Peña Nieto, presidente electo. Suplico a los fanáticos que ya se calmen

No son amenazas como para tomarse en serio, espero. Conozco a alguno de los que las lanzan y sé que se trata de un pobre diablo caracterizado por su cobardía. Pero tales fanáticos, por el solo hecho de atreverse a sugerir acciones

Escucho la noche de este miércoles a Paul Ryan, candidato a vicepresidente de Estados Unidos nominado por el Partido Republicano. Su discurso es más o menos bueno. Duro con Obama, conservador, con numerosas referencias a su familia. Citó a su padre, fallecido cuando él tenia 16 años de edad: “Puedes ser parte de la solución o puedes ser parte del problema”.

Sí, escucho los discursos de la convención del Partido Republicano (traducidos por alguien de CNN en español; les recuerdo que soy perfectamente monolingüe). Al mismo tiempo, leo comentarios de la gente en Twitter. Sobre ese evento, sobre el juego Madrid-Barça, sobre la política mexicana.

Me llamaron la atención algunos tuits de fanáticos de izquierda. Como, casi seguramente, entre mañana y el viernes el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación rechazará invalidar la elección presidencial del pasado primero de julio, ellos, los apasionados tuiteros de izquierda, piden agredir a los magistrados, incluso matarlos.

No son amenazas como para tomarse en serio, espero. Conozco a alguno de los que las lanzan y sé que se trata de un pobre diablo caracterizado por su cobardía.

Pero tales fanáticos, por el solo hecho de atreverse a sugerir acciones violentas, son parte del problema.

No es legal, ni ético, insistir en impedir al costo que sea que Enrique Peña Nieto sea nombrado presidente electo de México.

Personalmente prefiero, por cursi que se escuche, ser parte de la solución. No es mucho lo que puedo aportar, lejos estoy de ser un líder de opinión.

Pero, desde la modestia de este espacio de internet, quiero pedir a los exaltados que se calmen.

Ya hay demasiada violencia en México, la de la guerra contra el narco, como para añadir violencia verbal, que por insignificante que sea, genera odio.

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