En Culiacán y en todo México ¡es un honor estar con Obrador!

Es un honor estar con Obrador
Que no nos engañen, el Estado mexicano es fallido desde Calderón. Ahora que empieza a ser viable lo combaten con guerra muy sucia

¿Que ya sabe el narco qué hacer cuando se persiga a uno de sus líderes? Por favor, ¡lo vienen haciendo las mafias exactamente igual desde 2010!

Primera bifurcación: 2 de julio de 2006

El domingo 2 de julio de 2006 México llegó a una bifurcación y, por lo tanto, se vio obligado a tomar uno de dos caminos: (i) el de consolidar la democracia apenas seis años atrás alcanzada, o (ii) el de volver al autoritarismo basado en el fraude electoral.

La mayoría de la gente optó por la soberanía popular y dio sus votos al candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Pero los que mandaban —y quieren seguir mandando para no dejar de enriquecerse generando el empobrecimiento de toda una sociedad— decidieron otra cosa: que no se respetara la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Así, a la mala, impusieron a Felipe Calderón en la presidencia de México.

Segunda bifurcación: 11 de diciembre de 2006

Calderón rápidamente llevó al país a otra bifurcación y por lo tanto tuvo que optar entre dos caminos: (i) gobernar con humildad y la mayor eficiencia posible para buscar con los años el perdón de una nación que abiertamente lo condenaba por haber recurrido al fraude, o (ii) obligar a todo el aparato del Estado mexicano a a dar un golpe efectista tan grande que le generara aplausos inmediatos.

El 11 de diciembre de 2006 Calderón escogió la segunda opción y declaró, a tontas y a locas, una absurda —y perdida desde el inicio— guerra contras las mafias del crimen organizado.

En un plazo realmente corto logró Felipe Calderón lo que buscaba, a pesar del irrisorio traje de militar que se puso —doblemente grotesco porque le quedaba demasiado grande. En efecto, apoyado por una costosa y eficaz campaña de publicidad el presidente tan usurpador como espurio logró dos objetivos: (a) que callaran las voces en los medios que le recordaban el fraude electoral, y (b) que los diarios, la radio y la TV marginaran al movimiento de resistencia de Andrés Manuel, lo que resultó particularmente duro de superar para quienes a diario protestábamos porque lo hacíamos en blogs de internet sin mucha fuerza y a través de las redes sociales que acababan de nacer y, por lo tanto, solo era usadas por una minoría de los mexicanos.

Tercera bifurcación: mediados de sexenio de Calderón cuando era evidente la derrota de las fuerzas armadas y la consolidación de las milicias del narco

Felipe Calderón se robó las elecciones, pero entre sus defectos no esta el de ser tonto. Es un tipo bastante inteligente y, por esa razón, rápidamente debió haberse dado cuenta —tenía a su servicio todos los instrumentos analíticos del gobierno— de que su guerra contra el narco no iba a ninguna parte y que, a la larga, la derrota que iban a sufrir las fuerzas armadas, que no podían ganar, a él en lo personal iba a conducirlo a un desprestigio mayor a aquel con el que empezó su gobierno.

Es decir, antes de que el Ejército y la Marina tuvieran que sufrir fracaso tras fracaso –incluidos abusos como el asesinato de parte de militares de estudiantes del Tecnológico de Monterrey—, Calderón pudo haber abandonado el campo de batalla para replantear su estrategia. La frecuente captura de supuestos grandes jefes del narco que al principio mejoraba su imagen, dejó de tener efectos positivos porque cada día era más claro que la mafia cuenta con una infinita capacidad de cambiar a sus líderes sin debilitarse e inclusive fortaleciéndose.

El hecho es que el gobierno no modificó nada, lo que tuvo el efecto absolutamente negativo para la sociedad de haber obligado a los cárteles a invertir en reclutar y armar verdaderos ejércitos para poder estar en condiciones de enfrentar el poder de fuego del Estado. Felipe Calderón insistió hasta el final en su política de guerra y sangre que solo benefició a las mafias. La gente común y corriente lo entendió y en las elecciones presidenciales de 2006 envió a la tercera posición al partido en el gobierno.

Cuarta bifurcación: el 22 de febrero de 2014 Peña Nieto decidió imitar a Calderón

Quizá porque ocupó la mayor parte de su tiempo en diseñar y llevar a la práctica las famosas reformas estructurales, o tal vez porque ya era elevadísimo el costo de cambiar la política de seguridad heredada, Enrique Peña Nieto permitió que todo siguiera igual en lo relacionado con el combate a las mafias del narco.

