Ante el fracaso de la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y las brutales repercusiones energéticas que apenas comenzarán a sentirse en algunas partes del mundo como Australia y Nueva Zelanda con la escasez de combustibles, la solución del líder del régimen estadounidense es buscarse peleas con el resto del mundo.
Mientras que Irán -en todo su derecho- no transige con las demandas irracionales de la comitiva estadounidense-israelí que intentó negociar la “paz” en Pakistán el pasado fin de semana, Trump encuentra tiempo para ir a peleas de artes marciales mixtas y de insultar al líder espiritual de cientos de millones de católicos y a miles de millones de creyentes al compararse con Jesús Cristo.
Al tiempo que Pedro Sánchez visita China en un acto de autoconservación, Trump también encuentra tiempo para amenazar con cortar lazos comerciales con el país ibérico, quienes difícilmente perderán el sueño de perder los productos caros y malos que produce Estados Unidos, cuando África, Europa y principalmente China podrán llenar ese hueco sin mayores problemas.
Y así, el “rey loco” ordena a sus lacayos (Vance, el vicepresidente converso al catolicismo que quiere darle clases de teología a León XIV, Rubio, quien supuestamente es católico y debería indignarse por las comparaciones de Trump con Cristo y el alcohólico Hegseth) incendiar el mundo. Y así, de forma cada vez más acelerada, se desmorona el poco capital político que aún le queda a los Estados Unidos en el mundo y solo le resta la fuerza bruta, una fuerza que, como Irán demostró en la guerra que ellos no iniciaron, pero que si ganaron, no es invencible.
