Carlos Fuentes, clásico de la literatura mexicana

Con todo y lo natural que es el morir, no deja de pesar la muerte cuando quien termina su ciclo vital tiene un significado para nosotros, cuando su fin se presenta inesperado y aún en el notable vigor de la persona. No se sabía que Fuentes tuviera una enfermedad. Entonces, la muerte toma por sorpresa.

Si con el fallecimiento de Octavio Paz se dice que se entró a una suerte de orfandad literaria en México, con el de Carlos Fuentes se confirma el desamparo casi absoluto. Ambos han sido los escritores más prolíficos y exitosos de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Lo que queda, quienes viven, las nuevas generaciones, salvo pocas excepciones, representan cuando mucho una interrogación.

Referente obligado, resulta impráctico leer toda su obra. Lo leí en principio con cierta regularidad cronológica: Los días enmascarados (“Chac Mool” particularmente, cuento fantástico fundamental), La región más transparente (novela sobre la ciudad de México que sobrevive y sobrevivirá en el tiempo pese a la crítica en contra de la construcción de sus personajes, su supuesto vacío, su estar concebidos no de acuerdo a la realidad sino conforme al modelo mental del autor, su percepción de México desde el extranjero; crítico principal en este punto, Enrique Krauze, quien se convertiría, a partir del ataque publicado en 1988 en Vuelta y con la autorización de Paz -“La comedia mexicana de Carlos Fuentes”-, prácticamente en su enemigo y en causante de la ruptura de la “familia” de las letras), La muerte de Artemio Cruz, Aura (pequeña obra maestra), Cambio de piel. Siguieron mis favoritas: Cumpleaños (por el exploración de la técnica narrativa), Una familia lejana (por la presencia de París en la obra), Agua quemada (vuelta a la vieja ciudad de México); y quizá por su sencillez y su carácter autobiográfico debiera incluir en este apartado a Diana o la cazadora solitaria. Me pareció que el autor estaba vacío de frescura ya desde Los años con Laura Díaz y sobre todo en Instinto de Inez. Me alejé de sus textos. Saltando por aquí y por allá leería otras obras, algunas sin concluirlas debido a cierto agotamiento, reiteración, circularidad, recurrencia (El tuerto es rey, Cantar de ciegos, Cristóbal Nonato, Gringo viejo,...).

Tiempo mexicano, Geografía de la novela y El espejo enterrado, son buenos ensayos que expresan el carácter crítico del autor y su amor por Cervantes, El Quijote (obra a la que una y otra vez volvió), Latinoamérica y México; su vocación y amor también por la palabra, a la cual desearía tratar como  amante, como puta (eso dijo). Vale la pena ver-escuchar asimismo la serie televisiva basada en el último ensayo citado porque aunque Fuentes carece de la poesía verbal acariciante de la inteligencia de Paz, su lenguaje y su voz exhiben una articulación precisa y una voluntad de claridad que pretende y llega por momentos a ser envolvente.

Fuentes se consideró y se manejó política e ideológicamente a sí mismo como un hombre de izquierda moderna. Al parecer siempre tuvo un diagnóstico acertado de la política mexicana pero pocas veces actúo en consecuencia. Porque en realidad, sus posturas volubles o ajustables a los cambios políticos y a los hombres del poder, no hicieron feliz del todo a la izquierda mexicana (lo que ello signifique). Aunque haya sido un hombre absolutamente interesado y enterado de la política, no es allí donde se encuentra su mejor contribución como ser humano, sino en el abrevadero de las letras.

Sorprende y pesa su muerte. Porque aunque literariamente pudiera estar agotado y hubiera dado las mejores obras ya, ni duda cabe de que aún tuviera en su abrumadora capacidad de trabajo y en su pasión y ambición creadora, nuevas obras como el texto póstumo que se anuncia, Federico en su balcón (un diálogo del autor con Nietzsche, se dice). Carlos Fuentes cierra su ciclo y es ya un clásico de la literatura mexicana. Como tal habrá que leerlo o releerlo.

0
comentarios
Ver comentarios