Columnas

el trayecto hacia el 20 de enero parece largo y tortuoso.

La buena nueva del inicio de la comercialización de la vacuna contra la covid-19 en el Reino Unido parece haber eclipsado de las primeras planas de los medios internacionales la incesante intentona de Donald Trump de subvertir los resultados de los comicios del pasado 3 de noviembre.

El presidente Trump, al día de hoy —créase o no— no ha reconocido el triunfo legítimo de Joe Biden, a pesar de haber sido derrotado por 74 votos en el Colegio Electoral y 7 millones en el voto popular. El presidente tuitea diariamente sobre el imaginario fraude electoral y sobre cómo el ganó —cree— las elecciones. De igual manera, ha interpuesto decenas de recursos legales sin la presentación de la más ínfima evidencia en su favor, lo que ha resultado en su rechazo por parte de las cortes estatales.

Para ello Trump se ha reunido de un grupo de abogados, encabezados por el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, quien ha liderado esfuerzos innecesarios con el propósito de invalidar los resultados en estados clave como Pennsylvania, Arizona, Michigan y Wisconsin. Los jueces han resuelto inequívocamente en favor del respeto de la voluntad popular en las entidades, a saber, en la elección de Joe Biden. El propio William Barr, Fiscal General y otrora adepto del trumpismo, anunció que el Departamento de Estado no había hallado ningún tipo de irregularidad en las elecciones.

Ante el fracaso en las cortes, Trump ha optado por el chantaje político a los líderes de los congresos locales, con la finalidad de coaccionarles para que nombren a electores afectos a Trump en la reunión del Colegio Electoral en los estados, y así, arrebatar el triunfo a Biden, y con ello, la aniquilación de la bicentenaria democracia estadounidense. Según ha trascendido, el presidente no ha sido exitoso en su apuesta por medio de esta vía subversiva.

Una vez que la democracia estadounidense haya concluido su curso, Joe Biden será presidente. En este tenor, el exabrupto de Trump conducirá a nada. Sin embargo, el hoy aún presidente parece haber cruzado el umbral de lo impensable, y no ceja en su empeño de atacar la legitimidad democrática de los comicios; una legitimidad cuyos valores han sido promovidos y exportados por los Estados Unidos en el mundo, y que han servido como argumentos morales del excepcionalismo estadounidense para la intervención en asuntos internos de otros países.

El daño que ha hecho Trump a los Estados Unidos es inconmensurable. De acuerdo a sondeos de opinión, siete de cada diez republicanos creen firmemente que la elección fue ilegítima, y que el triunfo de Biden derivó de una conspiración global orquestada por el Partido Demócrata en concierto con regímenes de la izquierda radical como Venezuela y Cuba. ¡Sí! ¡Más de 50 millones de estadounidenses creen en la intervención de Nicolás Maduro y de Raúl Castro en las elecciones! ¡Y aun de los difuntos Hugo y Fidel!

En suma, el trayecto hacia el 20 de enero parece largo y tortuoso. El periodo comprendido entre la victoria de Biden y su investidura no tiene fin; todo derivado del error magnánimo de los estadounidenses de haber encumbrado a un megalómano narcisista quien no cree en la democracia, y quien hará lo posible por descarrilar al legítimo vencedor de las elecciones del pasado 3 de noviembre.