1 de diciembre de 2021 | 02:39
Opinión de Ruth Salazar

    Entre La Mars y Tamara de Anda, me quedo con mi abuela Juana María

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    Mi abuela estudió hasta el cuarto año de primaria, no porque ella así lo quisiera, sus circunstancias así lo decidieron por ella, Juana María – así se llamaba- no tuvo la posibilidad de elegir, otros determinaron su destino.

    Pero si ella hubiera podido elegir, habría estudiado, me lo dijo cientos de veces, cuando no sabía cómo escribir una palabra de forma correcta y le daba pena equivocarse. Por ello, mi abuela leía todos los días los periódicos que llegaban a sus manos.

    A pesar de no terminar la primaria, mi abuela tenía una letra muy elegante, ya que durante los cuatro años que se le permitió ir a la escuela, aprendió a escribir una caligrafía envidiable, que yo y nadie que conozco ha podido igualar.

    También gracias a las matemáticas básicas que le enseñaron, mi abue pudo administrar una tienda de abarrotes que construyó de la nada, gracias a ello consiguió que la mayoría de sus siete hijos fueran a la universidad.

    Mi abuela me cuidó desde pequeña, ella me educó, me enseñó a valorar la gran oportunidad que yo tenía de acudir a la escuela, de aprender todas aquellas cosas con las cuales ella sólo soñó de niña, mientras aprendía a cocinar, lavar, planchar y limpiar, es decir, “cosas de mujeres”.

    El acceso a la educación fue una de las grandes batallas por la cuales lucharon las mujeres que nos antecedieron, las feministas del “pasado”  -se partieron literalmente la madre-  para que la mujeres de hoy tuviéramos  la opción de acudir a la universidad, después a una maestría, especialidad, doctorado, en fin.

    Mi abuela fue una de esas mujeres, que luchó desde sus trincheras para que las mujeres tuviéramos la oportunidad de estudiar, es por ello, que trabajó arduamente para que sus hijas estudiaran una carrera universitaria, a pesar de que en su niñez la sostuvo con muchas limitaciones.

    Es por ello que mi abue, jamás me dejó faltar a la escuela a causa de mi flojera o incluso enfermedad, que siempre me obligó a realizar todas y cada una de mis tareas, y que me recordaba constantemente lo afortunada que era por poder estudiar y aprender.

    Ante esta historia, considero que el discurso de ‘la Mars’, y su defensa por parte de la columnista de El Universal, Tamara de Anda, podría estar distorsionada ante esta realidad: México, estimadas  Mars y Tamara no es lo que ustedes vivieron en sus colegios, con sus vecinos o en sus universidades nice.

    México es mucho más allá de todos sus haters de twitter, son todos aquellos niños y niñas que no tienen en verdad la más mínima posibilidad de estudiar y mucho menos elegir.

    Creo que todos aquellos haters se alimentan por los rasgos de  ego y  arrogancia que arrojan sus discursos, porque quizá les ha faltado reconocer que México es muchos Méxicos, con múltiples y variadas disparidades.

    Entre toda esta nube de atención que reciben, quizás les valdría la pena aterrizar y reflexionar un poco, para saber sí el mensaje que están enviando es en realidad el correcto, o por lo menos el más empático ante el panorama que se vive en nuestro país.