SAT. (Otra vez).- ¿Te das cuenta de cómo una palabra llama a otra y un pensamiento engendra a uno más?

Hace muchos años, en un viaje, me animé a decirle a la persona que me acompañaba, que no se sintiera obligado a llenar los silencios con palabras. Me tildó de grosero e irreverente, pero en ese entonces y más ahora, creo que no fui así, porque de pronto, un silencio es la mejor respuesta a palabras ensartadas una tras otra sin sentido, o con poca dosis de éste.

A veces no puedo resistir la tentación de usar la palabra para prescribirla cual receta médica como la que cito entrecomillada, a un engendro apócrifo de la CDMX que tuve la desgracia de conocer, aunque agraciadamente ya no más tratar: “La pendejez tuya no es gripe; ni creas que se te va a quitar con una pastilla, por más que corras a comprarla en Walgreens o en CVS.”

Solo que aquí quiero hacer una acotación: de pronto nos topamos con personas que suponen que nos regalan su silencio creyendo que son el mismito dios encarnado en ellos.

Un día le dije a alguien: “Está bien que seas callado, pero no abuses, pareces haber caído en estado catatónico”. “Irreverente”, de nuevo, fue su elegante respuesta.

Es que ese amigo es de los santones de la IP que administran la eucaristía en Fátima y por ende, muy correcto en su hablar y proceder.

Perdón por la digresión, pero quiero platicarles lo que me sucedió con el mismo caballero de la Orden del “Incarnate Word”:

Una vez que con mi Gaby fui a una misa de cuerpo presente -¿así se dice cuando el que preside la asamblea es un ataúd?- llegamos tarde, y lo encontramos sentado hasta atrás, … o sea, en las últimas hileras de las bancas del templo, siendo que él es de los que siempre coge asiento en la primera fila.

Entonces le pregunté, como quien no quiere la cosa: “¿qué se siente estar tan lejos de dios?”, a lo cual, como respuesta me endilgó otro “irreverente”, un poquito menos elegante que el anterior, porque creo que lo aderezó con un murmurante “sacrílego” y un estentóreo “blasfemo” o algo así.

Entonces, igual que en la lectura, la palabra se vuelve detestable cuando se profiere fuera de contexto, o cuando quien la usa solo quiere oírse a sí mismo.

Y dentro de ese ámbito, cómo me aburren los que por leer, nos endilgan arrogantemente la espuma de lo que saben. Ellos minusvaloran a los que a duras penas toman un libro en sus manos, pues bastante desgracia sufren ya por eso como para recibir afrenta semejante de los fantoches que transitan por la vida con “El Capital” de Karl Marx bajo el brazo o un ejemplar del periódico La Jornada.

¿Sabes por qué cuando dos que se ven por primera vez y chocan sus manos, a los pocos minutos se preguntan uno al otro, “cómo dijiste que te llamas”? Es que cuando saludamos, el único nombre que recordamos es el de uno mismo y el del otro ni lo escuchamos, solo el nuestro.

En su andar, en su forma de caminar, se me hace que la gente habla. No tiene qué mostrar su acento para yo saber o al menos apostar, de dónde es.

Me gusta adivinar de dónde viene y a dónde va la gente cuando la veo caminar. Me gusta asomarme a sus detalles para saber qué idioma hablan. ¿Qué de misterios envuelven sus pensamientos cuando absorta la gente mira… sin ver?

Por sus colores, de pronto me da por intuir su edad.

Y me entretengo, y me subo a la nube de los pensamientos de quienes se rozan conmigo en las escaleras o en el elevador de un edificio o en la calle misma.

Por su atuendo, me da por jugar a saber de qué país la gente es y a veces, hasta de qué provincia o estado.

En las terminales de trenes o autobuses y en los aeropuertos, me extasío viendo las pantallas con los nombres del sinfín de ciudades de donde vienen y a donde van tantas personas. Me los imagino departiendo en sus ciudades con un sinfín de desconocidos para mí aún más, a la “N” potencia.

No pierdo tiempo, para nada, cuando me paro frente a una puerta de llegadas para ver la forma en que los unos reciben a los que esperan. Los abrazos, los besos, los silencios palpitantes, las miradas que se cruzan, todo eso es un deleite para mis sentidos. Me vuelvo sin recato un hedonista de la observación.

Es fascinante ver las caras de tanta gente y saber que nunca más las volveré a ver.

De pronto, no deja de sorprenderme cuando, al cruzar unas cuantas palabras con alguien, al quejarse o dolerse de algo que le acaba de ocurrir, comienza como a encorvarse y a hablar ancianamente… siendo que tiene apenas unos 30 y tantos años o poquito menos, como 50, parodiando al inefable “neoyorquino” de Peña Nieto.

Ese es el poder que tienen las palabras; no las poseemos porque -al revés- ellas nos poseen a nosotros y hablando de eso, ¿qué tal las siguientes que se me ocurrieron mientras escribía todo esto?:

En un aeropuerto lleno de pasajeros de vuelos cancelados, nadie comparte la soledad. Cada quien vive la suya propia. O éstas otras: El ser humano es un ser herido, arrojado a la inhóspita intemperie.

No vive en el presente; recoge el pasado y lo proyecta al futuro.

Y ¿Qué me dicen de éstas más?: Si de pronto me voy, más que no querer estar, es porque tu caminar, te aleja de donde estoy.

Remato con éstas: Pues hoy por la lluvia que cae en éstos lejanos lares, me quedo en cama escalando sueños. Ganó la prudencia la partida, y seguro vas a estar en uno de ellos.

Anoche, cuando dejó de llover desenfrenadamente y los cielos se apaciguaron, vi delgada y muy liviana a la Luna, posándose de pronto sobre una nube extraviada, adelantándosele altiva a la noche. ¿Quién dijo que nomás de llena es bella?

Y éstas últimas que le volé a Ingmar Bergman, el dios nórdico al que con el fervor del “Séptimo Sello” tanto venero: "El beso es un maravilloso truco de la naturaleza para detener las palabras cuando se vuelven superfluas".

Salud salud, por la salud.

 

“¡Ey!, oye, qué bueno que hoy no escribiste de política; ¡ay! y ahí cuando quieras; ni permiso hay que necesariamente pidas”, me dice la irreverente y muy rimante de mi Gaby.

placido.garza@gmail.com

PLÁCIDO GARZA. Nominado a los Premios 2019 “Maria Moors Cabot” de la Universidad de Columbia de NY; “Sociedad Interamericana de Prensa” y “Nacional de Periodismo”. Forma parte de los Consejos de Administración de varias corporaciones. Exporta información a empresas y gobiernos de varios países. Escribe para prensa y TV. Maestro de distinguidos comunicadores en el ITESM, la U-ERRE y universidades extranjeras. Como montañista ha conquistado las cumbres más altas de América.