Seguimos viendo resultados de todo tipo de encuestas para la elección presidencial de 2024. Siempre he creído que cuando el carisma se convierte en el factor decisivo para la evaluación de los líderes, en lugar del desempeño, estamos en problemas. A los electores les fascinan los charlatanes encantadores. Simpatía, humor, ingenio, buena apariencia, singularidad ayudan a los candidatos a ganar las elecciones.

A mí me gustaría pensar que las posiciones políticas, el carácter y la experiencia de un candidato deberían ser los factores decisivos. Pero no es necesariamente así. Parecería que, para los votantes, el carisma es más importante que la experiencia.

¿Quién es elegible? Yo creo que centrarse sólo en el carisma es la peor forma de analizar una contienda electoral. No hay nada más desagradable que el empaquetamiento de un político, como “una marca” lista para ser anunciada en Instagram. Me parece como la confirmación de una especie de cultura individualista.

El carisma tiene muy poco que ver con las cosas que deberían preocupar a los votantes mexicanos al elegir al próximo presidente de la República en 2024. Creo que habría que analizar, en primer término, el carácter y la capacidad para gobernar de cada uno de los contendientes.

El carisma tiene un impacto desproporcional: beneficia más a unos que a otros. Factores como apariencia y género de un líder son muy importantes para la percepción del carisma. Sin embargo, hay sesgos por todas partes: inteligencia emocional percibida, capacidad de liderazgo percibida, simpatía.

Es posible que votantes en México se dejen persuadir por el carisma de un candidato

Desafortunadamente, en el México de hoy, tal vez es más probable que los votantes sean persuadidos por el mensaje de un líder carismático, si utiliza técnicas de comunicación efectivas. Pero, ¿realmente los ciudadanos pondrán atención al contenido de lo que están diciendo los candidatos? Al final del día, las personas evalúan el liderazgo carismático basándose en tan solo unos cuantos segundos de comunicación no verbal.

¿Por qué creo que el carisma resulta contraproducente? Distrae a los electores. Se enfoca en la apariencia de un candidato. Genera exceso de confianza y arrogancia. Afecta el desempeño. Fomenta el mal juicio. Hace que los líderes pierdan piso.

Cuando lo único que está en juego es el carisma, no puede haber una deliberación independiente sobre las cualidades de los líderes, ni sobre la amplitud de su visión política, mucho menos sobre sus propuestas de políticas públicas.

A veces me parecería que los votantes tienen el deber cívico de decidir a quién apoyan en función de los problemas que la sociedad mexicana enfrenta. El gran problema que tendremos en 2024 será la reconstrucción de México, después de la destrucción a la que hemos sido sometidos durante el gobierno de la 4T.

Entonces los votantes tienen el deber de votar bien. Votar sobre la base de razones que indican que una persona será un buen líder. Apoyar a un líder político con base en su carisma es tomar una decisión temeraria que dañaría a toda la sociedad. Quien resulte electo como presidente en 2024 actuará en nuestro nombre. Hay mucho en juego.

Tenemos que analizar cuidadosamente los problemas de México. No vale la pena arriesgarse a votar sólo por el encanto y el carisma de alguien. En 2024, ¿serán “las ideas” o “una personalidad” lo que más influya en los votantes? No es fácil responder a la pregunta. El carisma tiene un poder único: su magnetismo personal que permite a los candidatos conectarse e influir en los electores.

Pero todo dependerá del nivel de la crisis que nos azotará al final del sexenio del gobierno de la 4T. La elección de 2024 será como un “golpe de realidad”. Los mexicanos se darán cuenta de la magnitud de los problemas antiguos no resueltos y de los nuevos retos provocados por la polarización y la incompetencia. Los mexicanos estarán tan desesperados con los problemas que enfrentaremos, por la falta de crecimiento económico y la inseguridad.

