Columnas

Andrés Manuel, un disco rayado

En la mañaneraCortesía

"Locura: hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes".
Frase atribuida a Einstein, Twain y Franklin
Técnica del disco rayado para aprender a decir NO (sin sentirte culpable):
Repetir la misa frase. Una y otra vez. Una frase corta pero contundente que exprese claramente que te estás negando. No tienes que dar justificaciones, tan solo dejar claro que no
El discurso debe ser siempre el mismo, no lo varíes aunque tu interlocutor cambie sus razones.
Llegará el momento en que la otra persona, al ver que no atiendes a razones, se dará por vencida.
Laura Sánchez

López Obrador no cambia, ni abona novedad a sus ya trillados estilo y discursos. No importa si es ante la ONU, en la Casa Blanca, de gira por el país o en cualquier mañanera. El presidente de la república se ha vuelto tedioso. ¿O será que solo yo lo veo así?

Se repite, se repite y se repite, y eso lo ha hecho no solo monótono sino también predecible. La noticia en política poco a poco ha dejado de ser lo que dijo y a quién se lo dijo; si acaso alguna curiosidad resta de adivinar el momento en que dirá lo rutinario, lo que se esperaba.

Así, lo dicho por el ejecutivo federal ante los señalamientos de Jaime Cárdenas y su posterior arremetida no son nuevos. La actitud y la respuesta fue la misma cuando renunció Carlos Urzúa a Hacienda, Germán Martínez al IMSS, Asa Cristina Laurell a la subsecretaría de integración de la SSA o Víctor Toledo a la SEMARNAT.

En algunos ocasiones, estos dejaron a su salida una epístola especificando sus razones y la problemática de sus instancias o, como en el caso de Toledo, las grabaciones de sus cuitas y rencillas con la 4T. Pero, para todos ellos, YSQ pronunció prácticamente las mismas palabras; no les dio la razón, tampoco agradeció que señalaran los puntos flacos de la política pública y ninguneó sus personas y trayectorias.

Pero la culpa no la tiene el mandatario, no. La tenemos nosotros los críticos por ser igualmente predecibles y suponer en cada ocasión que la reacción sería distinta.

Ahora bien, esa reiteración no solo se da por lo que ha designaciones y renuncias se refiere. Ocurre en cada aspecto y temática de la gestión gubernamental (salud, agua, violencia, sindicalismo, etc.). Y tiene tres vertientes: la primera es que en realidad no es importante lo que el habitante de Palacio Nacional dice. Esto es, el que sus bagatelas dominen la agenda no las hace relevantes. ¿Cuántas veces no han visto o escuchado ustedes una escena de algún programa u obra y cuando esta termina nos damos cuenta que lo relatado fue intrascendente? Pero, eso sí, estamos ávidos de un siguiente capítulo...

La segunda vertiente es que, igual que un disco rayado, se puede tocar la melodía un sinfín de veces, que no habrá consecuencias. Contabilizamos ya una cantidad significativa de veces que el presidente trata así a su “equipo” y nada pasa. O las ocasiones donde miente abiertamente —por ejemplo al hablar de “cero corrupción” o la tarabilla del avión presidencial, con todas las pérdidas por su rifa/no rifa— y sin embargo ello no le significa un costo ni económico, ni político, ni social, ni de atención: pedimos un nuevo “episodio”...

La tercera vertiente es que ese disco rayado solo ahonda la división y el encono social. Montado en la argumentación de una “justa defensa”, siempre encuentra la manera de iniciar el ataque.

Entendamos entonces: Cárdenas no se cansó de la chamba, no se “aflojó”; tampoco se frustró ante la incomprensión del mandatario y del poco apoyo que recibió de su gabinete. El ex funcionario —como todos los que han abandonado el lopezobradorismose cansó del presidente y de su discurso; de ese disco rayado en el que el ejecutivo se ha convertido.

Mientras tanto, el resto, todos nosotros, críticos y partidarios del régimen, secreta o manifiestamente continuamos esperando algo distinto de parte del líder de esta nación, y eso a pesar de que se ha cansado de demostrar que no cambiará.

El titular del ejecutivo llena el buche a la gallina (¿o ganso?) y lo hará hasta que alguien reviente de la repetición continua. Y todos —o casi todos— lo permitimos; de hecho, contribuimos a tal locura.