I
Ingresé físicamente y en varias ocasiones al plantel cuando era un niño, pero no como estudiante en esos momentos. Aproximadamente entre 1974 y 1975, cuando tenía entre 12 o 13 años de edad visitaba, junto con mis primos y mi hermano, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Iztacala de la UNAM (ubicada en Tlanepantla, Estado de México), que recién estaba en proceso de construcción. Mis abuelitos maternos, Sofía y Gustavo, unas tías, hermanas de mi mamá, y sus familias vivían en una casa de las nuevas colonias que en ese tiempo se construyeron en los Reyes Iztacala, sólo a unas calles del campus.
Recuerdo que, para llegar a las nuevas instalaciones de la UNAM, se tenían que brincar diversos plantíos, yerbas altas, pastizales, tierras anegadas, además de un pequeño arroyito que había por ahí cerca. Visitábamos sin permiso los salones y las plazas del plantel. Todavía no había el enrejado perimetral que hoy existe. En plan de travesura, recuerdo que nos metíamos a las aulas, en un tiempo en que no había vigilancia; esto lo hacíamos los domingos por la tarde... y nos poníamos a dibujar o "escribir" en los pizarrones nuevos. También recuerdo que las mesas y sillas todavía tenían plástico de protección, y que las aulas olían a nuevo, ya que el mobiliario había sido recién adquirido. En ese momento todavía no imaginaba que posteriormente iba a ser alumno de la carrera de Psicología, ahí, 5 años más tarde.
II
Soy integrante de la 7a. generación de estudiantes de la licenciatura en Psicología en Iztacala de la UNAM. Iniciamos nuestros cursos en 1980. Si no me equivoco, ese fue el último año en que Emilio Ribes dio clases en ese nivel educativo. Fue un honor y un privilegio estar en sus clases. Bueno, no eran clases teórico prácticas, sino solamente él se encargaba de dictar cada día una conferencia. De pie, nunca se sentaba. Sabía, sabe y domina, hoy, ampliamente temas de historia de la Psicología. Y al mismo tiempo, se encontraba en una época de diseño y elaboración de los trazos iniciales de sus esquemas teóricos, así como la definición preliminar de estudios sobre la conducta humana. Emilio aceptaba el diálogo, pero éste no era muy fluido, pues era difícil contra argumentarle. Era y es sarcástico con sus adversarios teóricos, y fino en la autocrítica. Es claro que no teníamos en ese momento los argumentos suficientes para hacer réplicas; cuando mucho, le hacíamos preguntas para que aclarara o precisara algunas de sus ideas.
Alguna vez Ribes nos dijo: “Por eso siempre pido que me asignen grupos de primero y segundo semestres, porque son como pollitos... No están tan maleados”. Hoy, a casi cuatro décadas de esa historia, pienso que Emilio era y es un filósofo de la Psicología; hay en él una enorme capacidad analítica, reflexiva y crítica. Además de conducirse de manera hiperactiva como científico de las ciencias del comportamiento. Este reconocimiento no significa que yo coincida con sus ideas sobre la Psicología como ciencia. Héctor Campos Huichán era su ayudante de profesor; después lo fue Rosalva Cabrera Castañón, quienes llevaban la lista de asistencia, el control administrativo de las “glosas”, y asesoraban al grupo cuando Emilio no asistía al plantel debido a compromisos académicos.
Mis compañeras(os) y yo fuimos alumnos de Helena Irizar, Carlos Ibáñez, Luis Zarzosa, Gilberto Pérez Campos, Mary Torres, Refugio López Gamiño, Jorge Guerrero, Arturo Silva Rodríguez, Fausto Merlín Pichardo, Irene Aguado, Miguel Escobar, Javier Santiago Castillo, José Refugio Velasco, Juan José Jossef, Antonio Corona Gómez, Jorge Melgar, Jesús Vargas, Lupita Hernández, Estela Flores, Luz de Lourdes Eguiluz, Miguel Ángel Martínez, Alberto Albarrán, Efrén Galván y Javier Gómez, mejor conocido como el “Calzonzin”, entre otros.
