Este fin de semana por segunda ocasión se lleva a cabo en México “El Buen Fin”. El cual, según el gobierno, tiene como finalidad incentivar el mercado mediante ventas de productos o servicios con supuestos descuentos y/o facilidades de pago superiores a cualquier otro periodo. Surge como una reproducción idéntica del celebrado “Viernes Negro” en Estados Unidos.
Ante este intento de estimular a los consumidores no han faltado innumerables y variables críticas que van desde señalar una farsa por parte del sector empresarial con promociones inexistentes o comunes de un día cualquiera. Pasando por aquellos que no dejan de halagar la versión original de nuestros vecinos del norte y ridiculizar o minimizar esta versión campechana, algunos incluso presumiendo pomposamente que optarán por ir a cualquier lugar de comercio en el extranjero de nuestro vecino del norte antes que verse envueltos en una maraña de mentiras mercadotécnicas de nuestras tiranas y embusteras empresas y negocios nacionales. Sin pasar por alto el señalamiento a la clase empresarial por ofrecer ilusiones materiales a una clase trabajadora que no tiene una cultura económica o estrategia financiera para no verse envueltos en adeudos a más de 18 meses sin intereses que en algún momento posiblemente no tendrán como pagar y que probablemente se les acumulará con el Buen Fin anterior o se les juntará con el siguiente.
¿Entonces debemos abandonar esta mofa de la mercadotecnia e ir pensando en sacar pasaportes y Visas para ir a McAllen al Black Friday o cualquier lugar en U.S.A.? O mejor aún, ignorar cualquier intento de publicidad que tenga como finalidad venderme un producto con aparentes promociones, no vaya a volverme un esclavo del capitalismo y la mercadotecnia; alienarme en el consumismo desmedido por mi ignorancia con la que juegan los empresarios titiriteros mediante estúpidas y sensuales tarjetas de crédito que me invitan a gastar dinero que no tengo.
¿Realmente será tan malo participar en este espectáculo? ¿Deberé temer de comprarme una bufanda no sea que me vuelva un idiota enajenado superficial que solo se valora por lo que posé? ¿O de tener pánico de usar esos plásticos rectangulares que se acomodan tan bien en mi bolsillo no vaya ser que me vuelva un ridículo y adicto comprador compulsivo? ¿Entre más pulgadas tenga el televisor de plasma que quiero más hueco estaré por dentro? ¿Seré una victima más del cochino y corrupto sistema capitalista?
Considero que todas las preguntas se pueden responder con un sí pero también con un no. Realmente influye mucho la subjetividad del consumidor pues al final todos consumimos algo y mientras estemos vivos es inevitable, e incluso muertos llegaremos a consumir también. La línea que divide a un consumidor de un consumista es delgada y es responsabilidad de las empresas, del gobierno pero sobre todo de nosotros mismos asumir las consecuencias de nuestros actos y esto implica ajustarnos a nuestras posibilidades económicas. Así mismo demandar mejores ofertas, buscar la opción mas adecuada a nuestras finanzas. Exigir lo justo por nuestro dinero y denunciar irregularidades. Definir aquello que nos será útil de lo meramente ornamental. Dar prioridad a nuestras necesidades pero también ¿por qué no? darnos un capricho de vez en cuando, algún lujo para consentirnos pues reprimir por completo nuestras ansias de consumir lo consideraría tan riesgoso como comprar desmedidamente. Al igual que quien tenga la oportunidad de viajar al extranjero en busca de mejores ofertas explotar esa facilidad, pero para la mayoría de la clase trabajadora mexicana que no tiene esta posibilidad este tipo de iniciativas pueden apoyar al consumidor
Entonces ¿por qué hacerle “fuchi” al Buen Fin? Definitivamente debe haber mayor regulación y vigilancia por parte del gobierno sobre lo que se ofrece con estas iniciativas para que la balanza entre empresa y cliente sea más pareja y también dependerá de las empresas y su habilidad para ofrecer a los consumidores mejores productos de calidad, precio y promociones llamativas ante un mercado tan competitivo. Falta mucha cultura en materia de consumo en México así como leyes que regulen y protejan al consumidor pero son áreas de oportunidad para que en futuras ediciones se superen y se aproveche todo el potencial de algo que ya se prevé se efectúe permanentemente.