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Esquizofrénica, la mayor parte de la comentocracia nacionalInternet

 

Esquizofrénica, la mayor parte de la comentocracia nacional, así como la opinión pública, se escandalizan por la detención de un criminal buscado porque, aparentemente, ésta tiene fines electorales, ¡caray!

Vaya, ignoro si en otros países se den semejantes juicios de valor, pero no es necesario hacer ninguna odiosa comparación con el extranjero para percatarse de lo estéril que es afirmar que un gobierno comete acciones con el fin de obtener aprobación y seguir promocionando a su agenda, sus candidatos y su plataforma política, y de lo imbécil que es emitir un juicio de valor negativo sobre ello.

Desde luego que debe esperarse que cualquier acción de gobierno, desde la recolecta de desperdicios hasta la detención de un peligroso criminal, desde la puesta en marcha de un programa sanitario hasta la construcción de una carretera interoceánica, sea realizada, entre muchos otros fines, con propósitos electorales. Porque si no es así, ¿cómo pretendería cualquier persona con puesto de elección popular, cualquier administración municipal, local o federal, cualquier partido político dar continuidad a sus plataformas políticas?

La neurótica idea de que el gobierno en turno, aparte de trabajar con eficiencia, debe actuar con sigilo absoluto, pretende un absurdo: que los trabajos que se realicen por cualquier ente público luzcan mucho pero que sean anónimos. Es decir, cada administración pública del nivel que sea, cada legislatura federal o local, cada judicatura de todo el amplio territorio nacional deben producir anualmente trabajos portentosos que nadie puede atribuirse. Es como ponerse a redactar “El Cantar del Mío Cid” cientos de veces y dejarlo igualmente anónimo cada una de ellas. Y si se contraviene esta regla no escrita, la comentocracia y la opinión pública volcarán su ira contra quien lo haga, acusándolo de “electorero”, oportunista y hasta conspirador.

De forma ilógica y absurda, la comentocracia y la opinión pública sí son condescendientes y permisivas en el uso promocional de las mismas acciones por los actores políticos que están afuera de la organización estatal o que son franca oposición, como fueron los casos -entre ayer y hoy- de Andrés Manuel López Obrador y de Margarita Zavala de Calderón, quienes a través de los medios a su disposición (Andrés Manuel desde su cuenta de Twitter y Margarita desde su columna de El Universal) emplearon la detención del prófugo Javier Duarte con fines evidentemente electorales acusando al Gobierno federal de quién sabe cuántas conspiraciones y, como en el caso de Andrés Manuel, hasta posiblemente defendiendo -de forma indirecta- al exgobernador de Veracruz.

Pero ese oportunismo mediocre debe ser materia de un análisis más profundo. Lo que debe preguntarse quien lea este texto es algo que, por obvio, a veces parece tonto, pero es sustantivo: ¿qué debe hacer, entonces, un gobierno que actúa: nada, para no entorpecer ningún proceso electoral o ignorar a quienes, estúpidamente, lo acusan de lo obvio con claros fines ulteriores? La lógica, el sentido común, la racionalidad, indican que lo segundo, máxime en un país donde el candidato puntero para ser el presidente en 2018 lleva más de trece años en campaña. Porque si se está permanentemente en campaña desde la oposición, cualquier trabajo del Estado mexicano puede ser siempre acusado de ser oportunismo electoral. Cosa que es, además, jugar con fuego. 

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