Fue una época en que la comunidad académica de Iztacala era joven (dicho esto de buena fe, pues algunos de nuestras profesoras y profesores eran egresados de las primeras dos generaciones); así, la docencia en ese tiempo estaba más en condición de generar aprendizajes que en la búsqueda de innovaciones en la enseñanza, y los proyectos de investigación en Psicología, en áreas experimentales y aplicadas, ya fueran sociales, de la salud o en la educación, apenas se iniciaban.
Por un tiempo, durante el 5o. semestre, fui ayudante de Rosalva Cabrera en un proyecto de investigación para cumplir con la parte empírica o experimental de su tesis de licenciatura; así es que hice méritos a través de la preparación de situaciones en laboratorio con animales. Había en ese tiempo un cierto auge, en México, de la Psicología académica por la experimentación con animales para desarrollar modelos explicativos sobre el comportamiento humano. La prometedora investigación básica, experimental y aplicada eran los baluartes de la enseñanza de la Psicología, como profesión, en Iztacala durante sus primeros años. Sin embargo, desde 1982-1983 se analizaba la necesidad de discutir y poner en práctica una reforma curricular, puesto que el modelo hegemónico “conductista” empezaba a tener contradicciones e iniciaba una etapa de decadencia o a la baja en otras partes del mundo.
III
En Iztacala aprendí que muchos de nuestras maestras y maestros dominaban los llamados modelos conductuales, porque en ese ambiente fueron formados, y al mismo tiempo eran los profesores más críticos del “conductismo”. Ribes y su equipo más cercano siempre se preocuparon por mantener un alto nivel académico en la línea del análisis experimental de la conducta y su extensión, es decir, hacia las técnicas de modificación de conducta en diferentes contextos o escenarios sociales. A nosotros, como alumnos, nos tocó participar, por ejemplo, en una conferencia magistral impartida por J. R. Kantor (Psicología Interconductual); y, en otra ocasión, con William N. Schoenfeld (cofundador del Journal of the Experimental Analisis of Behavior).
Cuando Emilio Ribes publicó su libro Conductismo: Reflexiones Críticas (Fontanella, 1982) donde expone algunas críticas al paradigma skinneriano, desde una perspectiva teórica de la Psicología, y donde se coloca en una posición más vanguardista e innovadora, dentro de la perspectiva del modelo de campo kantoriano, el Mtro. Antonio Pineda (q.e.p.d.) nos dijo, con el libro en la mano, en uno de los pasillos cercanos a los edificios en forma de “T” de Psicología: “Aquí está la réplica a todas las críticas que nos han hecho durante los últimos años...”. Quería decir, o al menos así lo interpreté, algo así como: “No nos confundan, nosotros no somos “conductistas skinnerianos radicales, más bien somos kantorianos” (la versión de la teoría conductista basada en el “modelo de campo”)”.
IV
Acerca de nuestra participación como estudiantes activistas en la ENEP Iztacala, de la máxima casa de estudios del país, entre 1982 y 1984, sugiero leer el texto que escribí y que apareció publicado en SDP Noticias, justo el 6 de julio de 2018 (1). En ese texto describo el correr de los acontecimientos en los cuales fuimos protagonistas del primer paro estudiantil en Iztacala, en 1983, durante 20 días, así mismo comparto una breve lectura o un balance preliminar acerca de esos hechos.
Bueno, estas notas autobiográficas las comparto con alegría porque estoy en la antesala de estar “de vuelta en Iztacala”. El próximo 1 de octubre de 2019, estaré una vez más ahí, en mi campo formativo inicial, en ocasión de una mesa de análisis y reflexiones en torno a mi reciente libro: “Cambio Educativo y Políticas Públicas en México. Crítica a la Reforma Educativa 2012-2018” (UPN, Querétaro, 2018). Ese día tendré el honor de compartir la sesión académica con mis estimados maestros Gilberto Pérez Campos y Antonio Corona Gómez, con la moderación de la Mtra. María Elena Martínez Chilpa. La cita será a las 12:00 horas en el aula magna de la hoy Facultad de Estudios Superiores (antes ENEP) Iztacala, UNAM. Ahí nos veremos.
Lectura sugerida:
(1) Juan Carlos Miranda Arroyo. “UNAM Iztacala: 6 de Julio, 1983”. SDP Noticias, 6 de julio, 2018.
Correo-e: jcmqro3@yahoo.com
Twitter: @jcma23
