La importancia del consejo político: Maquiavelo, Mazarino y Tayllerand

Nicolás Maquiavelo
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No es virtud ser nuevo en política. La novatez es una de esas cosas que se ejemplifica ante todo en la falta de orientación para hacer frente a los hechos diversos y repentinos, que nutren un acontecer en el que multitud de seres aspiran a un mismo objeto: obtener tal o cual magistratura; convencer a un panel de autoridades; expresarse ante la sociedad con un fin específico; defenderse de alguna calumnia, etc…, y procurar salir del hecho lo más airoso, o hasta triunfal, que se pueda.

La virtud política concentra su eficacia en dos caminos muy específicos que tienen que ver con la experiencia. La experiencia es el conocimiento adquirido a través de los sentidos que ha logrado imprimir una huella en el pensamiento y, en este caso, alertar sobre una serie de acontecimientos que impidan el error, pues un error cuando se encuentra al frente de los asuntos públicos, puede desencadenar graves consecuencias que no afectan solamente al autor, sino, y sobre todo, a una sociedad a la que representa. La experiencia se adquiere de dos maneras: A través de la particular “vivencia”, es decir, el hecho subjetivo que una persona ha experimentado, o bien, por medio de “otros”, estudiando las reflexiones de un ente protagonista, estudioso del fenómeno que teoriza sobre determinado hecho, y al cual podemos acceder gracias a prestar oídos a su lección, o bien, estudiando con ahínco el desarrollo argumentativo de una idea. Y que es el aspecto que yo pretendo tratar, sin menoscabo, todo lo contrario, de lo primero.

La literatura política orienta el alma humana, cultivando al espíritu con el único objeto de hacer del neófito, un ente capaz de analizar situaciones específicas para obtener un resultado lo más adecuado posible, generando un diálogo experiencial. Maquiavelo deja testimonio de su consulta a los grandes espíritus de la antigüedad, que le ofrecen sus consejos con una amistad deliciosa que congratula a su espíritu con todas la ganas de existir y de crear: “Cuando llega la noche, regreso a casa y entro en mi escritorio, y en el umbral me quito la ropa cotidiana, llena de fango y de mugre, me visto paños reales y curiales, y apropiadamente revestido entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres donde, recibido por ellos amorosamente, me nutro de ese alimento que solo es el mío, y que yo nací por la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta la muerte: todo me transfiero a ellos. Y como dice Dante que no hay ciencia sin el retener lo que se ha entendido, he anotado todo aquello de que por la conversación con ellos he hecho capital, y he compuesto un opúsculo De Principatibus…” (Carta de Nicolás Maquiavelo a Francisco Vettori, Florencia, 10 de diciembre de 1513).

El consejo de los hombres de estado nutre el alma, contribuye a fortalecer los músculos, cuyas fibras están compuestas por miles y miles de aconteceres importantes que nos son transmitidos. Penetrar en la heredad que los libros  transfieren a través de la eras, es acceder a patrimonios invaluables de sabiduría. Valorar la sabiduría y a los sabios con el respeto y humildad debidos, sólo puede traer por beneficio poseer un tesoro del que puede depender o no la sobrevivencia en la cosa pública. El cardenal Mazarino, ministro de Francia durante la regencia de Ana de Austria y la minoría de edad de Luis XIV, artífice del Tratado de los Pirineos que confirió a Francia la primacía europea, recomienda a propósito de “La Sabiduría”: “En casi todas las circunstancias, es preferible mantenerse en silencio, escuchar los consejos de los demás y mediarlos largamente. No sobreestimes la importancia de tus palabras o de tus actos, y no te ocupes de asuntos que no te son de alguna utilidad, ni ahora ni en el futuro. Tampoco te inmiscuyas en los asuntos ajenos” (Breviario para políticos, p. 80). El grave riesgo de guarecerse en la particular opinión, nutrida sólo de subjetividad, puede traducirse en ser insensible al consejo de otros, y presa de una completa cerrazón, mezclada con orgullo, degenera en una desmesura inaudita que taponea el intelecto, y lo transforma en un necio con poder que corre hacia su destrucción.

El Príncipe de Tayllerrand, ministro de exteriores de Napoleón, ofrece su opinión –muy desfavorable- ante la desmesura de su jefe, que cegado por el éxito, fue incapaz de poner límites a sus propias ambiciones: “Decía un día Napoleón, estando en Finkenstein, en un momento de alegría:

-Yo sé cuándo hace falta quitarse la piel de león para adoptar la de zorro.

Gustaba engañar, hubiera querido engañar por el solo gusto de hacerlo, y, a falta de política, su instinto hubiera hecho de ello una necesidad. Para la ejecución de los proyectos que sin cesar  revolvía en su mente necesitaba del artificio no menos que de la fuerza. En los asuntos de España fue donde comprendió mejor que la fuerza no podía bastarle” (Príncipe de Tayllerand, Memorias, p. 135).

Sin decisión, el hombre político degrada su posición pública ante la que constantemente debe rendir cuentas. Mostrar incapacidad resolutiva, marca y destruye un perfil que cualquier sociedad exigente debe someter a estándares y exámenes constantes y de dificultad importante. Ser reprobado, es la degradación pública, que no se puede permitir la agudeza del hombre político cuyo perfil aspire al único objetivo que el gran estadista debe dirigir: el bien público. Pero esa decisión no puede llevar detrás de sí la carga de la desmesura, de un orgullo vano que le impida comprender las capacidades, efectivamente, pero también las carencias sin las que una operación pueda llevarse a cabo. Tener el orgullo testarudo de Napoleón, traicionando acuerdos con aliados, como Tayllerand se lo reprochará siempre al desmesurado corso, le hará confiar sobre manera en su inigualable “experiencia”, subjetiva, claro, y lanzarse a una campaña que no esperó una reacción nacional en el reino hispano, y que alzó al pueblo en contra de algo que se había convertido flagrantemente en una invasión. El despertar del 2 de mayo fue el inicio del fin de un necio tiranuelo incapaz de sentarse a nutrir, con humildad, de los sabios, como recomienda con ternura el humanista Maquiavelo, y que Mazarino no deja de instar a los consejeros para elaborar todo un protocolo de consejo para tan poderosos señores a los que se sirve:

“Cuando quieras que alguien comprenda que está en un error, empieza hablándole de cosas sin importancia y pasa luego como por casualidad a los hechos que merecen censura. Haz una descripción caricaturesca, enumera lo que te parece mal, pero situando los hechos en unas circunstancias diferentes, de modo que la persona a la que quieras aconsejar no se sienta aludida directamente…” (Op. Cit., pp. 62-63 ss). Saber decir a los poderosos, es casi tan importante como el saber escuchar de estos con humildad y respeto, pues a fin de cuentas ellos serán los receptores de un  patrimonio milenario que se les está transfiriendo con el único objetivo de que realicen sus proyectos sin caer en los desastres de un Napoleón que no aprendió en España, tampoco en Rusia y luego lo volvería a hacer en los “Cien Días” hasta su derrota miserable en Waterloo. Estudiando los consejos que supremos estadistas y pensadores han dejado en su haber, obtenemos una combinación dual que no parece tan divorciada como podría pensarse: la sociedad entre el hombre de letras y el actor del estado, la gran fusión que alimenta la “experiencia política”, sentando referentes,  principios, tesis o hasta teorías que pueden cultivar el alma del neófito o del desmesurado, brindando ideas a otros agentes involucrados en la problemática constante que implica el cuidar de los asuntos públicos.

 

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