En algún momento, el 22 de febrero de 2014, Peña Nieto le encontró gusto a actuar como Felipe Calderón: el arresto de El Chapo Guzmán se convirtió en un magno espectáculo mediático. Sin duda creció la imagen de EPN, pero el gozo se convirtió en frustración cuando poco más de un año después el capo se fugó. Se le volvió a atrapar y de nuevo hubo show, pero nada de eso mejoraba las cosas. Esta semana supimos que la cadena perpetua a la que fue condenado El Chapo en Estados Unidos no ha significado un debilitamiento del Cártel de Sinaloa, que sigue tan fuerte como en los tiempos de Calderón.

Quinta bifurcación: 1 de diciembre de 2018

La tercera fue la vencida para Andrés Manuel López Obrador. Ganó las elecciones del año pasado y, desde que tomó el control del poder político en México —formalmente el 1 de diciembre de 2018—, se comprometió a cambiar la estrategia para combatir a las mafias. Decidió ya no enfrentar el fuego con más fuego. La promesa fue hacer exactamente lo contrario a lo que se había intentado desde que Calderón declaró la absurda guerra contra el narco, es decir, en vez de insistir en las acciones bélicas que no levan a nada, atacar las causas del problema: la pobreza y la falta de oportunidades.

Siempre es difícil dar la vuelta en U, mucho más complicado iba a ser retroceder todo lo andado durante demasiados años de errores. Los peligros mayores del cambio de estrategia están en un hecho lamentable: la guerra de Calderón lo único que consiguió fue que las principales mafias hayan armado —inclusive con pertrechos de combate sofisticados— verdaderos ejércitos privados. Los hay al menos en Sinaloa, Jalisco, Michoacán y Tamaulipas. El Estado puede derrotarlos, claro que sí. Pero, ¿a qué costo en términos de vidas de combatientes de ambos bandos y, sobre todo, de personas inocentes

Primer examen para la nueva estrategia: Culiacán, 17 de octubre de 2019

¿Nunca antes el narco había tomado control de una ciudad mexicana? Eso dice ahora la propaganda anti AMLO. Es falso, no nos engañemos. Eso es algo que ha ocurrido muchas veces en México. Pero como el aparato mediático no estaba dispuesto a decir la verdad, se les llamaba “narcobloqueos” para no dañar de más la imagen de Felipe Calderón. Estas cosas han ocurrido inclusive en metrópolis bastante más grandes que la capital de Sinaloa. Muchas veces, lo sufrí en lo personal, en Monterrey durante el sexenio calderonista.

√ El 15 de octubre de 2010 el Siglo de Torreón informaba: “Mientras el gobernador Rodrigo Medina de la Cruz llevaba a cabo la lectura de su primer informe en el Palacio de Gobierno estatal, afuera se registraban 15 ‘narcobloqueos’ que estrangularon las vialidades de la capital de la entidad. Efectivos de la Marina se enfrentaron con hombres armados del narcotráfico, dejando como saldo cinco pistoleros muertos, un marino muerto y tres heridos. En algunos puntos, además de bloqueos, se reportaron balaceras; una de ellas, en la salida de Santa Catarina. Los cuerpos de auxilio también informaron sobre dos lesionados por arma de fuego en el cruce de las avenidas Universidad y Ruiz Cortines, cerca de las instalaciones de la séptima zona militar y del Hospital Militar en Monterrey”.

√ Junio de 2010: toda la prensa daba cuenta de “42 narcobloqueos” en la capital de Nuevo León.

√ El de marzo 2010 El Mundo, de España, publicaba esta noticia: “La estrategia es tan sencilla como efectiva. Se elige cualquier de las carreteras de acceso a Monterrey, se escoge un camión, a punta de pistola se hace bajar al conductor y el vehículo es atravesado en medio del asfalto. De esta forma se organiza un caos vial tan grande que atrae la atención de toda la policía, moviliza a los helicópteros y desquicia a los miles de conductores, paralizados en kilométricos atascos. Así durante dos días seguidos. Así más de 30 veces!”.

√ El 15 de noviembre Proceso daba la siguiente información: “Balacera y narcobloqueos dejan dos muertos en Nuevo León”.

√ El 14 de octubre de 2010 otra nota de Proceso hablaba de “un civil muerto y dos marinos lesionados” durante narcobloqueos en Monterrey.

