La explotación laboral no es un fenómeno nuevo en lo que respecta al tema del trabajo no remunerado, de hecho, ni siquiera es un fenómeno nuevo en lo que respecta al trabajo que sí otorga un salario a sus trabajadores, o sea, el trabajo remunerado. Desde el sistema económico feudal hasta nuestros días, dicha forma de abuso ha sido una realidad que nunca ha dejado de reproducirse en los grandes sistemas económicos, pero en este caso, me refiero de manera específica al sistema capitalista, ya que para su sobrevivencia y crecimiento ha tenido que renovar sus técnicas y métodos de producción constantemente para la obtención de ganancias en la lógica cambiante de la economía mundial. Pero quizá, la diferencia respecto a esos tiempos del capitalismo emergente con el sistema neoliberal global de la actualidad radica en que esta forma de explotación poco a poco ha vuelto a ser legitimada de manera irónica por esa misma clase trabajadora que tiene como única posesión para su subsistencia a su fuerza de trabajo. Así, se retoma el camino de la esclavitud, pero ahora con aires de renovación; una esclavitud moderna. Atrás quedaron los latigazos, las aprehensiones y las penas de muerte que el usurpador imponía a sus esclavos que no lograban las ganancias exigidas, ahora, en cambio, se trabajan jornadas de trabajo exhaustivas por salarios medianamente decentes o paupérrimos y el goce mínimo o inexistente de derechos laborales (si es que aún se tienen). Por lo tanto, este es el tema que me interesa analizar desde una perspectiva sociológica; el resurgimiento y la consecuente legitimación de la explotación laboral.
En el año de 2014, según datos emitidos por expertos que participaron en la conferencia “Estadística de las Américas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe”, el trabajo no remunerado en nuestro país representó aproximadamente el 15% del Producto Interno Bruto (PIB). Ya para el año de 2016, de acuerdo con estudios realizados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), esta cifra aumentó un 2 %. Vaya usted a saber cuánto de ese porcentaje es acaparado por las pequeñas, medianas y grandes empresas, pero ese es un asunto para los economistas, por lo tanto, me abstendré de opinar respecto a un tema que desconozco. Lo interesante aquí es que estas nuevas formas de explotación hacia el trabajador el día de hoy han traspasado las barreras de las clases sociales. Esto quiere decir que no distinguen de escolaridad, credenciales, méritos y experiencia, por lo que desde el obrero hasta el profesionista se encuentran inmersos en este fenómeno socio-económico.
Ejemplos claros de esta “nueva esclavitud” abundan por doquier; desde los franeleros, los despachadores de gasolina, los vendedores de productos en las carreteras, los repartidores de propaganda, los boleros, los lavadores de coches, los “cerillos” de las tiendas departamentales, los intendentes, los taxistas irregulares y los meseros, hasta los gerentes de servicios bancarios, los maestros de escuelas particulares o los cuentapropistas, son sólo algunos ejemplos de trabajadores mal remunerados o no remunerados. Dos de los ejemplos más indignantes mencionados anteriormente son el de los despachadores de gasolina y los meseros. En ambos casos, muchas veces no se les garantiza un contrato ni un sueldo fijo, y mucho menos derechos laborales. Es importante dejar claro que no estoy generalizando respecto a la nula remuneración hacia este tipo de trabajadores, ya que pueden existir casos en donde gozan de un salario (así sea misérrimo), al igual que de derechos laborales (por mínimos que sean), de esta manera, siempre hay que tener presentes las excepciones, sean pocas o muchas. Dicho lo anterior, hasta este punto le pregunto, estimado lector: ¿De verdad cree usted que empresas como PEMEX o VIPS no tienen el suficiente capital para proveer de salarios decentes a sus trabajadores? Porque no debe de olvidar que en el caso de Petróleos Mexicanos no existe sueldo alguno, y en el caso de la compañía que integra cafeterías, restaurantes y tiendas, el salario mensual promedio ronda los 1,400 pesos mensuales. Y es aquí en donde entra ese famoso y polémico incentivo que, desde mi interpretación, legitima cada vez más a esa nueva esclavitud: la propina.
Recuerdo que hace algunos meses tuve la oportunidad de cenar con un gran amigo mío que venía de visita a la Ciudad de México. Él se desempeña como chef en el maravilloso puerto de Cancún, que actualmente es su lugar de residencia. Al término de esa cena, me percaté de una situación muy curiosa pero a la vez preocupante desde mi perspectiva. Resulta que al momento de pedir la cuenta de los alimentos y las bebidas que habíamos consumido, noté que no contaba con mucho dinero para dejar propina al mesero que nos había atendido, pero pese a eso, decidí dejar un porcentaje de ese incentivo. Obviamente, tal porcentaje distaba bastante de ser proporcional con la cantidad saldada de nuestro consumo. Fue en ese momento que sentí una presión psicológica y social, tanto del mesero que nos había atendido como de la gente que acompañaba a mi amigo. Esa presión social no sólo se manifiesta en los cuestionamientos, las burlas y las críticas, sino hasta en las miradas, la actitud y el proceder de quien no está conforme con tu decisión. Ante este evento, inmediatamente formulé tres interrogantes en voz baja: ¿Por qué el mesero se molestó al no recibir una propina proporcional con la cantidad gastada por nuestro consumo? ¿La propina ya es obligatoria? ¿Desde cuándo los salarios que las empresas tendrían que pagar a sus trabajadores por su jornada de trabajo tienen que ser pagados por los propios clientes?
Al exponer mi percepción de la propina como sociólogo, no sostengo que el hecho de otorgarla sea una acción negativa, ya que si el cliente o consumidor ha recibido un excelente trato por parte del trabajador, no veo nada de malo en gratificar dicho intercambio. Lo que pretendo decir es que esta “gratificación”, sin importar su cantidad, de alguna manera está normalizando el crecimiento del trabajo mal remunerado o, en el peor de los casos, no remunerado. Este fenómeno en específico es uno de tantos en la actualidad que tienen qué ver con la explotación laboral, por lo que lo considero digno de análisis para trabajos posteriores ya que su aumento es gradual conforme crece el número de desempleados en nuestro país.
Para finalizar, en forma de conclusión diré que es la misma sociedad la que de manera implícita y explícita legitima esta forma de lucro laboral al momento de otorgar propina al trabajador que depende de un trabajo inestable, carente de garantías y hasta ilegal en ocasiones. Por lo que de manera inevitable, tal legitimación trae consigo una normalización de esa explotación que remunera a medias o no remunera al trabajador. Es así que una nueva forma de esclavitud está haciendo que los trabajadores sean aún más vulnerables al abuso y las empresas aún más beneficiadas (como con ese famoso “redondeo” que convierte los centavos apropiados de manera indebida en exorbitantes ganancias anuales) con los millonarios ahorros que implica el hecho de pagar salarios inadecuados o no pagarlos a aquellas personas de las cuales se enriquecen de manera garrafal.
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*El autor es licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana.
