Hay algo profundamente conmovedor —en el sentido más corporativo del término— en las citas modernas. Uno llega con la ingenua expectativa de conocer a alguien, de ver qué pasa, de dejar que la conversación fluya… y sale con la ligera sospecha de haber participado en un proceso de selección bastante competitivo.
Porque ya no son citas. Son entrevistas con velas.
La escena es impecable: mesa bien elegida, iluminación estratégica, menú lo suficientemente sofisticado para impresionar pero no tanto como para intimidar. Todo en orden. Todo bajo control. Solo falta que alguien tome minuta.
“¿A qué te dedicas?” llega pronto, como debe ser. No es curiosidad, es protocolo. La pregunta no busca conocer, tiene el objetivo de ubicar. En segundos se procesan variables clave: estabilidad, ingresos estimados, nivel de estrés, posibilidades de crecimiento. El romanticismo podrá sobrevivir muchas cosas, pero difícilmente sobrevive a una mala proyección financiera.
Uno responde con cuidado. No miente, por supuesto. Pero ajusta. Afina. Presenta la versión más clara, más ordenada, más funcional de sí mismo. Como quien sabe que está siendo evaluado aunque nadie lo haya dicho explícitamente. Porque nadie lo dice. Pero todos lo sabemos.
Luego viene la fase de proyección, esa en la que el futuro se infiltra en la conversación como si ya fuera un requisito. Nadie formula la pregunta de forma directa —todavía guardamos ciertas formas—, pero ahí está, flotando entre el segundo y el tercer trago: “¿Te ves viviendo aquí mucho tiempo?”, “¿Quieres familia?”, “¿Te gusta viajar?”. Traducido sin rodeos: ¿eres compatible con el plan de vida que ya diseñé antes de conocerte?
La cita avanza y uno empieza a notar ciertos patrones. Las preguntas no siguen la lógica de la curiosidad, sino la de la eficiencia. No se trata de descubrir, se trata de descartar. Reducir margen de error. Optimizar tiempo. Evitar inversiones emocionales de alto riesgo.
El amor, pero con control de calidad. Y en ese contexto, uno hace lo que mejor sabe hacer: venderse sin que parezca que se está vendiendo. Hablar de sí mismo sin incomodar, mostrar interés sin parecer desesperado, proyectar seguridad sin cruzar la línea de la arrogancia. Un equilibrio delicado que, bien ejecutado, podría garantizar una segunda ronda.
Porque aquí no se trata de gustar.
Se trata de avanzar en el proceso.
Hay quienes incluso llegan preparados. Con discurso trabajado, anécdotas seleccionadas, defectos estratégicamente suavizados. “Soy muy exigente conmigo misma”, “a veces trabajo demasiado”. Debilidades convertidas en fortalezas, como dicta el manual. Recursos humanos, otra vez, estaría orgulloso.
Lo verdaderamente notable es cómo hemos logrado convertir la incertidumbre —esa materia prima del enamoramiento— en un conjunto de indicadores medibles. La química ya no se siente: se valida. La compatibilidad ya no se descubre: se anticipa. Y el misterio, ese lujo antiguo, se percibe como un riesgo innecesario que conviene eliminar cuanto antes.
Queremos saberlo todo para permitirnos sentir algo. Y si es posible, con evidencia.
En ese afán por optimizarlo todo, hemos perdido cierta tolerancia al desorden. La contradicción inquieta. La duda incomoda. La espontaneidad, si no encaja, se descarta. Todo tiene que cuadrar desde el inicio, como si las personas vinieran con especificaciones técnicas y garantía incluida.
Porque si no cuadra, no pasa.
Lo curioso —y ligeramente trágico— es que en medio de tanta precisión, casi nadie parece estar disfrutando. Hay una tensión sutil, una vigilancia constante. Uno no conversa: administra la conversación. Mide sus palabras, calibra sus reacciones, ajusta el tono en tiempo real. Agotador, pero eficiente.
Y luego, claro, llega el cierre. Ese momento delicado en el que ambas partes, después de una interacción impecable, deben decidir qué hacer con lo ocurrido. “Me la pasé muy bien”, dice uno. “Hay que repetirlo”, responde el otro. Sonríen. Se despiden.
Y en el aire queda flotando una frase no dicha, pero perfectamente entendida: gracias por tu tiempo, seguimos en contacto.
Al final, muchas de estas citas cumplen con todos los requisitos. Son correctas, fluidas, sin sobresaltos. Nadie se equivoca. Nadie incomoda. Nadie arriesga demasiado.
Y sin embargo, tampoco pasa gran cosa. Porque en esta nueva lógica afectiva, el objetivo no es conectar. Es no fallar.
Así vamos, acumulando encuentros perfectamente funcionales, evaluaciones mutuas discretas y despedidas impecables. Todo en orden. Todo en regla. Todo… olvidable.
Hasta que un día, inevitablemente, llega el veredicto implícito, ese que nadie formula pero todos entienden:
Lo nuestro no funcionó… pero gran perfil.