√ En un artículo de 2017, en Nexos, Víctor Manuel Sánchez Valdés analizaba “los bloqueos a vialidades en Tláhuac por parte de miembros del crimen organizado, –los primeros de este tipo en la Ciudad de México”. El autor decía que el “primer narcobloqueo que se presentó en el país fue el 8 de marzo de 2010 en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, y desde esa fecha hasta el jueves 20 de julio (de 2017), se han realizado 526 bloqueos a vialidades presuntamente por parte del crimen organizado”.

Violencia política

Lo que pasó en Culiacán esta semana fue un narcobloqueo tan grande como los que en su momento aterrorizaron a Nuevo León. Tuvo más difusión porque, desde el pasado lunes —cuando Alfonso Durazo, secretario de Seguridad, dio a conocer que empezaban a bajar los homicidios—, diferentes regiones del país han sufrido violencia extrema. En Aguililla, Michoacán, más de 10 policías acribillados. En Iguala, 15 muertos, entre ellos un militar, y el jueves el caos de Culiacán en el que, por cierto, murieron menos personas que en los otros dos episodios de grave inseguridad.

¿Falló un operativo de la Guardia Nacional y el Ejército mexicano? Los responsables del gabinete de seguridad tendrán que analizar lo que pasó y encontrar —y dado el caso, castigar— a quienes por incompetencia o inclusive por traición hicieron mal su trabajo.

Pero el hecho a destacar no es que las fuerzas del orden mexicanas hayan sido incapaces de enfrentarse con sicarios que les superaban notablemente en número y en armamento, sino el cambio de estrategia. Como el operativo falló, se ordenó la retirada. Quizá lo más conveniente para el prestigio de la fuerzas armadas habría sido resistir hasta que llegaran refuerzos y, ya en igualdad de condiciones, derrotar a los delincuentes.

Pudo haber ocurrido así, pero ¿a qué costo? Habrían muerto muchos soldados y elementos de la Guardia Nacional y seguramente, también, no pocos sicarios y gente del pueblo ajena al enfrentamiento. En vez de pelear, se tomó la decisión, correcta, de proteger vidas. Bien hecho.

¿Que ya sabe el narco qué hacer cuando se persiga a uno de sus líderes? Por favor, ¡lo vienen haciendo las mafias exactamente igual desde 2010! Y lo seguirán practicando cada vez que quieran porque tienen pistoleros y amas de sobra para ello. Lo que se debe intentar ahora, en lugar de seguir con la política de enfrentamientos, es con programas sociales convencer a los jóvenes que el narco recluta de que es mejor el camino de la paz, mientas se encuentra la manera de realmente disminuir el poder económico de las mafias. Porque sin dinero no hay armas ni posibilidad de mantener un ejercito de asesinos. 

¡Es un honor estar con Obrador!

Es conocida mi participación entre 2005 y 2011 en el movimiento de Andrés Manuel López Obrador.

No soy dado a repetir, menos en voz alta, consignas de lucha o de motivación para resistir cuando se está en la dura oposición. Muchas veces escuché, en mítines y marchas de todo tipo —todas pacíficas, por cierto— el grito de resistencia y de apoyo al dirigente: “¡Es un honor estar con Obrador! ¡Es un honor estar con Obrador!”. Seguramente nunca participé en los coros. No me gusta hacerlo. Alguna vez en un acto público quise cantar el Himno Nacional y creo que lo hice muy mal. No es lo mío entonar en voz alta ni consignas ni himnos. Pero, en silencio —o por escrito— siempre hice mío el “¡Es un honor estar con Obrador!”.

He apoyado a Andrés Manuel por honesto, por haber luchado toda su vida y porque siempre he pensado que iba a hacer un gran trabajo en la Presidencia. Ya es presidente y lo está haciendo tan bien en Palacio Nacional, sobre todo en el castigo a los grandes corruptos de otros tiempos, que sus rivales, derrotados en la lucha y en el debate pacíficos, han optado por la más sucia estrategia: pactar con el crimen organizado para generar la percepción de que México es un Estado fallido.

El nuestro ha sido, desde Calderón, un Estado fallido. Empieza ahora a ser viable porque al fin se combate el principal de los males de la nación, la corrupción. Pero los afectados no están dispuestos a dejarse. Ahí veo la explicación a tanta violencia, ¡y tan mediática!, en una sola semana. Violencia tal vez agravada por fallas de las fuerzas armadas, pero esto no elimina el diagnóstico: es violencia política provocada para que se deje en paz a los verdaderos capos de la mafia del poder, que no son los hijos de El Chapo —estos apenas llegan a simples instrumentos—, sino tantos políticos, líderes sindicales, abogados y empresarios enriquecidos a la mala en años anteriores, lo que hicieron profundizando las desigualdades económicas y sociales en un país que ya debe cambiar.

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