The Little man complex (complejo del hombre pequeño), complejo de Napoleón o como usted quiera llamarle es bastante común en México. Parece estadísticamente probado que un hombre de poder de corta estatura es doblemente peligroso que un hombre normal.

Lo hemos padecido en los últimos sexenios. Ha habido una sola excepción donde la altura del presidente era inversamente proporcional a su actitud (a mayor altura mayor negligencia).

El chaparrito es colérico y lo reconoce. Quizá los expertos en lenguaje corporal puedan decirnos acerca de su estructura mental con más certeza, que para ser sincero y sin ser un gran apologista de Adler, se puede decir que es una actitud frente al mundo. Creces (estoy siendo sarcástico) en un medio donde por selección natural las mujeres prefieren  a los de mayor estatura, por lo que al verse en desventaja se establece un mecanismo compensatorio. Soy el chaparro pero tengo mis habilidades. Para conquistar féminas entiendo que tengo que desarrollar el lenguaje, verbo mata estatura. Y el chaparro se da cuenta que el  verbo no solo le sirve para conquistar mujeres, si a eso le agrega un dejo de teatralidad entonces el asunto se pone bueno. De golpe y porrazo el chaparrín empieza a escalar posiciones. Pero no basta la teatralidad y el verbo. A estas características hay que sumarles el estado colérico y el ser absolutamente impredecible (extraído de una nueva clase de libros, que combinan superación personal con política < las 48 leyes del poder>). Trabaja a marchas forzadas para establecer una dominación psicológica siempre desde una posición de poder. Sabe que físicamente es insignificante, tiene que dominar mediante un régimen de terror. Pierde todo contacto con la realidad. Ese mismo mecanismo compensatorio le susurra al oído que ha venido a esta tierra con una misión especial. Y que tiene que cumplirla. Sus subalternos se preocupan porque empieza a hablar interminablemente  de su legado, sin saber que los nombres de los sujetos con ese tipo de trastorno de personalidad pasan a la historia como locos, no como estadistas.

Pero a él no le importa. En nombre de una fuerza superior usa y abusa de los que le rodean como si fueran simples peones en un juego de ajedrez donde él nunca pierde. ¡Y todo por ser chaparro!

Para evitar este tipo de personajes se debería de establecer una estatura mínima para ser presidente, un mecanismo parecido al utilizado en los parques de atracciones como disneylandia. Quizá no todos los chaparros tengan el Little man complex pero no está de más asegurarnos que algo así  no se repita  pero hasta dentro de 6 años (porque  desgraciadamente un napoleoncito le entregará la estafeta a otro napoleoncito).

El otro problema es que al chaparro no le gusta que lo opaquen por lo que buscará un equipo con su misma estatura. Si no le queda más remedio, utilizará a uno que otro de estatura normal pero sólo porque no tiene otra opción. Y el efecto secundario de esto es la multiplicación del escuadrón liliputense, varios napoleoncitos repitiendo los patrones de conducta del napoleón mayor, y así estamos fritos.

Para nuestra desgracia, este complejo se acentúa durante las reuniones internacionales. Le llega al hombro a casi todos sus colegas con excepción de los orientales. En encuentros bilaterales le ponen su banquito. El problema viene cuando tiene que hacer la caminata del poder. Cuando dos líderes de dimensiones parecidas caminan  lado a lado, tienden a utilizar otro tipo de lenguaje corporal.

La televisión edita de manera cuidadosa las imágenes pero es casi imposible lo que hace que nuestro personaje recaiga. Siempre preferirá que lo graben sentado frente a otro jefe de estado por aquello de las discrepancias. Y nosotros seguiremos pagando.

Lo bueno de los chaparros-políticos es que son absolutamente predecibles. Así que desde ahora entendemos que es lo que podemos esperar en el próximo sexenio. Si tiene que tratar con él las recomendaciones son que camine jorobado o de a tiro en rodillas.

Si es su subalterno dígale que la estatura se mide de la cabeza al cielo u otras idioteces. Pero sobre todo compréndalo. Él cree que tiene un lugar en la historia. No lo despierte.