Pero no debemos confundirnos. Hay una gran trampa con todo este tema del carisma. El carisma, como la belleza, suele estar en el ojo del espectador. La marca particular de carisma de alguien no siempre se podrá conectar con todos durante todo el tiempo.

La buena apariencia de un candidato puede ayudar, pero la clave estará en la habilidad que tenga para crear un gran personaje, una gran narrativa, una propuesta extraordinaria. Lo que esperamos es un nuevo tipo de líder capaz de transmitir su mensaje y valores de una manera inspiradora. Ahí está una forma diferente de carisma, de “liderazgo democrático”. Yo creo que ahí está la clave para quien vaya a ser candidato y gane las elecciones.

El carisma aislado, como la belleza, no sirve de mucho. Tiene que ser fortalecido constantemente con éxitos en el desempeño, que se sostengan en el tiempo. Si un candidato comete un gran error o no cumple con las expectativas de los seguidores, su carisma se desploma, su brillo se desvanece, porque habrá defraudado a sus seguidores.

Los mexicanos buscarán a alguien que sea diferente al presidente en turno. Las elecciones son sobre el cambio, no sobre la continuidad. Los votantes buscarán nuevas cualidades, especialmente cuando hay grandes problemas en el país. Los votantes quieren alguien diferente al líder que fue incapaz de resolver los problemas. Los mexicanos quieren un liderazgo auténtico, fiel a sus valores, que no dude en decir la verdad.

La sabiduría convencional sugiere que los líderes más carismáticos son también los mejores. Las personas carismáticas son reconocidas por su gran energía, su capacidad de llevar a cabo acciones simbólicas y por su visión innovadora de largo plazo. Pero hay también un lado oscuro en todo esto. Tomar una decisión electoral basada sólo en el atractivo de una personalidad puede dejarnos con un líder incompetente.

Demasiado carisma puede hacer que los líderes parezcan menos efectivos. Demasiado carisma puede obstaculizar la eficacia de un líder. Los líderes altamente carismáticos se involucran en un comportamiento supuestamente “más estratégico”, pero “menos operativo”. Son malas noticias para los ciudadanos.

A final de cuentas, el carisma no es un rasgo de la personalidad de un líder. Simplemente existe en el ojo del espectador. En otras palabras, el carisma se le atribuye a alguien, en lugar de basarse en la verdadera personalidad de ese candidato. Audaz, ambicioso, colorido, imaginativo, enérgico, asertivo, con la capacidad de generar entusiasmo, con estilo dramático para probar los límites. Son las características de los líderes “más carismáticos”.

Los problemas del “carisma” en los candidatos

Pero deben ser conscientes de los posibles inconvenientes de ser “muy carismáticos”. La confianza en uno mismo, por ejemplo, puede convertirse en exceso de confianza y en narcisismo. La tolerancia al riesgo y la persuasión pueden comenzar a traducirse en un comportamiento manipulador. La naturaleza entusiasta y entretenida del carisma puede convertirse en comportamientos de búsqueda de atención que distraen a la organización del gobierno de su misión. La creatividad extrema puede hacer que los líderes altamente carismáticos piensen y actúen de manera fantasiosa y excéntrica.

El estilo de liderazgo carismático se basa en el encanto y la persuasión. Los líderes carismáticos están motivados por sus convicciones y compromiso con su causa. Pueden ser transformacionales o no. Son comunicadores muy hábiles, son verbalmente elocuentes. Suelen ser personas con una visión clara y capacidad de interactuar con una gran audiencia para influir e inspirar a los seguidores. Hablan de su “brújula moral” o de “su pasión”, pero no tienen método de trabajo. Apelan a las emociones de la audiencia. Hablan del “pueblo” y de un “bien mayor”, que nunca es claro.

¿Qué preferimos para México, un liderazgo carismático o un liderazgo democrático?

El líder democrático tiene habilidades extraordinarias y deseos de trabajar. Es racional; genera resultados concretos. Lo podríamos medir por su desempeño y no por su hueca retórica.