El 30 de marzo 2020 se dio la declaratoria oficial de Emergencia Sanitaria por Covid-19. Después de varios meses de información proveniente de otros países, aún en un halo de incertidumbre y opiniones contrapuestas, la pandemia era una realidad para enfrentar en México.

Lo cierto es que, en esas primeras semanas, nunca pensé que la pandemia de Covid-19 fuera a tener las consecuencias tan graves y prolongadas que ha tenido.

En ese momento cumplía mis primeros 5 meses en la jefatura de Servicio en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y tenía menos de 1 mes que había confirmado que sería papá.

De un momento a otro todo aconteció de manera rápida, en lo personal y en lo profesional, muchas indicaciones nuevas, información que procesar, instruir y supervisar. Surgieron tensiones entre y con mis colaboradores, pero había que mantener la calma, dar seguridad al equipo, más allá de mis dudas y temores.

Por las noches, al llegar a casa, la felicidad de estar con mi familia, pero también el temor de estar contagiado y llevar la enfermedad a mi esposa y a mi hija.

Las mañanas de esos días estuvieron marcadas por la angustia de ver a mi esposa embarazada partir a trabajar en un hospital que atendió pacientes con Covid-19, sin embargo, ella nunca flaqueó, su compromiso inquebrantable fue, en todo momento, atender a sus pacientes.

Al final de cada jornada nos encontrábamos y platicábamos nuestras experiencias buenas y malas, y nos preparábamos para el día siguiente. Como muchas otras familias, tomamos la dolorosa decisión de aislarnos de nuestros padres y no llevar el riesgo de contagio.

La pandemia avanzaba con sus duras consecuencias. Nunca olvidaré el dolor humano del que fui testigo: gente llorando por sus familiares, la angustia de los días, la esperanza lastimada. Pero también vi personal de salud fatigado, pero siempre firme y dispuestos a ayudar. Y después vinieron los golpes más cercanos, compañeros y amigos de trabajo que enfermaron, algunos fallecieron y otros lograron salir adelante con secuelas.

Mi jefa, la coordinadora clínica de la Unidad, con quien entable una amistad sincera, enfermó y aún me entristece recordar que me habló por teléfono cuando la llevaban al hospital y me dijo: “cuídate, yo no creo que vaya a salir de esto”. Son personas que dieron la vida por los demás y que nunca debemos olvidar.

Mi esposa y yo enfermamos de Covid, con todo el miedo de que algo pudiera pasarle a ella o a mi hija. Afortunadamente, no tuvimos un cuadro grave, pero fue una experiencia muy desagradable y estresante, como la que vivieron millones de personas.

En el pico de la pandemia, la vida cotidiana cambió para todos, vivimos momentos complejos, pero también de profunda solidaridad y valor del personal del IMSS.

A pesar del cansancio, el estrés y encontrarnos aún con un semáforo epidemiológico no favorable para continuar con las atenciones No Covid, la Unidad nunca dejó de dar servicio a los pacientes de Hemodiálisis, tampoco dejó de programar quimioterapias y, en cuanto tuvimos el recurso de pruebas rápidas, reiniciamos la programación y atención de pacientes que buscaban atender problemas de salud cuya atención venían postergando. Nuestro servicio fue permanente a pesar de la incertidumbre.

Para noviembre de 2020 continuaban los casos, pero teníamos más consciencia de qué hacer, cómo hacerlo y cómo cuidarnos mejor; sin embargo, el temor, el cansancio y el estrés seguían presentes. En este contexto, vinieron nuevas decisiones importantes. Era hora de retomar, tiempo de recuperar algunos servicios que nos vimos obligados a dejar de brindar.

En diciembre de 2020 llegó la tan ansiada vacuna, lo que encendió una luz.

En casa, llegó el momento. Por fin, después de 9 angustiosos meses, nació mi hermosa niña; sana, sin ninguna consecuencia por haber padecido Covid en el útero de su mamá.

Esa niña Covid, como miles más, representan la milagrosa esperanza, es el motor que impulsa nuestros pasos y guía las decisiones, es la renovación de la vitalidad de la familia entera y, lo más importante, son el motivo por el cual debemos seguir tomando las precauciones suficientes para mantenernos sanos, para que la enfermedad no se propague.

Debemos internalizarlo, no es una carga utilizar el cubrebocas o lavarse las manos, utilizar gel antiséptico o vacunarse, si al hacer esto protejo a mi familia y a mí mismo.

La amenaza no ha terminado, buscará algún descuido para regresar, es por eso por lo que debemos entender que algunos cambios llegaron para quedarse.

Pero, así como mi hija nació en contra de todos los pronósticos y crece sana en medio de una de las peores crisis de las que haya memoria, asimismo estoy seguro de que saldremos adelante, adaptándonos a lo que el futuro nos depare.