Dos licencias, un Chayito

Rosario Robles nuevo abogado Javier Duarte.
Rosario Robles.Rosario Robles Facebook.

¿De dónde salió la licencia falsa?

No sé qué esperan los productores de miniseries para realizar la “biopic” de Rosario Robles, desde que era una universitaria revoltosa hasta sus días tras las rejas, pasando por sus épocas de poder y romance con el empresario argentino que hundió al “Peje”: Carlos Ahumada; su “estafa maestra” (desviando recursos de programas sociales para comprar caballos pura sangre), la venta de hectáreas frente al mar de San Quintín, Baja California; etc.

Incluso la producción de un “reality” en tiempo real tendría un alto “rating”, pues justo ahora se están desarrollando los mejores capítulos: sus intentos desesperados por evadir a la justicia, apostándole a un recurso ineficaz: conmover a las masas (pues después de Sarita, Chayito es la mujer más odiada de México, ya que robarle a los pobres le llega fuertísimo al melodramático corazón del sufrido pueblo mexicano).

Sus patéticos intentos por hacernos llorar mueven al enojo: dizque tuvo que despedir a sus abogados porque le congelaron sus cuentas (aunque cacharon a excolaboradores del senador priísta Miguel Ángel Osorio Chong con tres millones y pico de pesos, ligados con Julio Antonio Hernández Barros, abogado defensor de la cabecilla de la “Estafa Maestra”); dizque no pudo asistir a la boda de su hija, la ex dirigente priísta Mariana Moguel, por estar en prisión; dizque la ratita que está enfermita… Y el más ridículo: ¡que la fiscalía le falsificó su licencia de manejo!

El capítulo de la licencia espuria merecería un Emmy por genial, si se llevara a la pantalla chica: Una tarde, Chayito, muy canchera, acude al reclusorio a declarar y resulta que ya no la dejan salir, pues el juez Jesús Delgadillo Padierna, determina que la dirección de su licencia de manejo no coincide con su domicilio y ese detalle revela la posibilidad de darse a la fuga.

Pasan varios días y, casualmente, “alguien” desliza de manera anónima, la verdadera licencia de manejo, debajo de la puerta de su abogado.

El bufete Hernández Barros acusa entonces a la Fiscalía de haber utilizado una licencia falsa para encerrar a su cliente, y exige que liberen a Chayito, para que continúa su juicio fuera de las rejas.

El argumento es tan delirante que ni a David Lynch se le hubiera ocurrido: ¿De dónde salió la licencia falsa? ¿Acaso no la proporcionó la propia defensa de Chayito Robles, cuando le solicitaron los documentos para incorporarlos a su expediente? ¿O le cambiaron la licencia después de entregada?

A cualquiera que le digan: “Mira, te vamos a meter en una celda de Santa Marta porque tu licencia no concuerda con tu dirección”, protestaría: “¡No la arruinen! ¿Cómo que me van a privar de mi libertad por una tontería? ¡Quiero ver esa licencia!” Pero no, la señora ingresa cabizbaja a su crujía y días después reacciona, cuando su abogado descubre, gracias a la Divina Providencia, que alguien falsificó su tarjeta.

Ciro Gómez Leyva (el periodista que trabaja de abogado de Chayito y Ahumada en sus ratos libres), informa que la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México, reconoció que “alguien” falsificó la licencia de Rosario Robles Berlanga; posteriormente, la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, aclara: “Rosario Robles sacó dos licencias, con domicilios distintos”, y en el Registro Público de Transporte consta que ambas fueron tramitadas el 28 de Marzo del 2018.

¿Cuál usaba Chayito cuando manejaba, la verdadera o la falsa? La cuestión es que entre ambas, las firmas no coinciden, ni hay certeza de que Rosario Robles haya acudido personalmente a tramitarlas.

En mi opinión, pareciera que fue la presunta culpable quien primero entregó la licencia falsa, para después sacar la verdadera y usar el argumento de que no puede estar detenida en base a un documento apócrifo (pasando por alto que ella misma fue la que creó y difundió ambas licencias).

Si se filmara la serie “Dos licencias, un Chayito”, imagino la siguiente escena: Rosario Robles Berlanga mirando afligida un teléfono, pensando en hacer esa llamada que podría sacarla de ese infierno, pero sin atreverse a hacerla, por temor a que la grabe su enemigo y complete su venganza. Ñaca ñaca.

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