El domingo 28 de febrero del año en curso se llevó a cabo la entrega número 88 de los premios Óscar, otorgados por la llamada Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, a los mejores largometrajes dados a conocer el año pasado. Como era de esperarse, la ceremonia efectuada al interior del Teatro Dolby, en Hollywood, Los Ángeles, no estuvo exenta de sorpresas; por fin el cuatro veces perdedor del premio de la Academia, Leonardo Dicaprio, pudo hacerse de la tan preciada estatuilla, el director mexicano, Alejandro González Iñárritu, obtuvo su segunda victoria consecutiva como mejor director, y un polémico largometraje titulado –Spotlight- que evidencia el grave problema de la pederastia en la Iglesia Católica ganó en la categoría de Mejor película, entre otras. Todo esto, enormemente televisado y comentado en medios de comunicación internacionales y redes sociales.
Pero, con el revuelo causado por la premiación más prestigiada del cine, surge la pregunta: ¿Realmente los premios Óscar galardonan a lo mejor del séptimo arte, o en su mayoría sólo se trata de espectáculo y afán de dominio cultural?
Si nos preguntamos desde cuando los Estados Unidos lograron posicionarse como la nación más poderosa del mundo, indiscutiblemente tendremos que remontarnos al término de la segunda guerra mundial. Pero ese no es un tema que se trate en este breve análisis, el tema central es la verdadera intención con la cual se otorgan los premios Óscar a –lo mejor del séptimo arte en el mundo-.
Determinar la calidad de un largometraje es una tarea bastante compleja, ya que existen distintas variables a evaluar; guion, edición, fotografía, musicalización, etc. Y es aquí en donde me resulta realmente interesante saber de qué manera la Academia decide quiénes son los ganadores cada año en la industria del cine. Primero que nada, es importante aclarar que dicha Academia es un club privado, por lo tanto, los criterios de selección de sus miembros no son claros. En la actualidad, dicha organización honoraria, a la cual sólo se puede acceder por recomendación e invitación de la junta directiva, está compuesta por 6,500 miembros. Cada uno de estos miembros representa 15 áreas generales, que a la vez forman gremios, y cada gremio cuenta con un representante ante la junta directiva. Lógicamente, las votaciones para seleccionar a los ganadores de las distintas categorías se realizan bajo sus propias reglas y condiciones, para después anunciar qué largometrajes son dignos de su reconocimiento. Todo esto bajo un estricto carácter privado, lejos de las opiniones y críticas externas. Desde mi parecer, dicho procedimiento de selección es excluyente y hasta cierto punto etnocentrista. ¿Acaso los especialistas del séptimo arte únicamente se encuentran en la AMPAS? Sinceramente, no lo creo.
Con lo que acabo de decir anteriormente, cabe señalar que a lo largo del mundo se llevan a cabo premiaciones igual o más importantes que los premios Óscar, tales como: el Festival de Cine de Cannes (Francia), el Festival Internacional de Cine de Venecia (Italia), el Festival de Cine de Berlín (Alemania), el Festival de Cine de San Sebastián (España) y el Festival Internacional de Cine de Morelia (México), sólo por mencionar algunos. Dichos festivales no tienen ni la mitad de repercusión mediática que tienen los premios Óscar; no acaparan los encabezados de los principales periódicos nacionales e internacionales, no son promovidos y comentados de manera masiva en las distintas redes sociales, y no otorgan el mismo prestigio y estatus a la persona que recibe alguno de sus galardones, ¿Por qué? Por la hegemonía cultural estadounidense.
Hasta la fecha, Estados Unidos ha logrado mantener su supremacía cultural por encima de las demás naciones, exportando sus productos culturales y expandiendo su ya trillado ideal de vida americano. La exportación cultural estadounidense no es más que un –colonialismo moderno- en donde se promueven sus tradiciones y valores, que tienen como principal objetivo consolidar y mantener una globalización del pensamiento; un pensamiento único y dominante. Es por esto que toda aquella persona galardonada con un premio Óscar es tan admirada. Empero, de ninguna manera sostengo que dichos premios sean un fraude o algo por el estilo. La generalización sería pecar de etnocentrista, por lo tanto, caería en una contradicción y es algo que no pretendo en absoluto. Además, los parámetros de evaluación de un largometraje no pueden separarse de la interpretación subjetiva del experto, por muy estrictos que sean, de esta manera, aseverar que una película es buena, mala, regular o pésima, sería caer en un análisis reduccionista del arte, en este caso el cine, no tomando en cuenta las diferentes interpretaciones de los demás expertos. Hay que recordar que nadie posee la verdad universal, así que es necesario aprender a aceptar los puntos de vista contrarios al nuestro, dentro de la libre interpretación de toda obra artística.
Por último, recalco que mi análisis va dirigido hacia el dominio de nuestro país vecino, ya que nos sigue vendiendo muy bien a nosotros y al resto del mundo sus parámetros culturales, manteniendo de esta manera su hegemonía, en este y muchos aspectos de la vida, al crear, consolidar, reproducir y reinterpretar el imaginario social de sus naciones consumidoras. El premio Óscar es la materialización de la dominación en el campo cultural por parte de los Estados Unidos, es el recordatorio anual de que existe una nación que dicta lo que debe de ser ovacionado y repudiado, y es el más claro ejemplo de cómo una minoría puede imponer su voluntad por encima de las mayorías, en este caso, determinando gustos, valores, preferencias e idiosincrasias en el mundo del arte.
Gracias por su lectura.
@erosuamero
*Eros Ortega Ramos es licenciado en Sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana y actual aspirante al posgrado en Planeación y Políticas Metropolitanas de la misma institución.
