Desde una perspectiva sociológica, el Estado es mucho más que el aparato gubernamental.
Visto así, los fenómenos que estamos experimentando entrañan la transformación del conjunto de las relaciones socioeconómicas y político-culturales que redefinen lo que llamamos instituciones o patrones regulares de conducta y su mentalización.
Las transformaciones ocurren con mayor intensidad cuando las revoluciones tecnológicas y mentales fuerzan al entramado estatal existente a reorganizar sus interacciones y justificaciones ante la insuficiencia o inutilidad de las respuestas que ofrece a la viabilidad del orden prevaleciente.
Empero, la fuerza que mueve a las transformaciones en el sentido de que producirán mejores respuestas y más bienestar para la mayoría no está asegurado.
El proceso mismo es complejo y los resultados y las consecuencias que se van cosechando lo pueden poner en riesgo y provocar giros o incluso desbordamientos inesperados, más aún dados los contextos complejos en los que tiene lugar.
Así es que las transformaciones propuestas por el neoliberalismo a escala planetaria en el entre siglo XX y XXI alteraron décadas de construcciones institucionales que a su vez se habían desgastado.
De tal suerte que el nuevo progresismo tuvo que resistir, revertir y en lo posible innovar durante el primer cuarto del siglo XXI dichas transformaciones con sus propias reelaboraciones teóricas y prácticas.
Este impulso contrario al neoliberalismo ha tenido que apoyarse en extensas mayorías populares danñadas por la concentración de la riqueza, el aumento de la desigualdad y la polarización social que aquella estrategia agudizó.
Empero, los propios éxitos del progresismo junto a sus insuficiencias y contradicciones, así como la reacción furibunda cada vez mejor coordinada de sus adversarios megaempoderados por la revolución digital, le ha venido a pasar factura.
La ya muy alta ola ultraderechista que recorre buena parte del planeta, especialmente en Iberoamérica y los Estados Unidos, ha reinvadido Brasil y se encamina hacia España, además de que se jugará un episodio electoral crucial dentro de la potencia norteamericana el próximo 6 de noviembre.
Solo pueblos y gobiernos conscientes, autocríticos y decididos a consolidar cambios profundos en sus relaciones e interacciones sociales pueden sortear y remontar el tsunami ultrarreaccionario.
Para hacerlo bien se requiere pertrecharse en valores y principios, mantener claridad en los propósitos y actuar con inteligencia y sensibilidad a la medida de las exigentes circunstancias y retos.
Las transformaciones siempre son estructurales e implican incertidumbre.
Sus objetivos suelen no cumplirse en su totalidad, pero sí impactan para bien la vida de la mayoría del pueblo.
Por lo tanto, es el propio pueblo el que habrá de decidir si mantiene el proceso de cambios profundos o si se acoge a la persistente pulsión de detenerse y volver a la jaula de la que algún día optó por escapar.


