Chipre es un país pequeño. Su delegación en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 no impresionó a nadie. Obtuvo una sola medalla, y no de oro. En economía, su producto interno bruto es de los más bajos del mundo. No les va peor a los chipriotas porque su nación pertenece a la Unión Europea.
Si Cataluña se independizara de España, destacaría en el deporte internacional. Lo que sea de cada quien, hay muy buenos deportistas catalanes. Su selección no ganaría la Copa del Mundo de Futbol, pero le iría bien. En el basquetbol lucirían los catalanes, pero no les alcanzaría para ser los mejores. En el ciclismo tienen un excelente representante, Purito Rodríguez, pero no es el mejor (en la reciente Vuelta a España lo superó, por mucho, el madrileño Alberto Contador).
En el deporte, Cataluña superaría fácilmente a una nación como Chipre. En economía estos dos países (si Cataluña lo fuera) tendrían más o menos el mismo tamaño. Con la desventaja para los catalanes de que no gozarán, al menos no inmediatamente, de los beneficios de pertenecer a la Unión Europea.
En sus tiempos de auge, la economía española (incluyendo a la catalana) no fue de las mayores del mundo. Ni siquiera ha sido más grande que la de México.
En la crisis, España (Cataluña incluida) se ha empobrecido.
Si Cataluña se independizara de España, dice el diario ABC, se empobrecería en más de un 20 por ciento (eso además de lo que ya se ha empobrecido en los últimos años).
Dice ABC: “La independencia defendida con entusiasmo por el nacionalismo catalán desplomaría su renta per cápita… hasta situarla en niveles similares a los de Chipre”.
Mikel Buesa, un economista consultado por ABC, afirma, haciendo un cálculo “prudente”, que con la independencia Cataluña “perdería no menos del 25 por ciento del PIB. Y eso -advierte- teniendo en cuenta que los distintos factores que actuarían en contra de la economía catalana se manifestaran de forma discreta, suave”.
Coincide con Buesa otro economista, Ángel de la Fuente. Analizan la situación de la siguiente manera:
“Cataluña pasaría a ser un país independiente fuera de la UE y del euro; sus fronteras con España y con el resto de socios europeos afectarían a más del 80 por ciento de sus flujos comerciales -que en la actualidad dependen mayoritariamente del mercado español-; habría unos sobrecostes arancelarios que reducirían seriamente la competitividad de los productos y servicios catalanes; las empresas sufrirían un ‘efecto rechazo’ desde España -ocurrió con el cava catalán-; habría una fuga de capitales y de empresas hacia España para no verse perjudicadas por la nueva situación económica generada por la independencia... Y la lista de factores suma y sigue… La nueva moneda se vería depreciada respecto al euro, pero Cataluña seguiría teniendo que pagar en euros. Así que sus deudas y sus gastos financieros, en términos reales, se incrementarían. Y no poco.
Y además, en el contexto de tal empobrecimiento, habría que financiar el proyecto, costosísimo, de construir un estado.
Buesa dice: “La promesa del independentismo es la del empobrecimiento... Una Cataluña independiente se enfrentaría a una década de un empobrecimiento brutal. Y para volver a los niveles de prosperidad anteriores a la independencia, pasarían décadas más”.