Un clásico modelo democrático existe cuando la mayoría de la población se encuentra representada en las instituciones del Estado. Ello dependerá de elecciones libres y de una justa y proporcionada representación parlamentaria. Sin embargo, conviene aclarar, la anhelada democracia perfecta no conduce inequívocamente al bienestar ni al desarrollo. Las políticas públicas, el carácter de la clase gobernante y el talante de los legisladores jugarán un papel principal.

Analicemos sucintamente el caso de los Estados Unidos. De acuerdo a amplios sondeos de opinión, la mayoría de la población estadounidense se define de visión de corte liberal o de centro-izquierda. Es decir, en teoría, el Partido Demócrata debería gozar de mayorías en ambas Cámaras del Congreso y tener la presidencia del país. Recordemos que Hillary Clinton ganó el voto popular en las elecciones de 2016 por más de 3 millones de sufragios, que la Cámara de Representantes subrepresenta a ciudadanos de estados como California y Nueva York, y que el Senado carece —en términos de los votantes— de legitimidad popular, pues cada entidad tiene 2 senadores, trátese de Texas o de Wyoming.

Desafortunadamente para la corriente liberal en Estados Unidos, los republicanos poseen ahora la presidencia y el Senado. Aunado a ello, a reserva de seguir el desenvolvimiento de la ratificación de la jueza Any Coney Barrett en la Cámara Alta, el conservadurismo estadounidense podría sumar fuerzas con una nueva mayoría ideológica en la Suprema Corte. En suma, la democracia estadounidense sangra internamente.

Veamos ahora el caso de México. El presidente López Obrador ganó con el 53% de los votos en los comicios de 2018, Morena cuenta con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (251/500) y con mayoría relativa en el Senado (61/128). Sin embargo, en el caso de la Cámara Alta, con el apoyo legislativo de los partidos satélites que formaron parte de la coalición de López Obrador (PT-PES y los aliados verdes) el presidente reúne la mayoría absoluta.

Por otro lado, AMLO goza de una alta popularidad; inusual en tiempos de crisis económica, de aumento de la violencia y de descomposición del tejido social. Morena, por su parte, podría ganar en 2021, al menos, las gubernaturas de Zacatecas, Michoacán, Chihuahua, Baja California y San Luis Potosí. Lo anterior deriva, desde luego, de la popularidad de López Obrador y del magnetismo que aún genera entre la mayoría de la población mexicana.

En conclusión, en un ejercicio comparativo con el estado de la democracia moderna más consolidada del mundo, el pueblo de México, a pesar de los reveses, sí está representado en las instituciones del Estado mexicano… aún.