Columnas

La respetuosa crítica de pasados sexenios al presidente se acabó en la 4T. Obviamente, era un respeto comprado o vendido.

Ayer, en un discurso, la señora Beatriz Gutiérrrez Müller citó a Federico González Garza, colaborador del presidente Francisco I. Madero.

González Garza escribió sobre el papel de la prensa en la caída de Madero:

√ “No se podía esperar que estos periodistas se tornaran en valientes…sin embargo, ahora 1936, se puede afirmar que Madero no tuvo entonces enemigo más cruel, más despiadado, más infame, más perverso y vil, que el grupo de periodistas que antes habían sido admirables miserables o lacayos de la dictadura”.

√ Periodistas “débiles, cobardes, serviles con quien los humillaba, se tornaron altaneros e insolentes con quienes respetaban su vida y los dignificaban”.

¿Comparó la esposa del presidente López Obrador a la prensa de hoy con aquella —“infame, perversa, vil”— de los tiempos de Madero?

Cero que más bien Beatriz Gutiérrez puso a la prensa frente a un espejo.

Siempre se ha dicho que la prensa es el espejo en el que se refleja el poder tal como verdaderamente es, no como pretende presentarlo la propaganda.

Pero, ¿cuál es el espejo en el que la prensa ve su auténtico rostro?

Beatriz recurrió a la historia para que el periodismo mexicano actual se analice a sí mismo.

Molestaron las palabras de la señora Gutiérrez Müller a algunos medios y periodistas.

La columna Templo Mayor de Reforma de inmediato ha descalificado el discurso de la escritora.

También lo ha hecho, en El Universal, Héctor de Mauleón.

De hecho, De Mauleón concluye su artículo hablando del espejo: el discurso de Beatriz surgió del enojo del actual gobierno de México, “molesto con el reflejo de sí mismo que la prensa le devuelve”.

Puede ser que a la 4T no le guste ver su imagen en el espejo de la prensa, que cuando hace con eficacia su trabajo destaca las deficiencias de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Pero creo que Beatriz no hacía referencia a eso, sino al hecho de que, en el pasado reciente, la mayoría de los medios aplaudían o criticaban poquito y con educación al presidente de México y hoy son las más feroces críticos de quien ocupa la titularidad del poder ejecutivo.

Evidentemente no se debe a que AMLO cometa más errores que Peña Nieto, Calderón y Fox —de hecho, creo que se equivoca bastante menos que sus antecesores, pero esto es algo a debatir—.

En la relación prensa-gobierno lo único que ha cambiado tiene que ver con el dinero.

Antes las oficinas de comunicación compraban a los diarios, las radiodifusoras y las televisoras muchísima publicidad. Era miles de millones de pesos que llegaban a las cuentas bancarias de las empresas periodísticas y aun de los propios periodistas en lo individual —aunque también había, y no eran menores, entregas en efectivo—.

Además de ello, algunos de los más importantes periodistas y empresarios mediáticos recibían contratos de otro tipo de parte de la administración pública federal.

Todo eso se acabó.

No sé por qué Federico González Garza dijo que los periodistas de la época de Madero habían sido “admirables miserables o lacayos de la dictadura” de Porfirio Díaz. Seguramente recibían beneficios materiales de parte del dictador.

No creo que los medios y los periodistas actuales hayan sido lacayos de EPN, Calderón, Fox, etcétera. Simplemente —con excepciones, desde luego—, eran mucho muy respetuosos al cuestionar a los anteriores presidentes.

Pero era un respeto comprado o vendido. Respeto que se perdió en el sexenio de Andrés Manuel porque el dinero público dejó de llegar a los medios en las excesivas cantidades del pasado.

Es una crítica que aplica al caso, entre muchos otros, del diario en el que publica sus artículos el muy enojado con Beatriz señor De Mauleón, El Universal. No puede haber la menor duda.

No creo que Reforma haya cambiado por dinero su línea editorial contra el gobierno. De hecho, creo que quizá hasta recibe más publicidad en la 4T que antes. Si Reforma es más agresivo con AMLO que con Peña Nieto, Calderón y Fox se debe, nada más, a fanatismo ideológico, algo que me parece legítimo.