones logren su registro como nuevos partidos políticos nacionales y coadyuven a fragmentar el voto a la derecha y a la izquierda, en tanto que las provocaciones o acciones externas pueden ayudar a incentivar el sentimiento nacionalista mexicano para quien lo logre capitalizar.
Empero, el exceso de confianza o la persistencia de malas costumbres suelen operar en contra, en el entendido de que las sorpresas pierden su carácter superveniente o inesperado en aquellos casos en que los gobiernos no se desempeñan bien.
Al respecto, baste revisar los resultados en países de América Latina en 2025 para corroborar que los electores están votando en contra de gobiernos ineficaces.
Así, es de advertir que en mayo las alarmas pueden sonar fuerte porque en vísperas del mundial futbolero las usuales tentaciones de grupos de presión como las de algunos sectores magisteriales, agraristas o del transporte pueden tornarse irrefrenables, costosas y muy riesgosas.
Sin crispaciones, imaginemos una combinación de dinámicas: reformista electoral, de bloqueos en el terreno y en ruta pre-mundialista, más presiones estadounidenses por fuera y por dentro del T-MEC, para hacernos una idea del vértigo previsible que se avecina.
Cuando se puede, es mejor prevenir que remediar, porque el remedio por lo general es tardío, incompleto, irresponsable, inefectivo y lleno de altos costos que más tarde se vuelven lamento, división, motín y, al final, pérdida del timón.



