Sin lugar a dudas vivimos en un país de formas. No quisiera decir que, de simulación, pero la apariencia importa mucho y nuestro sistema jurídico no es la excepción.

Las personas estudiosas del derecho constitucional, tanto nacionales como extranjeras, se han desgarrado las vestiduras tratando de explicar: ¿Qué es una Constitución? ¿Cuáles son sus elementos esenciales? ¿Es una súper-estructura de control o bien, realmente debe de emanar del pueblo respetando la ley del más débil…?  Sin embargo, el formalismo ha nutrido durante muchos años la mente de quienes han diseñado y construido a nuestra sociedad, en especial a nuestra norma suprema y aunque ésta es algo que debería reflejar lo que es la sociedad, no es así.

Parece que una vez que una reforma constitucional se aprueba, quedan en el olvido las políticas necesarias para lograr su implementación o peor aún, en nuestro país, las reformas constitucionales parecen una simple moda en la que es “un requerimiento” de los nuevos candidatos o gobernantes “modificar lo anterior”. Parece que, es parte del “juego de poder (o más bien del perder)” en el que exista la máxima de que “lo anterior siempre está mal” y hay que rediseñar todo para legitimarnos, para justificarnos.

¿No me crees? ¿Sabías que según pugnan algunos juristas la Constitución debería ser un catálogo breve de principios fundamentales de nuestro país y sus cambios deberían ser excepcionales y extraordinarios? Sin embargo, nuestra Constitución que data del año 1917 (que, dicho sea de paso, se publicó como una reforma a la del año de 1857) actualmente tiene 232 decretos de reforma y en cada uno generalmente se modifican varios artículos constitucionales.

Piénsalo: si la Constitución tiene 136 artículos, pero existen 232 decretos de reforma y en cada uno se modifican diversos artículos, prácticamente es un texto nuevo, pero habría que preguntarse si a la par de los cambios constitucionales: ¿ha cambiado el país, la sociedad y las instituciones? ¿Esta refleja lo fundamental de nuestro pueblo? ¿México ha cambiado sólo en el papel? Insisto, parecería que la tarea se acaba en cuando se aprueban las reformas y se olvida lo que es necesario para su implementación; o peor aún, ¿podríamos afirmar que se aprueban diseños normativos que en la mayoría de casos son de imposible cumplimiento o simplemente es falta de voluntad política para cumplirlos?

Basta leer algunos preceptos constitucionales para reflexionar si ¿en México todas las personas realmente disfrutan de todos los derechos humanos que consagra la Constitución y los tratados internacionales suscritos? ¿La soberanía realmente reside esencial y originalmente en el pueblo y éste tiene en todo momento el alienable derecho a alterar o modificar su forma de gobierno? ¿Hay una verdadera división de poderes? ¿Los órganos constitucionalmente autónomos lo son? ¿Los Estados son realmente libres y soberanos? ¿Tenemos municipios que funcionan de forma libre?

En algunos casos, la norma fundamental y sus reformas van más allá de nuestras capacidades como país, en otras ocasiones sí podemos, pero hay una evidente falta de voluntad política para implementarla. En papel, algunos dirían que, somos de avanzada y otros que al revés porque ¿de qué sirven normas que no se cumplen o no se pueden cumplir?

Insisto, la forma importa e importa mucho, pero tal vez este mero formalismo nos ha envenenado y hemos caído en la trampa de la simulación. Sin embargo, no todo está perdido ni mucho menos es para demeritar los cambios trascendentales por los que gente muy valiente ha dado la vida ... lo que me interesa y en lo que creo que debemos de enfocar nuestros esfuerzos es en que haya una verdadera responsabilidad para aprobar lo que podemos y necesitamos y así acompañar las reformas fundamentales de verdaderas medidas programáticas que con claridad indiquen cómo se deben de realizar, de lo contrario: es engañarnos, es cegarnos y caemos en el juego de la simulación.

Como sociedad no sólo debemos de celebrar que alguna idea se incorporó en un artículo de la Constitución sino, más bien, saber que esto es sólo el inicio y lo verdaderamente importante de una reforma es explicar con un grado de precisión quirúrgica cómo y con qué se va a lograr la misma, de otro modo es simular y engañar.

Tal vez no existe la deliberada intención de engañarnos o simular, tal vez caímos en una ceguera de formalismos en la que no hay malicia ni por las autoridades ni por la sociedad… Pudiera no ser falta de voluntad política y de ser éste el caso, sería aún peor… recordemos las enseñanzas del pasado y así pudiera venir a nuestra mente hoy más que nunca lo denunciado por Hannah Arendt en el que los individuos pudieran no ser malos, crueles o malvados en sí, sino al convertirse en meros burócratas que operan o aplican las reglas del juego sin mayor reflexión de la catástrofe que esto genera, o sea “jugar las reglas del juego” serían, sin darse cuenta el instrumento perfecto y terrible ante la indiferencia del mal o bien de lo que hacen: “banalizar el mal”.

Está claro que hay algo que no está bien cuando vemos tantas reformas y no se dan, de forma simétrica, cambios en la realidad podemos preguntarnos: ¿si no es ahora cuándo será el momento de que el debate se centre no en qué vas a cambiar sino en explicar cómo lo vas a lograr…? De lo contrario, tus promesas pudieran ser banales y simplemente por “jugar el juego del poder”, puedes estar llevando a tu pueblo a la hoguera de la simulación y entonces de poco nos sirvió historia y poco aprendimos de los errores de Eichmann…

Piénsalo: ¿Vamos bien como se diseña el derecho en México? ¿Se cumple el derecho que emana de las autoridades? O más bien, ¿las estructuras sociales alienan estas normas porque les son extranjeras y auto-diseñan sus propios mecanismos de solución?… tal cual no usas los trajes que te traen del extranjero porque no son de tu talla y mejor los regalas, ¿será que el derecho que se produce no le ajusta a la sociedad? Si es así, es terrible…

Tal vez, el debate no deba de ser simplemente qué más vamos a incorporar en la Constitución para que por arte de magia cambie nuestra realidad, recordemos, llevamos 232 decretos de reforma desde el año 1917… a lo mejor hay que centrarnos en cómo se debe de diseñar el derecho y con qué responsabilidad y seriedad se deben de implementar las reformas de carácter fundamental (Por: José Francisco De Villa Soto. Investigador en Causa en Común. A.C. Twitter @jfdvsmx).