Encuestas: entre luces de medición y sombras de manipulación mediática

En sesión ordinaria del Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE), el consejero presidente de dicho instituto, Leonardo Valdés Zurita, salió en defensa de las encuestas de preferencia electoral y de los medios de comunicación que las publicitaron durante prácticamente todo el proceso electoral.

 

La reacción del consejero presidente del IFE se produjo luego de que el representante del Partido de la Revolución Democrática (PRD) ante el organismo electoral, Camerino Márquez, criticó el actuar de las casas encuestadoras, particularmente de la publicada por Grupo Milenio: GEA-ISA.

 

Durante la sesión, Valdés Zurita pasó de arbitro electoral a vocero de medios de comunicación, tomando parte en el debate que se suscitó en el IFE sobre la probable inducción del voto a través de la publicación sistemática e ininterrumpida de algunas encuestadoras, que vaticinaban el triunfo del candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, por un amplio margen de hasta dos dígitos.

 

El consejero presidente del IFE también hizo gala de su formación académica, y aseguró tener el privilegio de “conocer a detalle” la metodología para formular encuestas de preferencia electoral. En ese sentido, Valdés Zurita señaló con toda firmeza la “convicción” de que los ciudadanos difícilmente se dejan influir por mecanismos que miden el pulso electoral en la opinión pública; recalcó no “creer“ que las encuestas sirvieran como propaganda para favorecer a uno de los candidatos.

 

Desde luego que las encuestas en sí mismas pretenden ser recursos que miden el sentir de la opinión pública en determinados momentos, bajo estrictas reglas metodológicas y científicas; sin embargo, las preferencias que reportaron las casas encuestadoras no tuvieron nada que ver con el resultado final de la elección, salvo algunas excepciones.

 

Ahora bien, el consejero presidente del IFE cometió el error de tomar postura en el asunto y adelantar juicios que, como bien lo mencionó el consejero electoral Marco Antonio Baños, es al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) a quien le corresponde definir si las encuestas fueron o no determinantes en el resultado de la elección presidencial. Además, el tema de los sondeos de opinión no es de “convicciones” o “creencias” como equivocadamente lo entiende el consejero presidente del instituto electoral, puesto que cada quien creerá lo que quiera sobre estos instrumentos de medición cuando no se cuente con la certeza de que los resultados reportados son auténticos.

 

Contrariamente a las convicciones y consideraciones de Leonardo Valdés Zurita, para Giovanni Sartori los sondeos de opinión son mecanismos para influir en la opinión pública. Se trata de instrumentos que se presentan a la ciudadanía como información para indicarle qué pensar y en qué creer. Por si fuera poco, el politólogo italiano nos alerta sobre las distintas respuestas que puede tener una misma pregunta formulada en diferentes sentidos, según convenga el encuestador.

 

No obstante, Leonardo Valdés y algunos otros consejeros del IFE, se postraron frente a lo que calificaron como el “respeto a los ciudadanos” por la decisión de salir a votar independientemente de las cifras presentadas por las encuestadoras. La defensa de la ciudadanía que disertaron algunos consejeros, fue tal que llegue a pensar que nos encontrábamos inmersos en el último estadío de la facultad humana, y frente a la conclusión de las reformas electorales que iniciaron en 1977, como si la sociedad mexicana fuera una masa inerte incapaz de recibir influencia de los medios de comunicación.

 

Si para el sociólogo francés Pierre Bordieu, los medios de comunicación ostentan un poder simbólico capaz de seducir a políticos e intelectuales, que podemos esperar nosotros o aquellas personas que acuden a las urnas con poca o nula información política, pero también con prejuicios, filias y fobias políticas.

 

Entiendo que los sondeos de opinión sean importantes para los partidos políticos, pues aquellos instrumentos de medición del pulso electoral les permite tomar decisiones sobre las campañas y/o plataformas electorales, plantear propuestas de gobierno y un largo etcétera; sin en cambio, no se justifica que dichos sondeos sean presentados ante la ciudadanía sin los suficientes elementos para evaluar la calidad y seriedad de cada una de las encuestas.

 

En conclusión, la siguiente Reforma Electoral deberá replantearse el papel que jugarán las encuestas en próximos procesos electorales, pues independientemente de que las cifras reportadas por las encuestadoras sean reales o ficticias, se corre el riesgo de inhibir el voto ante porcentajes avasalladores que despierten comentarios como “para que voy a votar si ya se vio quien va a ganar”, o peor aún, votar por el “favorito de todos o de la mayoría encuestada”. No se trata de subestimar al electorado, pero sí de tomar precauciones en beneficio de la democracia.

 

Las encuestas de preferencia electoral deben ser reguladas, no por capricho de la izquierda partidista o de cualquier otro grupo político, sino para garantizar las condiciones de equidad, autenticidad y libertad en los comicios. Las encuestas fomentan todo, menos  un voto razonado. En cuántas ocasiones no se ha llamado al “voto útil” a partir de los números registrados por las encuestadoras. Regulación y no censura es la opción.

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