El 20 de julio de 1911, Porfirio Diaz, recibido por el general Gustave León Niox, visitó la tumba de Napoleón Bonaparte en París y tuvo la oportunidad de desenvainarla. Aquél día se convirtió en uno de los más emotivos del militar mexicano, tras abandonar el país que había tratado empecinadamente de afrancesar. 

El historiador Domingo Deras Torre cuenta que desde su llegada a Francia, Díaz hizo público su deseo de conocer la tumba del general republicano, ubicada en el edificio de Los Inválidos, pues sentía hacia él una profunda admiración. 

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"No soy digno de ella"

Aquella mañana, el exmandatario admiró la tumba durante varios minutos y después fue conducido hasta la vitrina que resguardaba la espada que usó el emperador del pueblo francés durante la histórica Batalla de Austerlitz, en 1805. La pelea mencionada lo catapultó a la fama por la eternidad. 

Según mencionan Enrique Krauze y Fausto Zerón Medina en Porfirio. El Destierro (1993), Díaz observó titubeante el arma y la tomó entre sus manos mientras Gustave Nixon afirmaba en voz alta que nunca había estado en mejores manos, obteniendo un "yo no soy digno de ella". El encuentro entre el oaxaqueño y la espada de Bonaparte quedó registrado en periódicos franceses como El Fígaro, que reseñaron un día después. 

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"Un gobernante tan grande e importante para América"

Al llegar a Europa, Porfirio Díaz fue bien recibido por la mayoría de los jefes de Estado, ya que gozaba de un gran prestigio en el continente. Tanto así, que Rafael Tovar y de Teresa, ex Secretario de Cultura de México, escribió en su libro De la paz al olvido: Porfirio Díaz y el final de un mundo, que era probablemente el más respetado y conocido de los líderes americanos.