La guerra de las traiciones

Cuando un candidato de algún partido político presume que miembros del partido contrario han dejado de serlo y se han sumado al propio, esperan los involucrados que haya por lo menos dos repercusiones muy  visibles, una en la opinión pública y otra en los respectivos equipos de trabajo.

Esta repercusión puede ser simbólica cuando se trata de un personaje destacado en la vida política, social, cultural, etc. O efectiva, cuando es un amplio grupo de personas organizadas que en los hechos se traducen en votos potenciales.

Siguiendo esta lógica – al menos en Morelos –  se han venido realizando una serie de cambios de bando, en tal cantidad que pareciera una competencia para ver quien suma más perjuros en el menor tiempo posible. Claro esta que no todos tienen el mismo impacto ya que cuando este ejercicio lo realizan personajes que no son figuras públicas reconocidas, de escasa credibilidad o que no representan ningún liderazgo social real, el espectáculo que ofrecen a veces es irrisorio.

Pero más allá de lo grotesco que pudiera parecer,   refleja el bajo nivel que ha alcanzado la llamada clase política que participa en estas traiciones, ya que lejos de proyectar una imagen de congruencia muestra la ambición de poder, capaz de buscarse a toda costa.

En este tenor, hace unos días se suscitó un hecho que fue mencionado en la prensa nacional como el resquebrajamiento del Movimiento Regeneración Nacional MORENA en el Estado de Morelos, mismo que no existió más que en la mentalidad de don Raul Iragorri Montoya y en la de algunos priistas.

MORENA al igual que en otras latitudes, con todos los errores de organización que pudiera tener y del oportunismo de algunos, es más que un montón de personas que apoyan a López Obrador y su conformación es tan disímbola que se puede encontrar toda clase de subdivisiones del “género Izquierda”. Así pues, la gama de posturas político-ideológicas es tan amplia, que llegan ser casi opuestas entre unas y otras,  y en lo único que se coincide es en la construcción de una conciencia política que permita decidir libremente y trabajar por un país más justo, por muy utópico que esto parezca.

La izquierda nunca se ha caracterizado por ser homogénea, su esencia precisamente radica, entre otras cosas,  en lo diverso y en el respeto a las diferencias de opinión  a tal grado que la fragmentación ha sido tan grande que a veces ha impedido construir propuestas políticas comunes.  

Sin embargo en víspera de las próximas elecciones tanto federales como las 15 locales, creo que vale la pena otorgar el beneficio de la duda y optar por los candidatos que en aquellos casos, presenten propuestas congruentes y realizables,  y dejar por el momento a un lado las animadversiones personales.

La peor traición desde este punto de vista no es solo cambiar de bando, sino boicotear activamente las propuestas dentro de la misma vertiente de pensamiento. Solo para recordar, en 2006 más de un millón votos simpatizantes de la socialdemocracia fueron a parar a la candidatura de Patricia Mercado, la misma que ahora aplaude a Josefina Vázquez Mota.

Esos electores jamás pensaron que Mercado llegaría a la Presidencia, pero en cambio juzgaron que su voto era un acto de congruencia interna. Al día de hoy y a seis años de distancia podemos constatar que esa congruencia no se tradujo en algo positivo para el país, sino todo lo contrario, pues precisamente esos votos hicieron falta en la candidatura de Andrés Manuel y la catastrófica consecuencia de dicha acción esta a la vista de todos.

Siempre he pensado que si la traición es la moneda de cambio entre los prianistas, no es algo que nos sorprenda, pero que se repita una y otra vez hasta la saciedad entre los que se dicen luchadores sociales militantes de izquierda, es una contradicción insalvable que tiene que señalarse  y combatirse en todas la maneras posibles.

 

Posdata.  inches “iberos” intolerantes… parecen unamitas, si siguen así va entrar la PF van a ver

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