Miguel Ángel Mancera fue invitado al Colegio de México a dar una conferencia. Seis jóvenes de la Universidad Pedagógica Nacional y de otras escuelas, armados con carteles y naturalmente a gritos, protestaron contra el jefe de gobierno del Distrito Federal. Los inconformes se manifestaron por lo que ellos llamaron “clima represivo” que se vive en la capital mexicana y, también, por el alza a las tarifas del metro.
Durante la protesta, que duró cinco minutos, una mujer le dijo a Mancera: “Estamos aquí para intentar dialogar con usted porque usted el único diálogo que conoce es la represión”. El jefe de gobierno pensó que ella y sus compañeros hablaban en serio y quiso “abrir el diálogo”, pero los manifestantes se negaron a escucharlo. No quisieron dialogar, pues, y abandonaron el recinto. Dijeron más tarde: “Mancera nunca responde, su única respuesta es la represión”.
¿Qué decir ante eso? Que en nuestro país sobran muchachos con vocación fascista, rápidos para la ofensa y hábiles para protestar, pero incapaces de dialogar.
Es lo que pasó en 2012, durante la campaña electoral presidencial, cuando el entonces candidato del PRI Enrique Peña Nieto visitó la Ibero. Antes y después de una conferencia en la que EPN dialogó con estudiantes partidarios de la democracia y respetuosos de todas las formas de pensar, un grupo de muchachos enemigos de las libertades agredió fuertemente al hoy gobernante de México y, a partir de ahí, se dedicó a perseguirlo para insultarlo y provocarlo.
No sé si los inconformes con la “represión” y las tarifas del metro en el DF van a perseguir a Mancera para atacarlo cada vez que se presente la oportunidad. Ojalá no lo hagan. Lo que está claro es que la cultura del odio se ha arraigado bastante en algunos espacios universitarios en los que el diálogo y la libertad de expresión simple y sencillamente no son relevantes.
Urge encontrar el antídoto para el veneno de la intolerancia que amenaza con destruir a México.