Como hemos visto, Ricardo Monreal se vio obligado el martes pasado a devolver el dictamen de reforma sobre la prolongación de la permanencia del Ejército en las calles a comisiones. Según ha trascendido, los legisladores de Morena cayeron en la cuenta de que no contaban con los votos necesarios para llevar a cabo la hazaña que exitosamente sacaron adelante en días previos en la Cámara de Diputados, con el apoyo, huelga recordar, de Alito y de su camarilla.

AMLO, por su parte, tras el fallo de Morena, llamó ayer hipócritas a los legisladores de la oposición que legítimamente se oponen a su propuesta, y aseguró (léase, amenazó) que la volverá a presentar.

No hay duda de que Morena y el PRI de antaño comparten rasgos que los identifican: la voluntad autoritaria, la devoción hacia el inquilino de Palacio Nacional, el acatamiento de las instrucciones que vengan del presidente, la utilización de mañosas estrategias “meta constitucionales” dirigidas a socavar el federalismo y el orden constitucional, el desprecio hacia la democracia, la voluntad de manipular elecciones, la compra de votos y los programas clientelares.

Sin embargo, existe una diferencia. Se encuentra en las competencias para negociar. El PRI del pasado, léase, cuando aún ganaba elecciones, gozaba de un poder envidiable para iniciar negociaciones políticas y concluirlas exitosamente. En tiempos recientes, Enrique Peña Nieto, a través de competentes operadores políticos, fue capaz de articular la legislación de más de una decena de reformas constitucionales; una con el apoyo del PAN (como fue el caso de la reforma energética y educativa) y otras con el PRD (reforma fiscal) además, desde luego, de los votos emanados de sus aliados legislativos.

En otras palabras, el PRI, no obstante sus innumerables fallas y faltas a la ética política, era un partido político capaz de hablar “mas allá de su trinchera” y negociar con las fuerzas políticas con el propósito de alcanzar un acuerdo en el Congreso. Tenía, quizá, que ceder ante algunas exigencias de los legisladores, pero a la vez, colocaba sus prioridades sobre la mesa, y conseguía, a la postre, llevarse a casa una buena negociación. Es decir, el PRI conocía bien el arte de hacer política en un Congreso plural.

Morena, por el contrario, no sabe negociar. Desde su triunfo avasallador en 2018, si bien debilitado en las elecciones intermedias, ha buscado aprovecharse de sus mayorías legislativas, como si se tratase de una máquina arrolladora que no mira hacia la oposición ni tiene la intención de sentarse a negociar. Por ello, y debido al hecho de que no cuenta con mayoría calificada en el Congreso, ha perdido importantes votaciones, tales como la reforma eléctrica, saboteada por la oposición, y ahora, el reciente intento en el Senado de prorrogar la presencia militar.

En suma, si bien el PRI y Morena comparten rasgos, desde su actuar político, sus orígenes y la militancia de sus personajes, el PRI se distinguió por su voluntad y capacidad de negociar. Morena, por el contrario, cree erróneamente que puede atropellar a la oposición y que la voluntad de AMLO debe cumplirse, con o sin el acuerdo de las contrapartes.