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En Contexto. ¿Qué pitos toca Adam Smith en el discurso de López Obrador?

Informe de Gobierno de AMLO.Galo Cañas /Cuartoscuro

No había duda. El presidente no conoce la obra de Adam Smith. Alguien le platicó solamente una parte...

No hay duda de que el oficio no se pierde. Por eso escuché con atención el discurso del presidente López Obrador, porque creí que daría datos puntuales sobre el estado que guarda la nación a dos años de su gobierno.

El discurso arrancó con la atractiva declaración de la campaña sobre el combate a la corrupción y eso generó entusiasmo porque imaginé datos concretos sobre lo que se ha hecho hasta ahora. Entonces vino la frase de la austeridad republicana, que se respaldó con el anuncio de un ahorro de 560 mil millones de pesos en lo que va del sexenio y el remate: “No es para presumir, pero en el peor momento contamos con el mejor gobierno.”

Me entusiasmé y lancé un sonoro ¡shhhh! para que nadie hiciera ruido cuando escuché: “Estamos enfrentando dos crisis al mismo tiempo: la sanitaria y la económica, y vamos saliendo adelante”.

Pero también me inquieté por la fluidez en la lectura y porque no oía nada diferente a la propaganda trivial en que se han convertido las mañaneras, pero con más optimismo, y me llamó la atención que en el discurso se adoptaran conceptos económicos propios de la “tecnocracia” o de los neoliberales, como afirmar que “estamos enfrentando la crisis económica provocada por la pandemia con una fórmula distinta, peculiar, heterodoxa, diría única en el mundo.”

¡Y Zas…!

El ambiente se sacudió cuando el mismísimo presidente dijo recordar (sic) “lo que sostenía Adam Smith, que bien podría constituir uno de los fundamentos de la economía moral que estamos aplicando”, y lanzó con una cita del padre del capitalismo uno de sus dardos envenenado para justificar por qué no se emprendió “un rescate económico elitista” para atenuar los efectos de la pandemia, para describir los apoyos asistencialistas, y se desplegó el rollo de que vamos bien gracias a la labor del gobierno, del sector público.

No había duda. El presidente no conoce la obra de Adam Smith. Alguien le platicó solamente una parte: lo más bonito de la Teoría de los Sentimientos Morales, pero no le dijeron que la obra de este filósofo del siglo XVIII se complementa con La Riqueza de las naciones. Es muy probable que le hayan comentado que los dos libros fueron prohibidos por la Iglesia católica e incluidos en su “Index librorum prohibitorum et expurgatorum”, lo que quizá le llamó la atención, pero nunca le aclararon que por más actuales que puedan resultar esas ideas, están muy lejos de la ciudadanía mexicana.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, Adam Smith reconoce la importancia de la condición humana, de sus sentimientos y de la necesidad de encontrar empatías entre los desiguales; en la segunda, elabora una teoría político-económica impregnada de valores éticos basados en las virtudes del primer libro, cosas que no vemos en nuestra realidad.

La teoría de Smith generalmente se relaciona con el cambio de paradigma que nos conduce a la modernidad y que está relacionada con un modelo económico mecanicista con pretensiones científicas, a raíz de las cuales se ha obrado la radical separación entre lo económico y lo ético.

Arrobado por la gran imaginación que le platicaron tenía Smith, quizá López Obrador consideró prudente tratar de mostrar que el discurso de la 4T es “moralmente” empático con los que menos tienen, tal como se expone en la Teoría de los Sentimientos Morales, que muestra la preocupación por el bienestar de la sociedad en un clima pleno (y el término es muy importante) de libertades, competitividad, valores éticos, justicia y seguridad que no nos son cercanos, todavía.

Pero tampoco le indicaron que hay que contemplar la realidad del país y del modelo de la 4T, que se enfrenta a la complejidad de la economía y que requiere del entendimiento de lo que se plantea en La Riqueza de las Naciones.

Ni le explicaron que era proclive a los empresarios, pero también un duro crítico de los malos gobiernos y la inequidad de la riqueza nacional: “Las grandes naciones nunca se empobrecen por el despilfarro y la mala gestión del sector privado, aunque a veces sí por el derroche y la mala gestión del sector público. Todo o casi todo el ingreso público en la mayoría de los países se dedica a mantener trabajadores improductivos”.

Advierte que el derroche del gobierno es tan nocivo como la siniestra corrupción política-económica para la riqueza de las naciones.

Sin entrar a los detalles del discurso político que acompaña al Segundo Informe de Gobierno, la tarea de gobernar transita ―para seguir con Adam Smith― por un proceso de evaluación ética que, para el caso de la ciudadanía es moral, pero en ambos casos la sanción es jurídica, pública y definitiva.

En consecuencia, la obligación de quien tiene en sus riendas la conducción de un país que se pretende llevar a un Estado moderno, es trabajar honestamente con las diferencias de la naturaleza humana para garantizar las libertades, incluida la económica y avanzar en la democracia.

A ver, ¿qué pitos toca Adam Smith en un discurso del presidente, cuando no lo conoce y fue más lo que no dijo que lo que dijo?

Por cierto, la mayoría de los anuncios no se han podido corroborar en la información oficial, mucho menos con la realidad.