Las bravuconadas pueden intimidar. Pero no sustituyen a la aritmética política.
Después del choque con la Corte Suprema, de las descalificaciones a magistrados y de la insistencia en imponer aranceles por otras vías, la palabra impeachment vuelve a circular con menos ironía y más cálculo.
No es una consigna. Es una posibilidad técnica.
En el sistema estadounidense, el juicio político no es un golpe ni una insurrección parlamentaria. Es un procedimiento constitucional diseñado precisamente para escenarios donde el Ejecutivo rebasa límites legales o desacata decisiones institucionales.
La Cámara de Representantes acusa. El Senado juzga.
No es sencillo. Requiere mayorías específicas y condiciones políticas favorables. Pero tampoco es imposible.
Y lo más relevante no es si ocurrirá mañana. Es que empieza a discutirse como escenario plausible. Eso ya es síntoma.
Porque cuando el debate público pasa de la indignación a la ingeniería constitucional, significa que el conflicto dejó de ser retórico.
Se volvió estructural. El patrón reciente no ayuda al presidente.
Desafiar fallos judiciales. Anunciar que litigará “años” antes que cumplir una orden. Atacar personalmente a jueces.
Redoblar decisiones polémicas en lugar de moderarlas.
Cada gesto suma argumentos a quienes sostienen que existe una conducta sistemática de confrontación con el marco legal.
Pero hay otro elemento que empieza a acumularse. La forma. El tono. Las bravuconadas. Las exageraciones sobre “destrozar el comercio” o “doblar a otros países”. La política convertida en espectáculo permanente.
En varias ocasiones recientes, Trump ha sido captado en eventos oficiales con actitudes erráticas, momentos de desconexión o comportamientos que alimentan la percepción de desgaste.
Más allá de la anécdota, lo relevante es la percepción pública.
En política, la imagen es mensaje. Y cuando el mensaje proyecta descontrol, la confianza se resiente. No se trata de especular sobre salud.
Se trata de observar que la figura presidencial —por definición símbolo de estabilidad— empieza a asociarse con imprevisibilidad.
Eso tiene impacto en mercados, aliados y adversarios.
El mundo no negocia con gestos. Negocia con certidumbre.
Y cuando la certidumbre se diluye, los actores económicos reaccionan antes que los políticos.
El impeachment no se activa por un arancel. Se activa por acumulación.
Acumulación de desacatos.
Acumulación de choques entre poderes.
Acumulación de señales de desprecio institucional.
Acumulación de desgaste político.
Y ahí entra otro factor: el clima electoral.
Las derrotas recientes en territorios que fueron bastiones no son anecdóticas. Son indicadores. Cuando un liderazgo empieza a perder terreno en zonas que antes eran sólidas, los legisladores del propio partido recalculan riesgos.
El apoyo deja de ser automático.
Se vuelve condicionado.
La lealtad política dura mientras el liderazgo produce victorias.
Cuando empiezan los tropiezos judiciales y electorales, el costo de defender lo indefendible crece.
El sistema estadounidense tiene una lógica fría.
No responde a emociones.
Responde a correlaciones de fuerza.
Si el enfrentamiento con el Congreso se profundiza y el Poder Judicial mantiene límites claros, la presión no se quedará en declaraciones públicas.
Se trasladará a comités. A audiencias. A investigaciones.
Y cuando el conflicto entra en fase investigativa formal, la dinámica cambia.
El impeachment no es solo destitución. Es exposición pública. Es abrir expedientes. Es obligar a funcionarios a declarar bajo juramento. Es convertir el desgaste político en proceso jurídico.
Por eso la palabra empieza a incomodar más que antes.
No porque sea inminente. Sino porque deja de parecer descabellada.
Un presidente puede sobrevivir a la oposición. Puede sobrevivir a la crítica mediática. Puede incluso sobrevivir a derrotas judiciales.
Lo que no es sostenible es la erosión simultánea en tres frentes: tribunales, Congreso y bastiones electorales.
Eso ya no es confrontación normal. Es aislamiento progresivo.
La historia política estadounidense muestra que los procesos de juicio político no surgen de un acto aislado, sino de una cadena de acumulaciones que en cierto momento superan el umbral de tolerancia institucional.
La pregunta ya no es si seguirá confrontando. Eso es previsible.
La pregunta es si el sistema comenzará a responder con herramientas más severas que un fallo judicial.
Porque cuando el poder insiste en estirar la cuerda, el sistema no siempre grita. A veces calcula. Y cuando calcula que el costo de contener es menor que el costo de tolerar, actúa.
Ahí es donde el escenario cambia.
Y ese punto puede estar acercándose más rápido de lo que hoy parece.
¿Puede un presidente desacatar y sobrevivir?
¿Será que de repente parece que se asoma el fantasma del Watergate, cuando cayó Nixon?
@salvadorcosio1


