Regresé a BCS, porque acá no mataban periodistas

BCS
Ya Baja California tenía un registro de reporteros, columnistas y periodistas muertos.Internet

Por eso, esta columna es una catarsis y, a la vez, un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder.

 

“Mataron al reportero Max Rodríguez”, dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración mientras mi mente reconstruyó aquel momento, hace más de dos años, cuando Max me habló preocupado para entender cómo fue que un corporativo de minería submarina pudo demandarme a mí,  un reportero que no llegaba a los 30, por 20 millones de dólares. Me dio su respaldo. Después, aún absorto, mi cabeza viajó más lejos, allá por 2008, tiempo en el que comencé a reportear la policíaca como corresponsal de Rosarito, en Baja California, y recordé con más fuerza porque me alejé de la fuente de los ejecutados.

Ya Baja California tenía un registro de reporteros, columnistas y periodistas muertos. El caso más sonado: Gato Félix del Semanario Zeta de Tijuana, en 1988. A mis 24 años rechacé esa euforia, esa adrenalina, que te hace correr como imbécil tomar un taxi en plena madrugada para sacar la mejor fotografía del “muertito”. Es adictivo. Mi entonces Jefe Editorial me aconsejó una vez evitar detalles, no profundizar por mi seguridad. Ya en La Paz experimenté esa violencia de la que hui de BC, e intenté retomar estos temas, pero solo por un tiempo. 

A tantos años, lo que trato de decir, es que la evolución de la violencia no parará. A partir de entonces me tocó observar desmoronarse el discurso del exgobernador perredista Narciso Agúndez Montaño (2005-2011) del PRD, aquel chistoso comentario de que “a BCS los narcos solo vienen a vacacionar”. Vi como Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que “criminales” se enfrentaban a balazos en La Paz, pero trataba de minimizarlo con posturas como “no le demos la imagen que no merece a BCS”. Y, bueno, Carlos Mendoza Davis, sigue suministrando su medicina junto a miles de militares para intentar frenar la carnicería que tiene nerviosos a hoteleros.

 Desde entonces, puedo decir que ya imaginaba aquel lejano día en el que derrumbara inerte el cuerpo del primer reportero. Las probabilidades aumentaron con la llegada de las redes sociales que obligó a medios de comunicación a mutar hacia las nuevas plataformas. La muerte de Max Rodríguez reavivó esa sensación de un enorme vacío en la panza que pensaba eliminado. Especulas que cualquiera puede tomar un arma e irte a buscar. 

Yo me regresé a BCS, porque acá no mataban periodistas. Tampoco creí que vería morir a ciudadanos inocentes o visitantes extranjeros o niños. Nadie más debe caer. El homicidio de Max es un acto de un simbolismo brutal para el gremio periodístico, sobre todo aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio que ocurre en la entidad. Esos números que tanto incomodan en cuanto más crecen, más alejan a la inversión y, a veces, se confunden con la politización de la violencia.

En BCS es difícil hacer buen periodismo. Por eso, esta columna es una catarsis y, a la vez, un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder (económico, político o del narcotráfico) mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano; en ocasiones el autocensurarte está presente, no por uno, sino por los que están contigo cuando estás en un rincón tan alejado de México. 

Solidaridad con el gremio de reporteros que a diario corretean la nota. A ellos que atestiguan el desmoronamiento de nuestra sociedad y ven a la bestia a los ojos, a ellos esta frase de Enrique Meneses:

“Los reporteros de guerra estamos un poco locos, pero tenemos la sensibilidad a flor de piel”.

 

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