Octavio Paz, a principios de la década de los ochenta, publicó un libro fundamental para entender los momentos, las transiciones, los cambios políticos y sociales del mundo: Tiempo nublado. Hay un capítulo que tendríamos que revisar, el de “México y Estados Unidos: posiciones y contraposiciones”. El escrito de Paz anticipa y revela, mejor –en este tiempo de extremismo cívico entre quienes siguen optando por el sistema político mexicano y quienes propugnan por un cambio de régimen–, dilucida.
El gobierno de Donald Trump no es un gobierno gerencial, es un gobierno imperial más cercano al cesarismo y al zarismo que a la república democrática instituida por sus padres fundadores. Las órdenes ejecutivas de Trump, gobernar por decreto, tienen que ver con la actitud del César, pero sobre todo la del Zar: el ucase, el edicto sin apelación y, cuando ésta existe, como la de los jueces en Estados Unidos, viene la condena ejecutiva, el “tuitazo” que traslada al sistema judicial la responsabilidad de cualquier acción terrorista.
¿Cómo convivir y confrontarse con un tirano? La relación de México con los Estados Unidos, para Octavio, es una paradoja, estamos condenados a nuestra vecindad, la geografía nos une y nos desune: “Lo que nos separa es aquello mismo que nos une: somos dos versiones distintas de la civilización de Occidente”. Paz asume las diferencias de carácter cuantitativo y menciona que pueden explicarse por el desarrollo social, económico e histórico.
Las diferencias entre españoles e ingleses (Nueva Inglaterra-Nueva España), menciona el poeta, no eran menores que las que separaron a los indios nómadas (el Norte) e indios sedentarios (Sur). México se convirtió en un país mestizo, los Estados Unidos en un país multirracial, México se fundió, Estados Unidos se confundió. Por eso: “La presencia de lo indio significa que una de las facetas de la cultura mexicana no es occidental. ¿Hay algo semejante en los Estados Unidos? Cada uno de los grupos étnicos que forman la democracia multirracial que son los Estados Unidos posee su propia cultura y tradición y algunos de éstos –por ejemplo: los chinos y los japoneses– no son occidentales”.
En Estados Unidos no existe una Virgen de Guadalupe ni un devoto 12 de diciembre. Las devociones gringas son otras, la del rito –incomparable no sólo en México sino en el mundo– llamado Super Bowl donde la civilización del espectáculo tiene su mayor ejemplo. Las diferencias son sustanciales, también las de los dos sistemas políticos donde en Estados Unidos existe un solo partido en dos vertientes, los demócratas y los republicanos, y la variopinta partidocracia (donde se incluye Morena) de los mexicanos.
Octavio Paz concluye que la actitud española en México fue inclusiva y la de los ingleses en Estados Unidos exclusiva: “En la primera las nociones de conquista y dominación están aliadas a las de conversión y absorción; en la segunda, conquista y dominación no implican la conversión del vencido sino su separación”. El muro de Trump, la orden ejecutiva contra siete países mayormente musulmanes, el proteccionismo comercial, tienen que ver con este carácter de exclusión, de separación. Donald Trump no viene de una tradición democrática, inclusiva y republicana, lo suyo es la herencia puritana, wasp, las creencias excluyentes, que no la ideología, del Ku Klux Klan.
Para Paz la crisis de los Estados Unidos tiene que ver con la tensión entre la igualdad y la libertad: “Las luchas de los negros, los chicanos y otras minorías no son sino una expresión de este dualismo. A esta contradicción interna corresponde otra externa: los Estados Unidos son una república y son un imperio”.
En efecto, en este momento Trump opta por la desigualdad y el servilismo, no por la república sino por el imperio. Y con ello afecta a las minorías políticas (las mujeres), propugna por el racismo (las razzias), la exclusión (el muro), las guerras comerciales (México) y la dictadura imperfecta manejada desde las órdenes ejecutivas. Las contradicciones internas en los Estados Unidos siguen vigentes, tanto en los estados de la nación, el poder judicial, el legislativo y la oposición cívica.
En México las contradicciones también existen. País dividido en dos extremos, en vísperas del 2018 cada vez las posturas y posiciones son perentorias. Hay una tendencia coyuntural que opone a dos líderes, uno en descenso y otro en ascenso: Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. En medio de ellos, agrade o disguste, se alza la figura de Luis Videgaray. Luis tiene la tarea de forjar una transición tranquila porque la transición política de México, quiérase o no, también pasa por Washington.
Al canciller de Exteriores de México le toca la enorme faena de contener a Trump, de representar la resistencia de los mexicanos –lo acepten o no como canciller los mismos ciudadanos de nuestro país. Pero Luis debe de estar a la altura de su encomienda. Aprender rápido (entender al Estados Unidos y al México profundos), no caer en negociaciones secretas con los “amigous” que no lo son, dejar de ser unidimensional (Jared Kuschner) y apelar a lo multidimensional: trabajar con los consulados, pero también con gobernadores y ciudades santuario, el legislativo estadounidense y los jueces. La lucha por la libertad y el derecho al trabajo de nuestros connacionales lo requiere. El comercio entre los dos países demanda esa igualdad que pretende romper Trump. Videgaray debe provocar la solidaridad hispanoamericana y no contenerla, como un favor a Kuschner. No estamos sólo en “momentos de dificultad”, enfrentamos un descomunal peligro, junto con América Latina, que en el futuro podría ser equiparable a la invasión norteamericana en México, la toma de Cuba en la guerra contra España, la imposición de dictaduras en América del Sur o la invasión de las Malvinas en Argentina. El lenguaje del eufemismo es un lenguaje inútil, las cosas como son.
Luis Videgaray, después de Peña Nieto y de López Obrador, es el personaje central en este tiempo nublado. Su actitud no puede reducirse a la diplomacia porque con Trump lo que impera no es la diplomacia sino la rudeza de Twitter. Su trabajo está por encima de la aceptación o el repudio de los ciudadanos. Seguridad, armamentismo, narcotráfico, comercio, economía, inmigración, derechos humanos, libertad, igualdad, son temas insoslayables. Por su alta responsabilidad, Luis tiene que imponer también la agenda mexicana, no quedarse con la agenda ucase, “tuitera”, de la Casa Blanca. Ni muro ni agravios; sobre todo una solidaridad activa con los mexicanos residentes en los Estados Unidos.
Concluye Octavio Paz: “Si los Estados Unidos han de recobrar la entereza y la lucidez, tienen que recobrarse a sí mismos y para recobrarse a sí mismos tienen que recobrar a los otros: a los excluidos de Occidente”. Con Trump nosotros somos los excluidos. Hay que enseñarle a Donald el camino de la inclusión histórica de los mexicanos. Y, sin embargo, nosotros también tenemos que recobrar entereza y lucidez. Las marchas del pasado domingo no demostraron ni entereza ni lucidez, nos pintaron como somos: exaltados y divididos. También tenemos que recobrarnos a nosotros mismos (unidad en la diversidad), inventarnos otro tiempo, ir más allá de este peligroso tiempo nublado.
@ruizjosejaime
