Columnas

Las mejores selecciones mexicanas de toda la historia (1986, 1993 y 1998) no tenían más que a Hugo Sánchez y a Luis Garcia.

El peor mal que aqueja el fútbol mexicano no es la falta de la suficiente pasión por parte de algunos jugadores, muy lejos (y que bien por ese lado) del enfermizo y obsesivo lugar que tiene este deporte en países del cono sur, en especial, Argentina y Uruguay; en esos países llaga el aficionado hasta el paroxismo ridículo de creerlo una cuestión de Estado y/o de vida o muerte. 

En México, con muchas más opciones de entretenimiento, y mayor desarrollo cómo país, no sucede y en general, todos esperamos nunca lleguemos al tipo de payasadas, cómo insultar a un país por motivos de fútbol, cómo si acostumbran hacer argentinos y uruguayos, quienes, por cierto, son tratados con calidez inusitada en nuestro país, cosa que, por si fuera poco, se ve reflejado en unos sueldos que en sus países, muy difícilmente ganarían. Pero en fin, habiéndonos desviado un poco del tema que nos atañe, en el siguiente párrafo, lo retomamos.

En México, los últimos años, y asuzados por dos o tres periodistas deportivos, incendiarios y acomplejados, han hecho ver a la afición mexicana a las ligas europeas cómo el principalisimo objetivo que debería tener todo jugador mexicano. A este respecto no debemos olvidar que unas las mejores selecciones mexicanas de toda la historia (1986, 1993 y 1998) no tenían más que a Hugo Sánchez y a Luis Garcia jugando en Europa, el resto lo hacían en la muy competitiva, en todos aspectos, liga mexicana.

Los estadios, casas club, y demás instalaciones e infraestructura, en general, no le piden nada al de Clubes españoles, por ejemplo, donde sólo cinco o seis son ejemplares; el resto, son vetustos estadios de pequeños pueblos o suburbios de grandes ciudades, es decir, la desigualdad es gigantesca; sólo España ve pocos de sus Clubes levantar trofeos, el resto, es de relleno, de ahí es enorme atractivo de su sistema de ascensos y descensos. Suben y bajan, de mitad de tabla pára abajo, prácticamente todos, y es lo normal. 

De los estadios de la CONMEBOL, mejor ni hablar, armatostes de concreto agrietado, de un Siglo de antigüedad en promedio, confederación que, por cierto, se acuerda de México sólo cuándo recuerdan la precariedad de su triste situación financiera. No es más que la verdad.

No soslayemos tampoco, la cantidad y jugadores y entrenadores que vienen a México, muchos, en plenitud aún, y que se llevan una gran sorpresa, y así lo expresan, en cuánto al buen nivel del fútbol mexicano. Quizás, lo ideal sería que los futbolistas que prueben suerte en el viejo continente, sólo permanezcan allá los que tengan las circunstancias de ser titulares y que lo sean en Clubes sólidos; más vale un Javier Aquino en Tigres que en el Rayo Vallecano, por ejemplo. Así que la selección tuviese sólo tres o cuatro "europeos" y el resto jugando en México, porque además es de esa forma, que se facilita la logística y preparación rumbo a las grandes competencias, cómo mundiales y juegos Olímpicos. Emulemos al Brasil multicampeon, del 58 al 70, que ponía cómo requisito el jugar en sus torneos domésticos a sus futbolistas pára ser nominados a Selección nacional. 

Por eso y por ejemplo, el emblemático Evanibaldo Castro "Cabinho" nunca participó en algún mundial, a pesar ser tener condiciones extraordinarias, y brillar en la liga mexicana cómo pocos extranjeros en su historia.

Esperemos los complejos en nuestro fútbol sean menos, y la pasión, y sobre todo, la disciplina, un poco mayores; si esto se conjunta, algún día veremos a México levantar una copa del mundo, cómo lo hizo España en el 2010, que aún en 1982, año en que se celebró en mundial en su suelo, parecía un sueño casi inalcanzable.