Un amor de por vida

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Podría decir que la he amado toda mi vida. La conocí gracias a mis padres y abuelos pues constantemente la mencionaban, siempre para halagarla y calificarla como sumamente hermosa.

Durante mi época escolar cuando niño, empecé a conocer más de ella, supe de su sufrimiento antes de nacer y de su bautizo. Me sorprendí al saber que muchos hombres habían sido capaces de ofrendar su vida para defenderla de quienes pretendían mancillarla, siempre atraídos por su extrema belleza.

Debo confesar que al llegar a mi juventud ya estaba perdidamente enamorado de ella. Me atraía su natural vivacidad, su fuerza y su incomparable perfección. Fue en ese momento que descubrí que su interior estaba surtido con millones de pequeñas almas que la dotaban de una enorme sensibilidad.

Es por ello que en cuanto tuve oportunidad de viajar, lo hice intentando conocerle un poco más. Pregunté por ella a campesinos en los sembradíos, a los ancianos en los poblados, a los indígenas en las montañas, a los pescadores en las playas y a los citadinos en las urbes. Fue increíble saber que no sólo todos la conocían, sino que muchos de ellos aseguraban amarla de la misma forma en que yo lo hacía, provocando en mí una mezcla de sentimientos que iban desde el orgullo hasta los celos.

Sin embargo, con profundo dolor y extrañeza escuché algunas voces que se expresaban de forma despectiva hacia ella, la comparaban y peor aún la despreciaban. Hubo quien hasta la culpó de todos sus males y maldijo la hora en que la vida decidió acercarlo a ella.

Desafortunadamente, con el paso de los años esas voces se han multiplicado, y aun cuando no son más que aquellas que expresan su admiración, no dejan de producir una sensación de impotencia y rabia.

Pero peor es darse cuenta que hay hombres y mujeres que se han aprovechado de su gran bondad e infinita riqueza. La han saqueado, traicionado y humillado, aun cuando gracias a ella, han comido, bebido y hasta respirado. Viles bandoleros que sin el más mínimo sentido de agradecimiento han avergonzado a millones de personas de buena fe.

No obstante, y muy a pesar de sus detractores, su belleza sigue siendo incomparable. Y es que sólo basta mirar la forma en que por las noches, la luna alumbra su perfecta figura para posteriormente dejar que el sol la bañe con su luminosidad.

Hoy puedo asegurar que mi amor por ella ha crecido con los años, que aquel romance que inició prácticamente desde el día en que vi la primera luz, continuará hasta el ocaso de mi existencia y que el orgullo por pertenecerle no lo podrá trastocar nada ni nadie.

Hoy quiero manifestar, que mi amada es la patria. Sí, la patria a la que gustosamente llamamos México.

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