Hace año y medio, una exnadadora artística que había denunciado violencia en su disciplina fue a la Conade a una reunión agendada con su director. Rommel Pacheco no llegó. Ella grabó un video y le dijo, en público, lo que hoy piensa buena parte de la comunidad deportiva: que parecía más influencer que exatleta o servidor público.

La frase pegó porque describe un método, no un desliz.

Basta comparar dos pantallas. En la cuenta personal de Instagram del director desfilan los medallistas, los podios, los abrazos en el aeropuerto, el atleta del momento. En la cuenta institucional de la Conade, en cambio la calidad de los contenido es limitada y se nota que el privilegio de la calidad lo tiene la cuenta de el titular. El contenido de la cuenta del ex clavadista lo generan los atletas y, en buena medida, el aparato de comunicación de una dependencia pública; la audiencia y el capital político se los queda una persona.

No es una sospecha es una estrategia que el propio Pacheco ha descrito. En julio, entrevistado en Mérida, no descartó buscar la alcaldía en 2027 y dijo que su sueño de estar en la política lo está desarrollando desde la Conade. Lo dijo así: el cargo como trampolín. Una metáfora que se escribe sola.

El problema no es que un funcionario tenga redes ni que celebre a los deportistas. El problema es la distancia entre la foto y la ventanilla. En agosto, Pacheco fue a la mañanera de la Presidenta a celebrar las 407 medallas de Santo Domingo 2026, la mejor actuación de México en unos Centroamericanos. Tres semanas después, Excélsior documentó que los estímulos prometidos seguían sin pagarse. Solo a Celia Pulido, la atleta más laureada de la justa con once medallas, se le debían 460 mil pesos. Los entrenadores, igual.

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Y en los canales oficiales de la Conade no había una sola línea que dijera cuándo se pagaría. Para la foto sí hubo tiempo; para el comunicado, no. Y ese no es un caso aislado. Al arrancar 2025, los atletas pasaron meses sin becas mensuales y pagando de su bolsillo viajes a competencias internacionales; la explicación oficial fue el trámite de las nuevas reglas de operación.

Antes, a los deportistas de disciplinas acuáticas que habían ganado amparos contra la gestión de Ana Guevara, la nueva Conade les pidió desistir de sus demandas para empezar “desde cero”, sin retroactivo. Hubo que recular tras las críticas. Es la misma institución que Pacheco, como diputado, acusaba de dejar desamparados a los atletas.

El caso más reciente lo dice todo. Esta semana, el Comité Olímpico Mexicano presentó a los 62 atletas que competirán en los Juegos Olímpicos de la Juventud de Dakar 2026. Viajarán porque la iniciativa privada puso el 70% de los 13.8 millones de pesos y el Comité Olímpico Mexicano el resto, recortando personal de apoyo, incluidos integrantes del cuerpo técnico y servicios médicos. ¿Y la Conade? Le informó al COM que el presupuesto para el certamen no estaba autorizado. La disyuntiva fue no llevar a la delegación o apretarse el cinturón. La siguiente generación olímpica del país sale a competir rescatada por patrocinadores, no por la institución pública que debería hacerlo.

Y se repite un patrón incómodo: la Conade reacciona cuando el caso se vuelve viral. Esta misma semana, el ciclista Édgar Cadena contó que el apoyo para destrabar su visa al Mundial de Montreal llegó solo cuando publicó su caso en redes. Llegó tarde: se perdió la contrarreloj. Cuando Isaac del Toro subió al podio del Tour de Francia, el director publicó la foto con él; la respuesta de miles de usuarios fue una sola: no te cuelgues de un logro que la institución no acompañó.

El mensaje que reciben los atletas es claro: si quieres que la Conade te vea, hazte viral. La lógica del influencer convertida en política pública. Pacheco le falla también a quien lo nombró. Claudia Sheinbaum le dio la Conade a un perfil con arrastre digital después de una gestión, la de Guevara, que terminó desgastada precisamente por su pleito con los atletas. El encargo era claro: reconciliar al gobierno con el deporte.

En cambio, cada beca atrasada y cada estímulo sin pagar se convierte en un costo para el gobierno, mientras el crédito de cada medalla se acumula en una cuenta personal. Es el peor de los arreglos para la presidenta: los pasivos son institucionales; los activos, personales. Dakar lo ilustra con crueldad: Una delegación portando la bandera nacional con 62 jóvenes cuyo viaje no pagó su propio gobierno. La foto será de Rommel; el mérito, de los patrocinadores; y el hueco, de la Conade.

Hay además un asunto de forma que en este gobierno no es menor. El discurso de la 4T contra la promoción personalizada de los servidores públicos tiene respaldo Constitucional: el artículo 134 prohíbe que la comunicación gubernamental se use para promover la imagen de funcionarios. Si el material que produce la Conade termina sirviendo para posicionar al aspirante a políticamente en Merida o en Yucatán , la pregunta no es de estilo, es de legalidad. Y cuando llegue 2027, sus adversarios la van a hacer.

El deporte mexicano tiene por delante los Panamericanos de 2027 y Los Ángeles 2028. Necesita una Conade con voz propia, que informe a tiempo, que pague a tiempo y que no dependa del humor ni de la agenda electoral de su titular.

Rommel Pacheco fue un gran clavadista porque entendía que el salto se califica completo: la entrada al agua cuenta tanto como el vuelo. Como funcionario ha cuidado el vuelo, la imagen y el aplauso, y descuidado la entrada.

Los jueces, esta vez, son los atletas. Y la calificación, por ahora, no le alcanza.