Columna Incómoda Pablo Escobar, el patrón del mal (1)

“Es que hay tres formas de hacer las cosas:

como usted cree; como ellos creen y como yo digo”

“El que no esta conmigo.... Esta en contra de mi”

El Patrón

 

Frases como las anteriores describen a la personalidad del protagonista de la teleserie “Pablo Escobar, el patrón del mal”, que produce Caracol. Se trata de una versión libre –y muy dura— para la televisión de la biografía del capo más sanguinario que ha existido en la historia moderna de Colombia. Una historia que es obligada conocerla, porque más allá de su función de entretenimiento, la serie busca mostrar al mundo cómo la sociedad entera, con altos niveles de desigualdad, de corrupción institucional, de podredumbre de su clase política puede crear a monstruos humanos. 

Si bien la historia se desarrolla fundamentalmente en Medellín, no faltará quien compare dichos contextos con lo que ocurre o ha ocurrido en cualquier lugar de México, Perú, El Salvador, Guatemala, Bolivia, Panamá, Argentina o Brasil. Para los mexicanos, la serie encierra muchos mensajes de los que debemos aprender para analizar más a fondo nuestra triste realidad. 

La diferencia con México, es que en el caso Colombiano, fue un solo loco: Pablo Escobar Gaviria. En nuestro país, los cárteles de las drogas se han multiplicado y son muchos los que andan sueltos. 

“El que no conoce su historia, está condenado a repetirla” repiten en cada capítulo, que constituye una lección de cómo un hombre ambicioso, quien vivió en la miseria, conmovido con los pobres y simpatizante de la ideología de izquierda “marxista-leninista”, poseedor de un discurso convincente pasó de ser un ladrón de lápidas de los cementerios, al mayor traficante de cocaína a   los Estados Unidos. 

Es la historia del pobre que no quiso serlo más, que se valió de cualquier medio con tal de alcanzar sus fines: el poder económico y el poder político. 

Ante los ricos de su país imponía su ley de “plata o plomo”. Fue así como los fue doblegando, cooptando y asociando a su causa. Los ganaderos y empresarios locales se fueron dividiendo entre estar con él o contra él. Estar en su contra era entendido como una condena a muerte. 

Para él, el poder judicial colombiano era corrupto, al servicio de los poderosos, de la clase política corrupta, de quienes se valen sólo de una llamada telefónica para decidir un juicio. Por eso, Escobar los compraba, intimidaba o asesinaba. 

A la clase política la infiltró; la compró, la exhibió en su máximo esplendor. Ante los colombianos pobres su discurso era contra los miserables políticos y ricos que han negado todo a la pobres. De ahí que haya lanzado un plan social, “Medellín sin Tugurios”, que le daría en el mediano plazo los votos suficientes para ser congresista de su país. 

Frente a los suyos, para justificar su paso a la política reiteraba que él desde joven fue un estudiante comprometido y simpatizante de las causas de la izquierda, con el marxismo, con las guerrillas e incluso, por ahí también se desliza en dos ocasiones la promoción para la independencia de Antioquia, porque “la región tiene todas las riquezas para salir adelante”.  En respuesta, hubo quienes lo llamaban el “Robín Hood de Antioquia”, como la revista Semana, la más importante de Colombia. 

El discurso populista y nacionalista de Pablo Escobar lo hizo crear corrientes de opinión a su favor mediante el comunicado de los “extraditables” que rechazaban cualquier negociación con el gobierno de los Estados Unidos. Fueron narcodiputados quienes votaron en contra del acuerdo de extradición, fueron opinadores de prensa, radio y televisión que estaban con la causa nacionalista de Escobar. La defensa de la soberanía de Colombia ante la intromisión estadounidense aún hoy en día se mantiene constante, aunque no lo creamos. 

Los asesinatos de políticos de Alternativa Liberal, su ex partido, como el entonces ministro de Justicia y el candidato presidencial Luis Carlos Galán fueron justificados como pretextos de los aparatos de inteligencia de los Estados Unidos para justificar su intervención en los asuntos internos de Colombia.  

Cuando el capo fue asesinado luego de estar huyendo, hubo sentimientos encontrados en Medellín. Unos lo amaban; otros los odiaban, y sus ex aliados de su cártel, respiraban tranquilos con su muerte. La guerra contra las drogas, sin embargo, no se ha terminado ni con todo el apoyo que tuvo el Plan Colombia, aunque debe destacar que la narcoviolencia disminuyó. 

La serie es buena. Hay datos muy importantes hasta ahora desconocidos públicamente. Algunos nombres han cambiado. La conexión con México aún aparece muy tibia y casi inexistente. De hecho, el apodo de Gonzalo Rodríguez Gacha fue cambiado de “El Mexicano” por “El Mariachi”. 

En su contra habría que decir la ausencia de datos de los capos de los Estados Unidos que fueron quienes lograron que Escobar tuviera el control del tráfico de estupefacientes, su visa autorizada, los viajes constantes de él y su gente, entre otros favores que recibió. 

Caracol TV hace un trabajo profesional sobre el cártel de Medellín. Pero para los mexicanos, sin duda, sería muy bueno conocer todos los ángulos del otro cártel colombiano, y que tiene mucho que ver con el florecimiento de los actuales capos mexicanos: el de los hermanos Rodríguez Orejuela, de Calí. 

Esperemos que esa parte también la expongan, porque Escobar fue el más popular, pero el más sofisticado fue el cártel de Calí, donde operaban burguesía y políticos de primer nivel. 

MAÑANA… lo que dice la serie “Pablo Escobar, el patrón del mal” sobre las relaciones del cártel de Medellín con izquierda de su país,  con las guerrillas, los gobiernos de Venezuela (Carlos Andrés Pérez), de Panamá (Manuel Antonio Noriega), de los Sandinistas de Nicaragua y del régimen de Cuba.

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