La reciente fotografía del gobernador de Morelos, en la que se exhibe con capos de la droga muestra una derivación tropicalizada, en la tierra zapatista, de la tesis de abrazos no balazos.

La especie que señalara como uno de sus refugios para la delincuencia organizada a la cuna de la eterna primavera no es nueva, tiene tradición y datos específicos; uno de los más plausibles quedó exhibido cuan se dio la detención y muerte de uno de ellos en un operativo de la marina en un condominio de Cuernavaca en diciembre de 2009; antes de ello diversos acontecimientos acreditaban los dichos de residencias habitadas por capos en la entidad, lo que se correspondía con escaladas de inseguridad y de una gran ola de secuestros que asoló la región hacia los finales de la década de 1990.

Después de ese referente, los eventos marcados por la delincuencia organizada han sido reiterados con picos estacionales y episódicos notables, y con regiones específicas que han caído presas de dicha actividad, especialmente la sur de la entidad que ha sido sometida al dominio de uno de esos grupos y que, a pesar de la detención de su líder, sigue mostrando incidencias criminales.

El hecho es que Morelos, llamado a ser un importante espacio de desarrollo por sus ventajas estratégicas y ubicación geográfica por su cercanía con uno de los centros económicos más importantes de América latina, como es la zona metropolitana de la Ciudad de México, muestra un gran rezago, inseguridad y desperdicio de sus condiciones naturales para alentar un mayor crecimiento, tanto del turismo, como de las actividades agropecuarias, el comercio, la industria, la investigación, la docencia y la cultura.

Las huellas de los intentos para detonar un mejor desarrollo han quedado inconclusos o en estado incipiente, como en su momento lo fue la Ciudad Industrial del valle de Cuernavaca, CIVAC, la instalación de centros de investigación cuyo aprovechamiento es inocuo para la región, las cada vez más lejanas referencias a la etapa de auge de estudiantes extranjeros que en verano asistían a aprender el español y que dejaban una importante derrama económica, o el asentamiento de residentes extranjeros y jubilados de Norteamérica, Europa y otras partes del mundo que optaban por vivir en Morelos atraídos por su tranquilidad y su clima, y que ahora deciden instalarse en otras entidades.

El esplendor que tiene Morelos en el registro de su historia de grandeza, en las crónicas inagotables de sucesos y acontecimientos, de su ejemplo revolucionario, legado liberal, de su producción cañera, arrocera, de su promesa florícola y de sus ventajas comparativas para el desarrollo, no han sido derrotadas, pero sí, en buena medida frustradas, por los gobiernos que lo han presidido. A guisa de ejemplo se encuentran los dos últimos, el de Graco Ramírez y el actual de Cuauhtémoc Blanco, por cierto, gestiones enemistadas y distanciadas por reclamos y declaraciones de descalificación mutua, pero que han resultado más que empáticos por la pobreza de sus resultados y la torpeza de su actividad.

De forma reiterada la calificación del gobierno de Cuauhtémoc Blanco se ubica entre las peores a nivel nacional; la gestión que ha realizado deplora las múltiples condiciones para mejorar las condiciones de vida de los morelenses; luce la administración lejanía y abandono, conforma un equipo de los más allegados, propia de un equipo de balompié, pero sin ser competente para los propósitos de una tarea pública exitosa.

En el colmo, es exhibido el gobernador con cercanías inconfesables en el entorno de la privacidad de su residencia, lo que hace que la exposición de la fotografía vaya más allá de lo casual incidental. En ese hecho resulta descalificado para gobernar, a menos que se asuma que su cometido ante la delincuencia organizada sea la de cercanía y no balazos, la de procurar posibles entendimientos en ambientes de confianza y trato personal, antes que de erradicar, combatir y abatir a la delincuencia; plantea una modalidad a la tesis de abrazos no balazos; se trata entonces de saludos y no balazos; un trato menos intimista, pero que reitera la idea de una base de cordialidad y presunta complicidad, antes que confrontación. Así la impunidad no es descuido, es componenda desde el gobierno.